Suena el móvil en el salón, es el despertador, me levanto a
duras penas, voy esquivando los marcos de las puertas de milagro. Llego a duras
penas, no me he roto ningún dedo del pié, miro la pantalla azul “Alarma de las 6.20”, pongo el dedazo en
la pantalla e intento acertar con el movimiento que hace que el móvil deje de
taladrarme los oídos. Después de 3 intentos lo consigo, los vecinos tienen que
estar hasta las narices de mi despertador y de mi torpeza táctil a primera hora
de la mañana.
El cuarto de baño me pilla en el camino de vuelta al dormitorio,
intento hacer una parada técnica, empujo la puerta y esta no cede ni un
milímetro
—¡Ocupado!
Es mi amada mujer, no pasa nada, soy de vejiga resistente,
vuelvo al dormitorio y empiezo a vestirme. Al terminar me dirijo al cuarto de
las niñas e intento despertarlas. Esto es una labor que requiere mucho tiempo,
mucho tiempo, mi mujer entra al cuarto de las bellas durmientes y empieza a
preguntar por las meriendas que quieren, todas contestan en un “santiamén”. Ahora resulta que están
todas despiertas. Reparto los uniformes a las 2 mayores y me llevo a la pequeña
a mi cuarto para vestirla. La vejiga empieza a reclamar más atención.
Después de vestir a la pequeña y de hacer trenzas a todo el
mundo, ya me toca ir al cuarto de baño, empujo la puerta y esta no cede ni un
milímetro. ¿Estará rota?
—¡Ocupado!— Es la
voz de la mayor. No discuto, tampoco voy a suplicar, aún tengo margen de
acción, a unas malas me cambio de pantalón.
Me empiezo a preparar el “tupper”
de la comida, oigo la puerta del wc, salgo corriendo y veo la silueta de la
mediana que entra por la puerta del escusado. Creo que el nombre tan hortera de
escusado, viene de la escusa que tienes que decir en urgencias cuando vas con
una perforación en la vejiga.
Me concentro en mis bocatas, el del desayuno y el de media
mañana, así no pienso en el cuarto pequeñito que hay al lado de la cocina y en
el que tengo vetada la entrada.
Vuelve a sonar la puerta, voy todo lo rápido que me permite
mi vejiga, mientras sale la mediana, veo que la pequeña está en el quicio de la
puerta esperando a que salga su hermana. Me mira con ojos de gato con botas, yo
la miro con los mismos ojos, ella lo hace mejor, le indico con un leve gesto de
cabeza que pase. Me quedo en la puerta, de ahí no me mueve nadie. La pequeña
está sentada en el inodoro moviendo las piernecitas, no deja de mirarme con una
sonrisa angelical, yo empiezo a lagrimear.
Me acabo de acordar, tengo que coger un papel para el coche.
Voy al archivador, cojo el papel y me lo guardo en la cartera, al volver al
cuarto de baño, me encuentro una escena dantesca. Está lleno de mujeres: mi
mujer y la mayor peinándose frente al espejo, la mediana cepillándose los
dientes, la pequeña, que ya ha terminado, sigue sentada en el váter, pero encima
de la tapa, me vuelve a mirar con su sonrisa angelical, la veo un poco difusa. Debe
ser efecto de las lágrimas.
Me quedo petrificado en la puerta, mi mujer y la mayor se
giran con el cepillo en la mano, me ven y vuelven a mirar al espejo. La
mediana, a la mediana le intuyo una sonrisa malévola debajo de la capa de pasta
de dientes que le llena la boca. La pequeña, pura inocencia, se levanta y me da
un abrazo.
—Hija, gracias, pero
sueltamente, que me estás apretando y voy a explotar.
Creo que las 3 invasoras se apiadan de mí y empiezan a
abandonar el servicio, juraría que la mediana va más despacio de lo normal, la
agarro de los hombros y la expulso del wc. Cierro la puerta y echo el pestillo,
de aquí no me sacan ni los GEOS. Mientras empiezo a recobrar el dominio de mis
piernas, me pongo a pensar en las posibles soluciones, esto no se puede volver
a producir ¿Comprarme una casa nueva con
más cuartos de baño? ¿Construir un cuarto de baño? ¿Levantarme antes? Todas
son imposibles. Creo que la más factible es poner macetas en la terraza. Por
intentarlo…
Yo de ti, recuperaría un utensilio de la época de nuestros abuelos...el orinal
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