domingo, 29 de mayo de 2016

Expectativas, ese gran error


Lo malo de tener expectativas, es que rara vez se cumplen. Cuando te enteras de que vas a ser padre, te imaginas como el mejor padre, dando buenos consejos, siendo un buen ejemplo, jugando siempre con tus hijos, siempre estando con una sonrisa en la cara. Pero después llega la realidad. Y la realidad tiene cara, y es la cara de hijos.

También lo malo de las expectativas, es que hay veces que se cumplen, y esas son las peores, ya que cuando se cumplen, te das cuenta de lo que te ha costado alcanzarlas, y mantener ese ritmo hay veces que es imposible de seguir. Alcanzas una vez la expectativa y después la dejas escapar como ese globo de helio. Que sube, sube y sube y termina por explotar fuera del alcance de la vista. Ojos que no ven dolor de cabeza que te ahorras.

Por tanto lo mejor es plantearte objetivos a corto espacio y sencillos de cumplir, como por ejemplo levantarse de la cama (pero no decir cuando).

Pongo unos ejemplos de mí día a día:

Cuando uno no tenía hijos, disponía de todo el tiempo, y sobre todo de todo el tiempo en el WC. Cuando tienes el primer hijo, eso se acaba, sobre todo cuando hay solo un cuarto de baño. Uno tiene la expectativa de que esto no cambie mucho ¡¡¡JA!!!

Estoy en el WC, tranquilo, he preguntado 100 veces si alguien tenía que entrar, que necesitaba entrar. Empiezan a entrar todas, algunas varias veces, cuando han terminado y yo ya estaba a punto de sondarme, me dispongo a hacer uso del servicio. Según tomo aposento empiezan a golpear la puerta, no me lo puedo creer.

—¡¡¡Pero si os he avisado!!! ¡¡¡Si habéis pasado todas!!!

Más golpes, a distintas alturas de la puerta, eso indica que hay dos niñas al otro lado. Por la altura deben ser la mediana y la pequeña. O la mayor de rodillas, eso ya sería demasiado, incluso para las situaciones subrealistas que vivo en el cuarto de baño de mi casa.

—No queremos entrar papá, sólo te vamos a dejar en paz si nos llevas a la feria.

Y para corroborar sus palabras empiezan a dar más golpes a la puerta.

—¡¡¡Eso es chantaje!!! ¡¡¡Y está muy mal!!!

—No sabemos lo que significa chantaje, pero si sabemos lo que es la feria.

Ante el chantaje no hay que ceder nunca, me pongo papel higiénico en los oídos y aguanto el chaparrón como puedo. Más le vale no estar al otro lado de la puerta cuando salga.

NOTA DEL AUTOR: Repasando el texto, me doy cuenta que pongo muchas exclamaciones, tantas como hijas tengo, qué curioso.

Otra expectativa es que mis hijos iban a tener mis mismas aficiones y gustos. No sé de dónde me saqué esta expectativa, menuda chorrada:

Vamos en el coche la mediana y yo solos, vamos a hacer la compra semanal, es un buen momento para pasar un rato padre hija, también para que me coja los productos que están en los estantes de abajo…

—¿Papá puedo buscar un cd de música? Estoy cansada de la radio.

—Claro hija, yo también, pon lo que quieras.

Dicho y hecho, se pone a rebuscar en la funda de los CD.

—Este no, este tampoco ¿Scorpions? Qué nombre tan raro, este tampoco. Victor y Ana en vivo ¿Son tus primos papá?

—Si hija son mis primos, ponlos si quieres, a ver si te gustan.

Me da el CD y lo pongo. Suenan un par de canciones y la niña pone una cara al ver lo bien que cantan “mis primos”.

—¿Te gusta hija?

—No está mal, pero no entiendo las canciones. Voy a poner otro CD.

—Vale, no hay problema.

—Papá ¿Este CD a quién le gusta? ¿A ti o a mamá?

—A mí.

—¿Y este?

—A mí.

—¿Y este?

—Ese solo le gusta a mamá.

—Genial, pues ponlo.

—Ok, pillada la indirecta.

—¿Qué indirecta?

También uno tiene la tonta expectativa de ser un superhombre para sus hijos, pero al final uno se queda con el “super” de supermercado:

Llegamos a casa, me quedo despertando a la mayor, se queda en el coche muy pero que muy dormida, despertarla me lleva un par de partidas del Candy Crush.

Cuando lo consigo y mientras se despierta me pongo a mirarla, está preciosa, pero preciosa, ojos color chocolate, sonrisa pícara, labios perfectamente perfilados, facciones redondas, pestañas que podrían barrer todas las estrellas del cielo, pelo brillante bajo el sol del atardecer.

—¡Pero qué guapa eres hijas mía! —Me sale del alma— ¿A quién habrás salido?

—A mamá evidentemente, no iba ser a ti, si no, no sería tan guapa.

Termina esta demoledora frase, se da la vuelta, su brillante pelo baila al son del giro. Y me deja ahí, pasmado como un pingüino en medio del Sahara, sin entender muy bien qué ha pasado.

Sé a ciencia cierta, que está sonriendo, que ha disfrutado con ese ataque, después vendrá a darme un abrazo cuando este leyendo y no me lo espere. Sé que lo ha hecho para chincharme. Sé que me quiere y que para ella soy su superhéroe, nunca me lo dirá, tal vez sí, eso me da igual. Pero ahora mismo soy ese pingüino en el Sahara.


Cierro el maletero, cojo todas las mochilas del coche, me digo “si ves a un hombre cargado no le preguntes si está casado” y me giro, observo como su figura de mujer en ciernes se aleja en dirección al portal. Sonrío, estoy orgulloso de ella. Me encantan esas salidas, aunque duelan. También hay que reconocer, que ha salido a la madre. En eso tiene razón.

miércoles, 27 de abril de 2016

Lo peor de ser padre...


Todos tenemos más o menos claro que es lo mejor de ser padre. Lo que no está tan claro es eso de lo peor. Algunos dirán que el perder la intimidad, otros el no volver a ver la casa ordenada, muchos dirán el complejo taxista que se les queda. También están los que dicen que el dormir con un ojo abierto, o el dormir directamente con los dos ojos abiertos. Todo eso es más o menos cierto, pero para mí, lo peor, es la SINCERIDAD.

¿La sinceridad? Claro está que no me refiero a la sinceridad positiva, por ejemplo cuando aparecen en la misma habitación un espejo roto, una pelota y ningún niño. Se pregunta al aire -¿Quién ha sido?- Y una vocecilla dice -Yooo-  Esto es sinceridad positiva con mala puntería.

Yo me refiero a la SINCERIDAD, esa que nos da miedo a todos los adultos. Es el espejo que nos muestra nuestro reflejo más real y al que no podemos engañar metiendo tripa o poniendo el lado bueno. La SINCERIDAD no miente, no descansa y es CRUEL.

Ejemplo 1:


Vamos en el coche todos, es un día normal. Se pincha una rueda, deja de ser un día normal. Paro, estoy tranquilo (soy el macho alpha y no tengo rivales jóvenes cerca que me disputen mi momento de gloria varonil). Llamo a la grúa, no porque lo necesite, si no para tranquilizar a la familia, nunca viene de más un poco de ayuda.

El sitio donde he parado no es malo, hay mucho arcén y buena visibilidad, se baja todo el mundo y procedo al cambio.

En un momento dado aparecen dos niñas jugando al fútbol (encima son dos de mis niñas), yo alucino, echo la correspondiente bronca, requiso la correspondiente pelota y lanzo la típica amenaza. Vuelvo a la rueda.

Al final, sin grandes contratiempos, termino de cambiar la rueda. Me siento orgulloso, me giro para ver sus miradas de admiración ¿Y qué me encuentro? Un grupo de mujeres que me miran con preocupación.

-¿Qué pasa?-Les pregunto extrañado, según iba cambiando la rueda les iba explicando lo que hacía y parecían convencidas.

Nadie contesta, tampoco nadie se mete en el coche.

-¿Por qué no os metéis? Todo está bien, ha sido muy sencillo.

Miro a mi mujer buscando su apoyo. No veo su apoyo, lo que veo es como le da un empujón a la mediana, esta se adelanta y me dice sin anestesia.

-Lo que pasa es que no nos fiamos de ti, es la primera rueda que cambias, y todas preferimos que venga el de la grúa y que la cambie él.

Yo alucino, no entiendo que he hecho mal. Miro a mis mujeres, miro la rueda perfectamente colocada, vuelvo a mirar a mis mujeres y señalo la rueda, todos esto sin decir ni 'mu'. Como salvado por la campana, aparece la grúa, se baja el mecánico y le digo la verdad, le pido que verifque mi trabajo, y que hasta que no lo haga, mi tripulación amotinada no se va a subir al coche. El buen hombre me mira, sonríe, coge la llave, y empieza a apretar tuercas. Al minutos dice en voz alta:

-¡Todo perfecto! No hay ningún problema, ya pueden subir.

Miro con dolor a mi familia, van subiendo poco a poco, me dirigen sus ojos llenos de orgullo, pero llegan un poco tarde.

Cruzo la mirada con el de la grúa en un intento de buscar su apoyo moral. El sólo me da un papel a firmar mientras encoje los hombros.

Ejemplo 2: 


Estoy ordenando el armario, voy colocando la ropa encima de la cama y la voy clasificando. En esto aparece la mayor, se para ante un montón de ropa y mientras lo señala me pregunta:

-¿Esto qué es?

-Pues el montón de la ropa de deporte.

-¿Y para qué lo tienes?

-¿Para hacer deporte?

-¿Tú?

-Si yo.

Antes de que la diga algo más, se marcha riéndose, no por lo 'bajini' si no a pleno pulmón.

Al rato aparece mi mujer, yo sigo con mi ropa y mis mismos montones, eso si, con un poco menos de convicción y de motivación.

-¿Esto qué es?- Me dice mientras me señala el montón de la ropa de deporte.

-¿De verdad? Es la ropa de deporte...

-¿Y para qué lo quieres?

La miro, cojo el montón de la ropa de deporte y lo tiro al fondo del armario. Ya lo ordenaré cuando me quede solo en casa. Así no hay quien pueda.

Ejemplo 3:


Viaje de vuelta a casa, mi mujer leyendo, la pequeña y la mayor roncando a pleno pulmón, La mediana, que no se duerme ni queriendo, está dibujando. En un momento dado me pasa un papel y me dice -Mira papá el dibujo que acabo de hacer-. Cojo el dibujo, veo que  es un hombre musculoso al lado de una mujer y los dos rodeados de corazones.

-¡Qué bonito! ¡Qué bien he salido!

-¿Pero qué dices? ¡Si es el tío! Me he puesto a dibujarte, me ha salido muy cachas y me he dicho que no podías ser tú. A lo mejor si me hubiese salido con tripa...


Ejemplo 4:

Otro día, los mismos en el mismo coche, estamos casi todos despiertos. Ya no me acuerdo del motivo, pero me acuerdo que estaba aleccionando a la mediana, con el consiguiente riesgo para mi salud:

-Mira guapa, las cosas hay que decirlas a la cara, así la gente puede corregirse y aprender.

-¿Cómo cuando tú nos dices algo que ha hecho mal mamá y no está ella delante?

La miro por el retrovisor, me devuelve la mirada, se sabe ganadora e intocable en ese momento.

Miro por mi ventanilla, calculo lo que me puede pasar si me tiro del coche en marcha, lo descarto y decido afrontar las cosas como un hombre de verdad.

-Cariño, no la hagas caso, ya sabes que es una liante- le digo a mi querida esposa mientras le pongo carita de pena.

-Papá no te sale la carita de dar pena. No tienes ni idea- me dice la lianta. La miro y encima la descarada me pone la dichosa carita, y para colmo, le sale de órdago.


viernes, 26 de febrero de 2016

¿Puedo decir palabrotas?



Una tarde tranquila en el coche, muy tranquila, mi mujer mirando por la ventanilla, con la mirada perdida en el horizonte (un día duro de trabajo). La mayor dormida en el asiento del medio, ya ha conseguido “imponer” la paz a las 2 pequeñas. La mediana está sentada detrás de mi mujer, también tiene la mirada perdida, está abrazada a una muñeca (cosa rara), está pensando en sus cosas (peligro). La pequeña está con un pequeño cuaderno, está escribiendo ¿Peligro?
En un momento dado, mi mujer me empieza a comentar unas cosas que le ha comprado su madre. Parece que nadie nos está haciendo caso, hasta que…

—La abuela está en todos los detalles— dice la mayor aún con los ojos cerrados. Mi mujer y yo nos miramos, esa mirada lo dice todo.

—Es verdad, ahora la llamamos y se lo dices, que seguro que le gustará escucharlo de ti— le digo.

Dicho y hecho, le paso el móvil a mi mujer y marca. Se pone la mayor y están un rato hablando.

—Yo también quiero hablar con la abuela —no grita, pero ametralla los oídos.— Yo también quiero hablar con la abuelitaaaa.

—Anda guapa, pásale el teléfono a tu hermana, que nos va a dejar sordos— digo en un intento de no perder más oído.

—¡Hola abuelita! ¿Te puedo decir una palabrota?

Silencio en el coche…

—Abuelita ¿No quieres que te diga una palabrota?

Más silencio en el coche, cruce de miradas entre esposo y esposa, mayor y mediana, padre y mayor, mediana y padre, esposa y esposo y por fin, padre y palabrotera.

—Vale, pues te la digo ¡JODER!

Aún más silencio en el coche, nadie se ríe. Pero los 4 “no palabroteros” tenemos una sonrisa en la boca. No hay que reírse que si no es peor.

—¡Que te quiero mucho abuelita! ¡¡JODER!!

—Anda guapa, pásale el teléfono a tu otra hermana, que aún no ha hablado con la abuela— si la distraigo a lo mejor se olvida.

—Vale, joder— pues va a ser que no.

La mediana se pone al teléfono con la abuela, la mayor vuelve a cerrar los ojos, la pequeña se pone a escribir mientras dice por lo bajo.

J O D E R R R

Mi mujer y yo, ya hemos pasado por esto 2 veces, es una fase normal, toca “relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor” o donde sea.

—¿Qué tal el día? Ya veo que mucho trabajo ¿No?— Empiezo una conversación, por eso de poner palabras de por medio.

—J O O O D E R— suena por detrás

—Pues sí, mucho lío

—Jo jo jo jo derrrrrrr— está probando con distintas entonaciones.

—Ánimo guapa, que ya queda menos para el fin de semana— le digo a mi mujer, estamos los dos conteniendo la risa.

Miro por el retrovisor y la mayor se está haciendo la dormida, tiene el cuello del abrigo en la boca para contenerse la risa, le asoman unas lágrimas de esfuerzo por no reírse. La mediana está a lo suyo, curioso.

—Papá ¿Os puedo escribir palabrotas?— Esto es nuevo, no me lo esperaba, miro a mi mujer, que por lo menos sea consensuado. Ella me corresponde levantando los hombros. Es nuevo para los dos.

—¿Vale?— Ya tengo curiosidad. Miro otra vez por el retrovisor, y la mayor ha abierto un ojo y está mirando a lo “pirata” a su hermana.

—Toma Papá— cojo la agenda con la soltura que da conducir un coche con 3 fieras durante años y se la paso a mi mujer.

—Francamente, está muy bien— comenta ella.

No aguanto más y miro el cuaderno, efectivamente, es un JODER con todas las letras perfectamente legible.

Le pasamos el cuaderno y se pone a escribir más palabrotas con una soltura que da miedo. Mi mujer y yo volvemos a hablar. En un momento dado nos dice la pequeñaja.

—¿Cómo se escribe el sonido “PUT”?

—¿Cómo suena?— Le decimos a coro mi señora y yo. La mayor se parte de risa, ni dormida ni leches.

—¡Gracias!— Y se pone a escribir.

Al rato nos pasa el cuaderno; joder, JODER, Joder, caca, cacaputa, pisputa, mierda. Hay que reconocer que escribe muy bien la niña, se entiende todo a la perfección, le devuelvo el cuaderno mientras le digo:

—¿Por qué no escribes palabras bonitas y se las enseñas a tu hermana mediana? Que al final nos vamos a chocar con tanta distracción.

—Vale, una última palabrota y después palabras bonitas.

Se pone a escribir y le pasa el cuaderno a la mediana.

—¡Papá! ¿Sabes lo que ha escrito? ¡Papaputa! —Exclama ofendida la mediana— ¡Anda pásame el bolígrafo!

La miro con satisfacción, va a defender mi honor.

—¡Anda pásamelo! Que no has puesto el acento a papá…

Otro día me defenderá, si eso…

lunes, 4 de enero de 2016

Lo reconozco, no soy el mejor padre

Cuando me enteré hace ya 10 años de que iba a ser papá, me propuse ser un buen ejemplo para mis hijos, al final he conseguido ser un ejemplo a no seguir para mis hijas, que no es poco, por lo menos ya saben lo que no hay que hacer, pongo unos ejemplos:


1. Vamos a la biblioteca, a la sección infantil, las dejo mirando libros y me voy a la sección de mayores (que no de adultos, que suena mal) a coger unos libros, cuando vuelvo me las encuentro con varios cómic, los ojeo, me acerco a la estantería donde estaban y cojo dos más y se los pongo en su montón, sin decir nada, al llegar a casa los saco de la bolsa y me los llevo a mi cuarto (eran juveniles, mal pensados):

Al día siguiente, se me acerca la mayor por la espalda y me dice:

-¿Qué tal los cómic que nos has hecho cogerte de la sección infantil? ¿Pensabas que no me iba a dar cuenta...?

-Te lo puedo explicar...

-Mejor déjalo.


2. Un día por la mañana, uno de esos que uno se levanta con el pie un poco más torcido, después de echar unas cuantas broncas, al poco, viene la mediana y mientras pasa a mi lado, dice en voz alta pero sin dirigirse a nadie en concreto:

-Hay que leer más Súper Humor (los cómics de Mortadelo y Filemon), así uno está más alegre.


3. Ya es hora de irse a la cama, mientras las niñas se cepillan los dientes, yo enciendo la 'Play', cargo el Battlefield 4, me coloco los cascos con micro y me meto en una partida donde tengo un amigo:

-¡Buenas noches Thibor! ¿Qué tal la partida?- Digo a mi amigo de batallas.

-Difícil, pero podemos remontar ¿Ya has acostado a tus mujeres?

-En eso estamos. Tardan un rato en cepillarse los dientes.

Y entre tiros, conquistas de banderas y más tiros, al final las niñas se terminan de cepillar los dientes y van pasando por mi lado en dirección a su cuarto. Se meten en su cama y empieza el cachondeo:

-¡Pero me queréis hacer caso! A dormirrrr.

-¿Perdona?- Me dice mi amigo a 500km y a través de Internet y de mis cascos.

-No, no, es a mis hijas.

Sigo con los tiros, remontando la partida, que para eso mi amigo y yo ya somos veteranos. Miro a mi izquierda, y veo que mi hija de cinco años, está al lado con los brazos en jarra y moviendo los labios, como veo que no soy capaz de leerle los labios, por mucho que gesticule, me quito los cascos y empiezo a escuchar su dulce voz enojada:

-¿Hoy nos nos das un beso?

-Si claro, ahora mismo voy.

Aprovecho, unas de las raras veces que consiguen matarme (en el juego) y me voy a dar un beso de buenas noches a mis hijas. Primero a la pequeña, beso en la frente, la coloco bien el oso de peluche tamaño natural. Después a la mayor, que está en la litera de arriba, beso y caricia en el pelo, y por último a la mediana, que está en la litera de abajo, beso con abrazo.

-Papá, hoy lo haces rápido, para que no te maten ¿No?- Me dice con ojos redondos, a lo dibujo japonés.

Antes de encontrar una la respuesta, empiezo a escuchar unas risas en mi cabeza, pienso que me estoy volviendo loco:

-Que no has silenciado el micrófono- me dice mi amigo que sigue a 500km y que ahora mismo está muerto de la risa.


4. Estos días de vacaciones, uno se acuesta un poco más tarde y se levanta un poco más tarde, cosas de la Play Station. Pues cuando uno tiene hijos, esos detalles pasan factura, ya que mientras estás durmiendo, sientes una agitación, mal abres los ojos y ves a una niña de 7 años que te zarandea sin misericordia, solo consigues balbucear un:

-¿Qué pancha?- No es una errata, todos hablamos mal nada más despertarnos.

-¿Como que qué pancha? ¿Has visto las horas qué son? -Dice mientras señala su reloj nuevo. Ya sabía yo que me iba a traer problemas ese reloj.- Y nosotras sin desayunar, claro que después no nos da tiempo a ir al parque. ¡Vamos arriba perezoso!

Al final hice lo que hace todo el mundo en estos casos:

-Mamá déjame un rato más, que mañana no hay colegio...

Por cierto, no he tenido nada que ver con la desaparición de su reloj, lo juro.


4. A consecuencia del punto anterior, pasa el punto actual. Hora de la siesta, estoy durmiendo la siesta, vuelvo a sentir una agitación, menor agitación, pero agitación al fin y al cabo, mal abro los ojos, y me encuentro a una niña de 5 años que mientras me zarandea me dice:

-Es la hora de la merienda, y no hemos merendado, tienes que levantarte y preparar la merienda.

-Si claro, ahora mismo- y me doy la vuelta mientras me hago un ovillo.

-La merienda, la merienda, la merienda, la merienda, la meriendaaaaaaaaaaa.

-Vale, tú ganas- me destapo y sacó una pierna de la cama. Ella se da por satisfecha y sale del cuarto cerrando la puerta, espero oír sus pasitos alejarse de mi cuarto y cuando compruebo que se ha marchado, vuelvo a meter la pata (en la cama) y me vuelo a tapar.

Se abre la puerta, aparece una cabeza como de unos cinco años y empieza a gritar:

-¡La meriendaaaaaaaaaaaaaa! ¿Pero qué haces aún en la cama? ¡Arriba que la merienda no se hace sola!


5. Una del coche. Volvemos todos a casa después de un largo día, yo estoy chistoso y me empiezo a meter con las 2 mayores. Con la pequeña no, ya que no entiende la ironía y para complicar la cosa, nos está contando un chiste de los cortos, de los que duran cuarenta y cinco minutos, cuando está en 'trance de chiste' es mejor no interrumpirte o si no empieza de nuevo.

En un momento dado, cometo un error y gasto una broma a la mediana sobre novios y esas cosas, bromas que por otro lado, a mí no hacen mucha gracia. Sigo con la gracia y por el rabillo del ojo, veo a través del retrovisor interior, que se está formando una borrasca en el asiento de atrás:

-Oye papá, por qué por las mañanas, cuando no te oye mamá te pones a refunfuñar y a decir cosas malas de ella.

De repente se hace un silencio sepulcral en el coche, tanto será, que la pequeña deja de contar el chiste, lo nunca visto. Siento 4 pares de ojos clavados en mi nuca y en mi oreja derecha, el par de ojos de la oreja derecha son los que me preocupan. No se me ocurre nada y utilizo la técnica evasiva de subir la música.

-¿Papá, no me has oído? ¿Qué refunfuñas por las mañanas?

-Pero mira que eres bromista hija, ja ja ja.

-Tu sabes que no lo soy.

-Pues a lo mejor te castigo, ja ja ja.

-Yo creo que NO -dice una voz femenina que procede de mi lado derecho-, creo que no vas a ser hoy tú las castigada hija...