
No hace ni 20 minutos que ha sonado el despertador y ya está
la casa en plena ebullición, una ebullición lenta pero efectiva. Ya estamos
todos vestidos, ahora toca peinarse y ponerse los zapatos.
Yo estoy liado con las trenzas de la pequeña, de vez en
cuando, en la tareas rutinarias, para motivarme un poco o simplemente para
evadirme, me imagino en otras situaciones, hoy toca ser el patrón de un
pesquero, casi puedo oler el mar, sentir el vaivén de las olas, ver las
gaviotas volando por encima del barco, intentando capturar algún pez desechado.
—Papá ¿Hoy me podrías hacer una trenza? No me apetece llevar dos— me
dice la de 9 años.
—Por supuesto, no hay problema, vete cepillando el pelo, y en cuanto termine
con tu hermana, te hago la trenza.
No pasa nada, soy de imaginación fácil y vuelvo enseguida a dispersarme:
estamos saliendo del puerto, el tiempo es tranquilo, no hay mucho tráfico
portuario, será una mañana tranquila.
Voy al timón, mi tripulación está ocupada en sus quehaceres.
No hay que dar órdenes, cada uno sabe lo que tiene que hacer en el barco, yo
confió en ellos, ellos confían en mí.
—¿Todavía no estás peinada? Anda ven, que ya te peino yo— dice mi mujer
a la de 9 años.
En mi cabeza, de repente se empieza a levantar el oleaje, me aferro con más
fuerza al timón, agudizo los sentidos, se presiente una tormenta. Sin darme
cuenta, estamos metidos en un banco de niebla, no se ve nada. No pasa nada,
hemos pasado muchas veces por esta situación. La tripulación está tranquila, son marineros expertos y ahora van con un poco más de cuidado. Lo normal
en estas situaciones.
—Papá me iba a hacer una trenza.
—No hija, mejor 2 trenzas. Te queda el pelo más recogido.
Los marineros me miran, yo sigo a lo mío, están viendo un
problema, donde no lo hay. Todo va a ir bien, no hay que tomar ninguna decisión
importante, ya se pasará la pequeña tormenta y se levantará la niebla.
—¡Papá! ¡Mamá me quiere hacer 2 trenzas!
Otra ola golpea el barco, no pasa nada, dirijo el pesquero
en contra de las olas para poder afrontarlas mejor.
—¡Capitán mire a la proa!— Hago caso al marinero
imaginario y veo un silueta fantasmal que se va definiendo en la niebla.
—¡Es una fragata! ¡Viene directa hacía nosotros!— Grita
el marinero. Yo estoy tranquilo, en la mar, la norma dice que para evitar una
colisión frontal, cada barco gire el timón a estribor. Yo me voy a esperar para
ver que hace la fragata. Para qué voy a girar si lo va a hacer ella, ella es
un barco más rápido, más ágil, más poderoso, que se lo trabaje ella.
—Cariño, ¿Qué hago entonces? ¿Una trenza? ¿O DOSSS?
La tripulación me mira, confían en mí, pero saben que hay
situaciones en las que hay que hacer algo para que se resuelvan, y se dan
cuenta que esta es una de esas situaciones. Sigo pensando, es ella, la que
tiene que girar. Es verdad, que es un barco que no tiene siempre como propósito el de girar.
—¿Cariño?
—¿Papá?
—Señor, nosotros confiamos en usted— me dice el
segundo de abordo mientras se pone el chaleco salvavidas.
—Eh, esto, eh— es lo único que consigo
balbucear. Por el rabillo del ojo, veo como mi tripulación se cruzan miradas,
se van repartiendo los chalecos, y alguno, mal disimuladamente, se acerca al
bote salvavidas.
El barco ya no se insinúa en la niebla, se ve perfectamente
su estilizada silueta, la proa que nos apunta, un poco más atrás el cañón de
127mm y después la estructura del puesto de mando. Es un barco grande, pero
oculta todo su poder, parece poco ágil pero maniobra como un barco más pequeño,
parece lento, pero en la que pestañeas lo tienes encima, parece poco armado,
pero es capaz de hundir un objetivo sin verlo, aguanta cualquier tormenta. Es
precioso.
Un ruido ensordecedor nos colapsa los odios, es la alarma de
colisión del navío de guerra. Por lo que se ve no va a girar. Miro a mi
segundo, poco a poco va saliendo de la cabina en dirección al bote salvavidas.
¿Aquí nadie confía en mí?
—No pasa nada cariño, que mamá te haga 2 trenzas y mañana,
con más tiempo, ya te hago la trenza. ¿Os parece bien?— Digo con la total
seguridad de que no va a solucionar el pequeño conflicto.
—Vale, nos parece bien— dicen las 2 al unísono. Yo alucino, va y funciona. No entiendo nada.
En ese momento, la fragata imaginaria gira a estribor, a la
vez que lo hace mi pequeño pesquero. Todo está solucionado. Me salgo un momento
para mirar cómo me están quedando las trenzas. Con poco asombro veo que he hecho un
“burruño” considerable. Mi hija pequeña ni se mueve, ya está acostumbrada a mis
lapsus mentales. ¿Habré intentado hacer un nudo marinero?