viernes, 24 de noviembre de 2017

3 años y una liendrera

Hoy hace 3 años que empezé con este blog. Llevo una buena temporada que lo tengo abandonado, sigo "empapado" pero no inspirado. Ya no sé si es que mis hijas ya no hacen lo que hacian antes, o que yo estoy demasiado distraido y no me doy cuenta que lo siguen haciendo.

Tengo apuntadas historias antiguas, las iré publicando, lo prometo. A lo mejor le doy otro enfoque al blog, pero siempre intentando arrancar una sonrisa, que para sufrir ya está el telediario o tener una hija con un pelín de mala leche.

Un ejemplo, dentro del protocolo de las duchas, está el desenredar y el pasado de liendreras, más vale prevenir que no sufrir. Pues durante el largo proceso (alguna vez he empezado a pasar liendreras y cuando he acabado había un gobierno diferente en España), me pongo a jugar con las niñas a "veo, veo", "ni sí, ni no", o "papá cuentame tú vida cuando eras joven". Este último juego es el que menos me gusta (ahora me entendereis). Con la mediana es normal las preguntas del tipo:

— ¿En tu siglo había televisión? ¿Tenía sonido? ¿Era a color?

— Sí, sí y sí, no había mando a distancia, pero para eso estaba yo, el hermano pequeño.

— ¿Tenias colegio?

— Claro, y he pasado por unos cuantos.

— ¿Te echaron de todos?

— GRRRR

— ¿Ibas a caballo? ¿Estaba en el campo?

— Sí, al lado de la choza de Heidi.

— ¿Siempre has sido así de mayor? Mamá tienes más años, pero parace muchísimo más joven.

— Ella no te pasa la liendrera, parte con esa ventaja.


Después de explicarle que no iba montado en burro al colegio, me empieza a preguntar sobre mis trabajos. En una de esas le conté que trabajé en un periódico en el turno de noche, que en esos meses que duró el trabajo, perdí 17 kilos (más o menos). La niña me mira fijamente desde el reflejo del espejo, y con total sinceridad y seguridad me dice:

— Papá, no te vendría mal trabajar de noche unos cuantos días a la semana, pero nada mal.

Dejo de mirar su precioso pelo rizado y levanto la vista al reflejo que muestra el espejo, cometo el error de mantener contacto visual, aunque sea un reflejo. Abro la boca, no llego a emitir sonido alguno.

— Antes de que me digas nada, mamá te lo agradecería, ya cuesta abrazarte.


Cierro la boca, miro la puerta para comprobar que nadie escucha y me acerco para cerrarla, por eso de que las represalias no se escuchen en el salón. Al final no le digo nada, tiene razón, si me pongo de perfil, cuesta abrazarme, es más sencillo saltarme que rodearme.

Con la pequeña el proceso de pasado de liendreras es diferente, más sencillo, más rápido (tiene el pelo liso), y con menos probabilidades de que mi orgullo salga herido.

— A ver papá, empieza por B y acaba por A.

— ¿Lavadorá?

— ¡Sí! ¿Cómo lo has sabido?

— ¿Por qué no dejas de mirarla y sonreir?


Bendita inocencia, recordarme que nunca le cuente que antes yo era delgado.