lunes, 30 de marzo de 2015

Jugando a peleas

La mediana sigue queriendo jugar a peleas. El juego consiste en que yo la tengo que inmovilizar a ella, sin hacerla daño, sin agobiarla, etc. Vamos, que eso no es jugar a peleas, yo recuerdo cuando tenía su edad y jugaba a peleas con uno de mis hermanos, eso sí que eran peleas, con lloros y alguna que otra herida, pero esto… Aun así me lo paso genial, de vez en cuando llega la de 9 y todo cambia, esta ya es un peso pesado y me da unos meneos que me desmonta parte de un brazo. Cuando consigo inmovilizarlas me pongo a hacerles cosquillas (veis como esto no es jugar a peleas).

El sonido del jolgorio llega al salón, 3 segundos después, está la pequeña intentado meterse en medio del “fregao”, con el consiguiente peligro de que salga mal parada. Mientras inmovilizo a la de 6, la de 9, intenta ayudar a su hermana sujetándome las piernas, y la pequeña metiéndose por medio cual lagartija, yo protegiéndola de las piernas y brazos que van de un lado para otro. Al final, el que termina quejándose de un golpe soy yo, generalmente en los “higadillos”.

Las reglas del juego son muy sencillas, todas por supuesto, impuestas por la de 6 años:

—Papá, te voy a recordar las reglas, que siempre se te olvidan:
1º No puedes pelearte y estar con el móvil.
No puedes llevar gafas.
No puedes jugar a peleas y estar a la vez con los cubos
(de Rubik).

Dejar oxígeno.
Esta es tan aburrida que ni te la cuento.




Después de recordarme las reglas, empezamos a jugar. Cuando veo que la cosa se caldea y uno de los dos va a salir herido (generalmente yo), le sugiero dejarlo, ella siempre me responde lo mismo:

—Las mujeres nunca nos rendimos.

El otro día me respondió además.

—Las mujeres nunca “heriden”.

—¿Heriden?— Le pregunto muy extrañado.

—Sí, heriden— me responde con cierto fastidio, como si fuese muy evidente.

—¿No quieres decir “se rinden”?

—No, eso ya te lo he dicho antes.

—¿Heriden? Pues no tengo ni idea si os “heriden” o no os “heriden”.

—Jo papá, que no nos encontramos mal nunca.

Ah, hieren. Y si te digo la verdad…— Sinceramente no le dije nada más, hay cosas que es mejor que descubra ella misma.

Al final el juego termina cuando yo no puedo más, o cuando se asoma mi mujer en el cuarto y me dice con la mirada:

 Eres peor que un niño. Además, siempre terminas perdiendo.

lunes, 23 de marzo de 2015

¿Guerra psicológica? Qué va...

Este ha sido un gran día del padre, los regalos han estado genial, y como siempre, mis hijas se han portado de maravilla. Lo digo de verdad, son maravillosas. En esta entrada hay un poco de las 3. Desgraciadamente, la de 9 años se me está haciendo mayor y ya no tiene esas salidas, pero de vez en cuando...


19 de marzo
—¡Felicidades papá! ¡Tienes que abrir los regalos!

Abro un ojo, lo vuelvo a cerrar, compruebo que no estoy en un sueño, cojo el móvil, miro la hora…

—Muchas gracias guapa, que detalle, claro que voy a abrir los regalos, pero no a las 7 de la mañana ¿Qué tal si te metes en la cama y los abro cuando me despierte otra vez? ¿Vale?

—Vale— la niña de 4 años se marcha tan contenta, dudo que se vuelva a dormir, vuelvo a cerrar los ojos, me voy quedando dormido.

—¡Felicidades papá! ¡Tienes que abrir los regalos!

Abro dos ojos, los vuelvo a cerrar, no hace falta que compruebe que estoy en un sueño, cojo el móvil, miro si ha cambiado mucho la hora.

—Muchas gracias amor, que detalle ¿Te importa que abra los regalos cuando esté despierto?

—Ya estás despierto.

—También es verdad— me levanto de la cama, todos sabemos cómo puede terminar este diálogo, no voy a hacer esperar lo inevitable. La de 6 años me espera con una sonrisa mellada que no le entra en la cara. Me tambaleo hasta el salón donde está la de 4 años, no se ha dormido. La de 9 años ha salido a mí, sigue dormida, suerte que tiene ella.

—No te quejes que te he dejado dormir— va y me dice la de 6 años, os juro, que tenía la misma sensación que cuando me lo decía mi madre.


¿Dónde está el pañal?
—Vamos a dormir, coge el pañal, cepíllate los dientes y a la cama.

—No puedo papá.

—¿Por qué?

—Se me ha caído el pañal.

—¿Dónde?

—En la cama de mi hermana.

Me acerco a su cuarto. Miro en la cama de su hermana y no veo nada. La niña que me observa desde la puerta, por si tiene que salir corriendo, me dice:

—No, en la de la otra hermana.

Miro a la niña, miro la otra cama, una litera. Compruebo que la cama de arriba  sigue estando a un metro ochenta del suelo. Efectivamente está ahí el pañal.

—Cariño ¿Cómo se te ha caído tan alto el pañal?— Lógicamente, no había nadie en la puerta para contestarme.


La moda
Voy con la de 9 años a hacer la compra semanal. Este es un momento de paz y tranquilidad. Vamos por una avenida con el coche, mi hija señala unas zapatillas colgadas en un cable que cruza la calle.

—Papá ¿Por qué han colgado unas zapatillas ahí?

—Por una moda.

—Ah, claro, una moda de  T Ú  É P O C A.

No hija, no. Es una moda de  T Ú   É P O C A.

—Pues para ser así, es muy absurda. Pega más de la tuya.

martes, 17 de marzo de 2015

Lapsus mental

No hace ni 20 minutos que ha sonado el despertador y ya está la casa en plena ebullición, una ebullición lenta pero efectiva. Ya estamos todos vestidos, ahora toca peinarse y ponerse los zapatos.
Yo estoy liado con las trenzas de la pequeña, de vez en cuando, en la tareas rutinarias, para motivarme un poco o simplemente para evadirme, me imagino en otras situaciones, hoy toca ser el patrón de un pesquero, casi puedo oler el mar, sentir el vaivén de las olas, ver las gaviotas volando por encima del barco, intentando capturar algún pez desechado.

—Papá ¿Hoy me podrías hacer una trenza? No me apetece llevar dos— me dice la de 9 años.

—Por supuesto, no hay problema, vete cepillando el pelo, y en cuanto termine con tu hermana, te hago la trenza.

No pasa nada, soy de imaginación fácil y vuelvo enseguida a dispersarme: estamos saliendo del puerto, el tiempo es tranquilo, no hay mucho tráfico portuario, será una mañana tranquila.
Voy al timón, mi tripulación está ocupada en sus quehaceres. No hay que dar órdenes, cada uno sabe lo que tiene que hacer en el barco, yo confió en ellos, ellos confían en mí.

—¿Todavía no estás peinada? Anda ven, que ya te peino yo— dice mi mujer a la de 9 años.

En mi cabeza, de repente se empieza a levantar el oleaje, me aferro con más fuerza al timón, agudizo los sentidos, se presiente una tormenta. Sin darme cuenta, estamos metidos en un banco de niebla, no se ve nada. No pasa nada, hemos pasado muchas veces por esta situación. La tripulación está tranquila, son marineros expertos y ahora van con un poco más de cuidado. Lo normal en estas situaciones.

—Papá me iba a hacer una trenza.

—No hija, mejor 2 trenzas. Te queda el pelo más recogido.

Los marineros me miran, yo sigo a lo mío, están viendo un problema, donde no lo hay. Todo va a ir bien, no hay que tomar ninguna decisión importante, ya se pasará la pequeña tormenta y se levantará la niebla.

—¡Papá! ¡Mamá me quiere hacer 2 trenzas!

Otra ola golpea el barco, no pasa nada, dirijo el pesquero en contra de las olas para poder afrontarlas mejor.

—¡Capitán mire a la proa!— Hago caso al marinero imaginario y veo un silueta fantasmal que se va definiendo en la niebla.

—¡Es una fragata! ¡Viene directa hacía nosotros!— Grita el marinero. Yo estoy tranquilo, en la mar, la norma dice que para evitar una colisión frontal, cada barco gire el timón a estribor. Yo me voy a esperar para ver que hace la fragata. Para qué voy a girar si lo va a hacer ella, ella es un barco más rápido, más ágil, más poderoso, que se lo trabaje ella.

—Cariño, ¿Qué hago entonces? ¿Una trenza? ¿O DOSSS?

La tripulación me mira, confían en mí, pero saben que hay situaciones en las que hay que hacer algo para que se resuelvan, y se dan cuenta que esta es una de esas situaciones. Sigo pensando, es ella, la que tiene que girar. Es verdad, que es un barco que no tiene siempre como propósito el de girar.

—¿Cariño?

—¿Papá?

—Señor, nosotros confiamos en usted— me dice el segundo de abordo mientras se pone el chaleco salvavidas.

—Eh, esto, eh— es lo único que consigo balbucear. Por el rabillo del ojo, veo como mi tripulación se cruzan miradas, se van repartiendo los chalecos, y alguno, mal disimuladamente, se acerca al bote salvavidas.

El barco ya no se insinúa en la niebla, se ve perfectamente su estilizada silueta, la proa que nos apunta, un poco más atrás el cañón de 127mm y después la estructura del puesto de mando. Es un barco grande, pero oculta todo su poder, parece poco ágil pero maniobra como un barco más pequeño, parece lento, pero en la que pestañeas lo tienes encima, parece poco armado, pero es capaz de hundir un objetivo sin verlo, aguanta cualquier tormenta. Es precioso.

Un ruido ensordecedor nos colapsa los odios, es la alarma de colisión del navío de guerra. Por lo que se ve no va a girar. Miro a mi segundo, poco a poco va saliendo de la cabina en dirección al bote salvavidas. ¿Aquí nadie confía en mí?

—No pasa nada cariño, que mamá te haga 2 trenzas y mañana, con más tiempo, ya te hago la trenza. ¿Os parece bien?— Digo con la total seguridad de que no va a solucionar el pequeño conflicto.

—Vale, nos parece bien— dicen las 2 al unísono. Yo alucino, va y funciona. No entiendo nada.


En ese momento, la fragata imaginaria gira a estribor, a la vez que lo hace mi pequeño pesquero. Todo está solucionado. Me salgo un momento para mirar cómo me están quedando las trenzas. Con poco asombro veo que he hecho un “burruño” considerable. Mi hija pequeña ni se mueve, ya está acostumbrada a mis lapsus mentales. ¿Habré intentado hacer un nudo marinero?

miércoles, 11 de marzo de 2015

La agente secreto

Vamos todos en el coche, las dos pequeñas están pintando y la mayor está intentando dormir. Hay mucha paz, pero mucha paz, tanta paz, que mi mujer y yo podemos hablar de cosas, y cosas que no tienen que ver con hijas.

—Alucinante lo de Esperanza Aguirre, que no quiere irse a la Casa de Correos, Gallardón se gasta una pasta, y ahora dice Esperanza que no la quiere como ayuntamiento. No tiene sentido.

—Pues no mucho— ya se ve que a mi mujer no le apetece hablar de este tema. Yo lo he intentado.

Se vuelve a hacer el silencio, mientras, le doy vueltas a la cabeza para sacar un tema de conversación que no tenga que ver con niñas y que de un poco más de juego.

—Papá, que el ayuntamiento no es la Casa de Correos, está la antigua Casa de Correos, se cambió de sitio y ahora está allí el ayuntamiento— dice la de 6.

—¿Pero tú has oído a la cría?— Digo a mi señora, sinceramente estoy alucinado.

—Sí, lo que no entiendo es como nos ha oído, si está pintando y está a su bola.

Me giro, miro a la niña, ella levanta la cabeza del cuaderno, me lanza una mirada de esas que dan cierto miedito, tipo “Soy de la Gestapo y sé dónde vives”.

Llegamos a casa, a mi mujer y a mí nos empieza a sonar en la cabeza la música de Benny Hill; vacío el lavaplatos, ella prepara los uniformes del día siguiente, separamos a dos púgiles de una pelea espontanea, pone el pijama a la pequeña, persigo a la de 9 para que deje la guitarra y se ponga el pijama, separamos a otras dos púgiles de una pelea no tan espontanea, persigue a la de 6 para que se ponga el pijama, digo a la de 4 que no se ponga los zapatos de su madre, etc...

Cuando deja de sonar la música en nuestras cabezas, los dos nos encontramos en nuestro cuarto, a solas, la puerta cerrada, las niñas entretenidas en otras cosas que les ocupan todos los sentidos. Miro a mi mujer, ella me mira y desvía la mirada unos centímetros por encima de mi hombro.

—¿Ese papelito de ahí es la multa que te pusieron ayer?

—Eh, sí— empieza a sonar otra vez la música en mi cabeza, esta vez es la Cabalgata de las Valkirias.

—¡Entonces lo que te pusieron en el cristal del coche fue una multa! ¡Qué fuerte! ¡Por eso estabas tan enfadado!

Era la de 6 años desde el salón, no tengo ni idea de cómo nos ha escuchado, estábamos hablando en voz baja.


En cuanto salió mi mujer de la habitación, me puse a buscar los micros de la agente de secreta. Miedo me da preguntarle qué quiere ser de mayor.

lunes, 2 de marzo de 2015

¿Me la estoy jugando?

Toca retirada

Hay paz en casa, mi mujer y la de 9 años se están peinando en el cuarto de baño, la de 6, las observa desde el pasillo mientras que la de 4 está en el salón dibujando tranquilamente.
Me pongo al lado de la mediana para escuchar un rato, si está tan parada, tiene que merecer la pena la conversación, pongo un poco la oreja y veo que están hablando de la menstruación. Miro a la niña para ver si se está enterando del algo, ella me devuelve la mirada y se encoje de hombros.
—Oye papá, que cuando estén las 2 con eso de la menstruación, como que yo no voy a beber de su vaso de agua, que seguro que me lo pegan.
No se me ocurre otra genial idea que decir:
—Tranquila, que solo se pega la mala leche.
—Pues entonces estoy tranquila, que sólo lo pegaría mamá.
En ese mismo momento, se hace el silencio en toda la casa, el pasillo se convierte en la calle principal de un pueblo del lejano oeste, creo avistar una planta rodando y todo, se produce un duelo de miradas entre mi mujer y mi hija, lo peor de todo, es que yo estoy en medio, agarro a la niña de la mano y me la llevo de allí.
—Oye papá ¿No se te ocurrirá poner esto en tu página de Internet?
—Creo que sí.
—¿Sabes qué mamá te va a matar?
—Creo que sí.


Otro de veo veo

Estoy con las 3 niñas en el coche, la pequeña de repente se pone a gritar:
—¡¡¡VEO VEO!!!
Nos miramos los 4 con cara de resignación y decimos:
—¿Qué ves?
—Empieza “C” y termina por “C”.
—¿Por qué no empieza papá mejor?— dice la de 9 con muy buen criterio.
—¡¡¡VALE!!!
—A ver, empieza por “B” y termina por “A”.
—¿De qué color es?— dice la de 9.
—¡¡¡ÁRBOL!!!— Grita la pequeñaja
—Negro, gris y blanco.
—¿Todos a la vez?— la de 9 lleva la voz cantante en el interrogatorio.
—Todos a la vez.
—Pues ni idea.
—Hija, por lo menos pregunta para qué vale.
—¿Para qué vale?— Dice la de 4.
—Para dar calor.
—¡¡¡ABANICO!!!— Grita otra vez la de 4, el resto nos reímos. Como veo que se alarga la cosa, les doy la solución.
—Es bufanda.
—¡¡¡ME TOCA!!! Empieza por “A” y termina por “C”— Dice la de 4 del tirón.
—¿Para qué sirve?— Pregunto.
—¡¡¡PARA ABANICAR!!!