Lo malo de tener expectativas, es que rara vez se cumplen.
Cuando te enteras de que vas a ser padre, te imaginas como el mejor padre,
dando buenos consejos, siendo un buen ejemplo, jugando siempre con tus hijos,
siempre estando con una sonrisa en la cara. Pero después llega la realidad. Y
la realidad tiene cara, y es la cara de hijos.
También lo malo de las expectativas, es que hay veces que se
cumplen, y esas son las peores, ya que cuando se cumplen, te das cuenta de lo
que te ha costado alcanzarlas, y mantener ese ritmo hay veces que es imposible
de seguir. Alcanzas una vez la expectativa y después la dejas escapar como ese
globo de helio. Que sube, sube y sube y termina por explotar fuera del alcance
de la vista. Ojos que no ven dolor de cabeza que te ahorras.
Por tanto lo mejor es plantearte objetivos a corto espacio y
sencillos de cumplir, como por ejemplo levantarse de la cama (pero no decir
cuando).
Pongo unos ejemplos de mí día a día:
Cuando uno no tenía hijos, disponía
de todo el tiempo, y sobre todo de todo el tiempo en el WC. Cuando tienes el
primer hijo, eso se acaba, sobre todo cuando hay solo un cuarto de baño. Uno
tiene la expectativa de que esto no cambie mucho ¡¡¡JA!!!
Estoy en el WC, tranquilo, he
preguntado 100 veces si alguien tenía que entrar, que necesitaba entrar. Empiezan
a entrar todas, algunas varias veces, cuando han terminado y yo ya estaba a
punto de sondarme, me dispongo a hacer uso del servicio. Según tomo aposento
empiezan a golpear la puerta, no me lo puedo creer.
—¡¡¡Pero si os he avisado!!! ¡¡¡Si habéis pasado todas!!!
Más golpes, a distintas alturas
de la puerta, eso indica que hay dos niñas al otro lado. Por la altura deben
ser la mediana y la pequeña. O la mayor de rodillas, eso ya sería demasiado,
incluso para las situaciones subrealistas que vivo en el cuarto de baño de mi
casa.
—No queremos entrar papá, sólo te vamos a dejar en paz si nos llevas a
la feria.
Y para corroborar sus palabras
empiezan a dar más golpes a la puerta.
—¡¡¡Eso es chantaje!!! ¡¡¡Y está
muy mal!!!
—No sabemos lo que significa
chantaje, pero si sabemos lo que es la feria.
Ante el chantaje no hay que ceder
nunca, me pongo papel higiénico en los oídos y aguanto el chaparrón como puedo.
Más le vale no estar al otro lado de la puerta cuando salga.
NOTA DEL AUTOR: Repasando
el texto, me doy cuenta que pongo muchas exclamaciones, tantas como hijas tengo,
qué curioso.
Otra expectativa es que mis hijos iban a tener mis mismas
aficiones y gustos. No sé de dónde me saqué esta expectativa, menuda chorrada:
Vamos en el coche la mediana y yo
solos, vamos a hacer la compra semanal, es un buen momento para pasar un rato
padre hija, también para que me coja los productos que están en los estantes de
abajo…
—¿Papá puedo buscar un cd de música? Estoy cansada de la radio.
—Claro hija, yo también, pon lo que quieras.
Dicho y hecho, se pone a rebuscar
en la funda de los CD.
—Este no, este tampoco ¿Scorpions?
Qué nombre tan raro, este tampoco. Victor
y Ana en vivo ¿Son tus primos papá?
—Si hija son mis primos, ponlos si quieres, a ver si te gustan.
Me da el CD y lo pongo. Suenan un
par de canciones y la niña pone una cara al ver lo bien que cantan “mis primos”.
—¿Te gusta hija?
—No está mal, pero no entiendo las canciones. Voy a poner otro CD.
—Vale, no hay problema.
—Papá ¿Este CD a quién le gusta? ¿A ti o a mamá?
—A mí.
—¿Y este?
—A mí.
—¿Y este?
—Ese solo le gusta a mamá.
—Genial, pues ponlo.
—Ok, pillada la indirecta.
—¿Qué indirecta?
También uno tiene la tonta expectativa de ser un superhombre
para sus hijos, pero al final uno se queda con el “super” de supermercado:
Llegamos a casa, me quedo
despertando a la mayor, se queda en el coche muy pero que muy dormida,
despertarla me lleva un par de partidas del Candy
Crush.
Cuando lo consigo y mientras se
despierta me pongo a mirarla, está preciosa, pero preciosa, ojos color
chocolate, sonrisa pícara, labios perfectamente perfilados, facciones redondas, pestañas que podrían barrer todas las estrellas del cielo, pelo brillante bajo
el sol del atardecer.
—¡Pero qué guapa eres hijas mía! —Me sale del alma— ¿A quién habrás salido?
—A mamá evidentemente, no iba ser a ti, si no, no sería tan guapa.
Termina esta demoledora frase, se
da la vuelta, su brillante pelo baila al son del giro. Y me deja ahí, pasmado
como un pingüino en medio del Sahara, sin entender muy bien qué ha pasado.
Sé a ciencia cierta, que está
sonriendo, que ha disfrutado con ese ataque, después vendrá a darme un abrazo
cuando este leyendo y no me lo espere. Sé que lo ha hecho para chincharme. Sé
que me quiere y que para ella soy su superhéroe, nunca me lo dirá, tal vez sí,
eso me da igual. Pero ahora mismo soy ese pingüino en el Sahara.
Cierro el maletero, cojo todas
las mochilas del coche, me digo “si ves a
un hombre cargado no le preguntes si está casado” y me giro, observo como
su figura de mujer en ciernes se aleja en dirección al portal. Sonrío, estoy
orgulloso de ella. Me encantan esas salidas, aunque duelan. También hay que
reconocer, que ha salido a la madre. En eso tiene razón.
