Todo tranquilo, las niñas en el salón jugando
tranquilamente, yo en la cocina solo, leyendo mientras como pipas, en eso que
se acerca la mediana, se pone a mi lado en silencio, me observa durante un
rato, un rato corto:
—¿Qué haces?— Me
pregunta la niña.
—Ya lo ves, descansando
un rato— le digo señalando las pipas y el libro.
Se queda un rato mirándome, observa la cocina, yo
sinceramente la miro intrigado y preocupado, fijo que terminamos mal.
—Pues a mí me da que
tú te has cortado un poco de fuet.
Me quedo mirándola, ella no desvía la mirada ¿Qué hago? ¿Me
pongo a jurar y a perjurar que no he cortado fuet?
—Sí hija, me has
pillado ahora vete a jugar al salón.
Se marcha, me quedo un rato mirando por la ventana de la
cocina, reflexionando sobre la corta existencia de 3 barras de fuet en una casa
de familia numerosa. Al final llego a la conclusión, que si lo llego a saber,
me corto un poco, así no la habría mentido.
Ya por la noche, después de cenar, toca la lucha de meter a
la tribu en la cama.
—Niñas, cepillarse los
dientes y a dormir.
La mediana se me vuelve a acercar, se apoya en la mesa en la
que estoy y me mira con los brazos cruzados y apoyados en la mesa.
—¿Qué haces?— Le
pregunto mientras mi sentido paterno me indica que me no me voy a aburrir.
—Ya lo ves, descansando
un rato— me dice mientras señala la mesa. Mira que me suena esta situación…
—Anda vete a
cepillarte los dientes, que si no se te van a caer.
La niña clava sus ojos marrones en mí, empieza a sonreír
poco a poco, sus labios parecen el telón de un teatro, termina de despegar los
labios y me enseña su desdentada mandíbula. Ahí está el hueco que han dejado
los incisivos, verla comer sopa es todo un espectáculo, verla silbar ya es la
leche. Se encoje de hombros, no dice nada, no hace falta. Hay que reconocer que
la niña tiene toda la razón.
Está atardeciendo, el cielo está plomizo, amenaza con
tormenta, el viento arrastra el olor a lluvia, el aire cálido crea cierta
sensación de ahogo. La calle está vacía, no se ve a nadie, los puestos del
mercado están vacíos, muchos tirados por el suelo, la basura se amontona por
todas partes, los papeles vuelan libremente mecidos caprichosamente por el
aire.
Los pájaros, a estas horas tenían que estar compitiendo con
sus cantos con el habitual ruido del mercado, sólo hay silencio, este lo llena
todo, es tal, que los oídos sufren.
Avanzo por la plaza, busco algo que llevarme a la boca,
llevo horas sin probar bocado, la sed me está quemando la garganta. Un ruido de una ventana que se cierra y se
abre por culpa del viento hace que me gire de golpe. Toda la situación me
crispa los nervios, veo una sombra en un portal, voy corriendo hacia ella.
Un ruido a mi espalda me paraliza, otra vez ese ruido. No
tengo que girarme, sólo correr, esos lamentos, esos gruñidos, esos ruidos
guturales, ya sé lo que son, sé lo que quieren.
Corro como alma que lleva al diablo, no miro atrás, no tiene
sentido, no queda nada para llegar al portal ¿Será mi única posibilidad? La
sombra sigue allí, la pido ayuda, le suplico que me ayude, estoy solo. Se mueve
hacía mí, sale a la luz del atardecer, es uno de ellos, no hay vuelta a atrás.
Levanto mi arma que sujeta con fuerza un martillo.
Me tocan el hombro, ahogo un grito que despertaría a
cualquiera en un kilómetro a la redonda.
—¿Qué quieres? Me has
dado un susto de muerte hija.
—Papá voy al servicio.
¿Qué haces tú?
—¿No lo ves? Ahora mismo
intentar meterme el corazón otra vez en el pecho.
Mientras me recobro del susto pongo la partida en pausa.
Madre mía, sí que me había metido en el juego, no ha sido muy buena idea dejar
el salón a oscuras y ponerme los cascos altos. Aún no me explico cómo no he
gritado, tampoco me explico cómo no le he dado un golpe a mi hija del susto.
La mayor vuelve del cuarto de baño, la luz de la televisión
ilumina su cara somnolienta. Se acerca a mí, me da un beso y me dice:
—Ya es tarde, tienes
que dejar de jugar e irte a dormir, mañana tenemos que madrugar— se aleja,
la luz mortecina que emite la televisión ilumina su espalda.
—Vale hia, tienes razón. No le digas nada a mamá, es un secreto entre tu yo— no se gira, alza la mano y me enseña el pulgar. Cierra la puerta de su cuarto.
Me giro en dirección a la tele, me coloco los cascos:
—Cinco minutos más y
lo dejo. Lo prometo— me digo mientras pulso “continue”.
Suena el móvil en el salón, es el despertador, me levanto a
duras penas, voy esquivando los marcos de las puertas de milagro. Llego a duras
penas, no me he roto ningún dedo del pié, miro la pantalla azul “Alarma de las 6.20”, pongo el dedazo en
la pantalla e intento acertar con el movimiento que hace que el móvil deje de
taladrarme los oídos. Después de 3 intentos lo consigo, los vecinos tienen que
estar hasta las narices de mi despertador y de mi torpeza táctil a primera hora
de la mañana.
El cuarto de baño me pilla en el camino de vuelta al dormitorio,
intento hacer una parada técnica, empujo la puerta y esta no cede ni un
milímetro
—¡Ocupado!
Es mi amada mujer, no pasa nada, soy de vejiga resistente,
vuelvo al dormitorio y empiezo a vestirme. Al terminar me dirijo al cuarto de
las niñas e intento despertarlas. Esto es una labor que requiere mucho tiempo,
mucho tiempo, mi mujer entra al cuarto de las bellas durmientes y empieza a
preguntar por las meriendas que quieren, todas contestan en un “santiamén”. Ahora resulta que están
todas despiertas. Reparto los uniformes a las 2 mayores y me llevo a la pequeña
a mi cuarto para vestirla. La vejiga empieza a reclamar más atención.
Después de vestir a la pequeña y de hacer trenzas a todo el
mundo, ya me toca ir al cuarto de baño, empujo la puerta y esta no cede ni un
milímetro. ¿Estará rota?
—¡Ocupado!— Es la
voz de la mayor. No discuto, tampoco voy a suplicar, aún tengo margen de
acción, a unas malas me cambio de pantalón.
Me empiezo a preparar el “tupper”
de la comida, oigo la puerta del wc, salgo corriendo y veo la silueta de la
mediana que entra por la puerta del escusado. Creo que el nombre tan hortera de
escusado, viene de la escusa que tienes que decir en urgencias cuando vas con
una perforación en la vejiga.
Me concentro en mis bocatas, el del desayuno y el de media
mañana, así no pienso en el cuarto pequeñito que hay al lado de la cocina y en
el que tengo vetada la entrada.
Vuelve a sonar la puerta, voy todo lo rápido que me permite
mi vejiga, mientras sale la mediana, veo que la pequeña está en el quicio de la
puerta esperando a que salga su hermana. Me mira con ojos de gato con botas, yo
la miro con los mismos ojos, ella lo hace mejor, le indico con un leve gesto de
cabeza que pase. Me quedo en la puerta, de ahí no me mueve nadie. La pequeña
está sentada en el inodoro moviendo las piernecitas, no deja de mirarme con una
sonrisa angelical, yo empiezo a lagrimear.
Me acabo de acordar, tengo que coger un papel para el coche.
Voy al archivador, cojo el papel y me lo guardo en la cartera, al volver al
cuarto de baño, me encuentro una escena dantesca. Está lleno de mujeres: mi
mujer y la mayor peinándose frente al espejo, la mediana cepillándose los
dientes, la pequeña, que ya ha terminado, sigue sentada en el váter, pero encima
de la tapa, me vuelve a mirar con su sonrisa angelical, la veo un poco difusa. Debe
ser efecto de las lágrimas.
Me quedo petrificado en la puerta, mi mujer y la mayor se
giran con el cepillo en la mano, me ven y vuelven a mirar al espejo. La
mediana, a la mediana le intuyo una sonrisa malévola debajo de la capa de pasta
de dientes que le llena la boca. La pequeña, pura inocencia, se levanta y me da
un abrazo.
—Hija, gracias, pero
sueltamente, que me estás apretando y voy a explotar.
Creo que las 3 invasoras se apiadan de mí y empiezan a
abandonar el servicio, juraría que la mediana va más despacio de lo normal, la
agarro de los hombros y la expulso del wc. Cierro la puerta y echo el pestillo,
de aquí no me sacan ni los GEOS. Mientras empiezo a recobrar el dominio de mis
piernas, me pongo a pensar en las posibles soluciones, esto no se puede volver
a producir ¿Comprarme una casa nueva con
más cuartos de baño? ¿Construir un cuarto de baño? ¿Levantarme antes? Todas
son imposibles. Creo que la más factible es poner macetas en la terraza. Por
intentarlo…
Estamos en el coche, lo tranquilo que se puede estar en un
coche donde hay más niños que adultos. En un momento dado escucho un “arggg
zuass” (sonido de escupitajo), no puedo evitar girarme para saber qué demonios
ha pasado. Veo a la de 7 años restregándose la mano en el jersey, la de 9 años,
apartándose lo más posible de la de 7 ¿Y la de 5? Pues a lo suyo, contándonos a
todos un chiste, lleva más de 15 minutos con el chiste, y eso que es de los
cortos…
—¿Pero qué leches
haces?— Vuelvo a mirar al frente.
—Nada—
inevitablemente me vuelvo a girar, tengo que ver con qué cara me lo está
diciendo.
—¿Pero cómo qué nada? Pero
si he escuchado el escupitajo, he visto cómo te limpiabas en el jersey ¡¡¡Pero
si estoy viendo como se está destiñendo el jersey y todo!!!— vuelvo a mirar
al frente, me cambio al carril de la derecha, me da que me voy a estar girando
un rato.
—Pues iba a saludar a
mi hermana— me vuelvo a girar, estoy a dos vaciles más de meterla en el
maletero.
—¡¿Saludar?! ¡Qué no
estamos en una tasca!
—¿Qué es una tasca?
—¡¡¡No me cambies de
conversación!!!
—Papá, es un saludo
japonés, así se saludan en Japón. ¿Qué es una tasca?
—¡¡¡Pero qué me estás
contando!!!— juraría que mis gritos se están escuchando fuera del coche,
los otros conductores nos están mirando.
—Me lo han dicho en el
colegio, y yo hago lo que aprendo en el colegio.
—Pues cuando lleguemos
a casa te voy a enseñar lo que es un “capón español”.
—Pues entonces dice el
italiano al francés, ¿O era de otro país? No sé, pero…— la pequeña a su
bola.
Pasan 10 minutos, a mí se me va pasando el mosqueo, no
escucho a la de 7, la de 5 aún no ha terminado el chiste, no me giro por no ver
el jersey desteñido. En estos casos la de 7 sabe que me tiene que dejar
tranquilo un rato, por eso se pone a hablar con su hermana mayor.
—¿Esta no se calla?—
dice señalando a la pequeña.
—Que va, si ya está
mezclando chistes y todo— la mayor lleva un rato intentando dormirse, entre
la bronca y el chiste corto de 35 minutos, la pobre no lo consigue.
—Pues
otro día en el colegio, una profe me preguntó que si la vendía a la pequeña por
1000€, yo la dije que no—no puedo
evitar mirar por el retrovisor, pedazo de respuesta bonita, no esto se me olvida lo del saludo japonés— pero la dije, que por todo el dinero del
mundo sí que se la vendía, que si estaba interesada. Ya me parecía a mí.