lunes, 29 de diciembre de 2014

¿Y ahora que le digo yo a la tía?

En casa no se ve el fútbol, no por nada en especial, no nos va mucho. Vemos algún partido de la selección.
Mi mujer y yo somos del Madrid (pero como si no lo fuésemos), la mayor también es del Real Madrid (y como si no lo fuera) y la pequeña es Libra.
Cosas de la vida, la mediana nos has salido del Atlético y dice que le gusta el fútbol, se sabe el nombre de algunos jugadores, de estadios e incluso tiene un álbum de cromos de la liga.


Un día normal y corriente estaba yo con mis quehaceres hogareños y veo correteando a las niñas de una habitación a otra con un discusión un tanto peculiar:

—¿Pero tú de qué equipo eres?— le preguntaba la de 6 a la de 4.
—Pues soy del de Pepa Pig.
—Eso no es un equipo.
—Pues no sé.
—Tienes que ser del Atlético, como yo— No lo vi, pero me imaginaba a la pequeña mirando con ojos de alucine a su hermana mediana.

En un momento la de 9 (recién cumplidos) sale de su habitación y se va donde están sus hermanas para sembrar un poco:

—Tú tienes que ser del Madrid, como papá, mamá y yo.
—¡Vale! Soy del "Ral Madriz"—. Contesta la pequeña.
—¡Pero y ahora que le digo a la tía! ¡Si la dije que eras del Atlético! ¡Como haces esto! El abuelo, la tía, el otro abuelo. Todos del Atlético.
—"Ral Madriz"—. Vuelve a responder la pequeñaja. Me la imagino alucinando con los aspavientos de su hermana y con el poder que tenían esas dos palabras sobre el comportamiento de su hermana.

La mayor vuelve a su cuarto, ya ha conseguido lo que quería.

—¡Menudo disgusto vas a dar a la tía! Del Real Madrid.

Parecerá una tontería, pero esto es un resumen muy resumen de la discusión de más de media hora de proselitismo a favor del club colchonero, de perseguir la mediana a la pequeña de un lado para otro.
Al final casi me cambio yo de equipo y todo.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Sentido común

Antes de ser padre esto no se me habría pasado por la cabeza, pero hay muchos momentos (por lo menos a mí me pasa) en los que mis hijas tienen mucho más sentido común que yo. Tampoco es que yo sea un cafre. Pongo unos ejemplos:


La de 8 años:
Como cualquier padre, tengo mis vicios, uno de ellos es la PlayStation. Aprovecho cuando todas mis mujeres están durmiendo y me echo “una” partida. Hay veces que la partida se alarga un poco más de lo normal. Pero solo un poco…
Un día, mejor dicho una madrugada que estoy jugando, se levanta la mayor para ir al servicio, pasa por mi lado sin decir nada. Cuando vuelve a su cuarto, se para a mi lado, me da un beso y me dice:
—Papá ¿No crees qué es un poco tarde para estar jugando? Anda apaga y vete a la cama.
La miro alucinado, me levanto, apago la consola. Y me voy a dormir con una sensación extraña, muy extraña.

La de 6 años:
A la niña le encanta jugar a peleas. Aunque en el fondo lo que le gusta es que le haga cosquillas. Sólo hay una regla “Quien se rinde, pierde”. En un mal movimiento por mi parte, la niña se lleva un “ligero” golpe y se pone a llorar.
—Bueno hija, ya hemos terminado.
—No papá, no me he rendido.
—Sí hija, te has puesto a llorar.
—Papá, llorar no es rendirse.

Ataque doble:
Vamos al médico la de 8, la de 6 y el señor responsable que escribe. Por primera vez en muchos años voy sin prisa y encima aparco en la puerta del ambulatorio. Las niñas están tranquilas y hay una buena canción en la radio. Apago el coche y me pongo a ver una invitación a un cumpleaños.
—¿Has visto a papá? Se ha quedado embobado mirando la invitación— le dice la de 6 a la de 8.
—Papá que llegamos tarde. Deja eso y lo miras después— me dice la de 8.
Dejo la felicitación, apago la radio. Miro el reloj y pienso para mis adentros que la paternidad no me la imaginaba así. Aún resuena el embobado en mi cabeza.

La de 6 se la está ganando:
De vez en cuando soy un temerario y hago locuras, como por ejemplo, echarme una partida a la play sin que mis mujeres estén durmiendo. Un buen día, mientras se carga el juego, me termino de comer un yogurt, al terminarlo lo dejo en el suelo para tirarlo después.
De la nada aparece la de 6 años, coge el yogurt y se lo lleva a la papelera de la cocina, la miro y doy gracias a Dios por la niña tan responsable que tengo.
Empiezo con la partida y al momento aparece mi amada esposa que se pone delante de la televisión con la de 6 años a su lado. Pongo en pausa el juego, seré un  temerario pero no un loco.
—¿Sabes lo que me ha dicho la niña?— me dice mi mujer. Yo la miro con cara de pez payaso y la digo.
—¿Qué te quiere mucho?— Yo lo tenía que intentar…
—Pues me ha dicho. “Mira lo que ha hecho tu marido, ha dejado el yogurt en el suelo y se ha puesto con la play”.
Busco con la mirada a la niña, ya no estaba al lado de su madre, ni tampoco estaba en el salón. Será rápida. Tengo que explicarla que además del marido de su madre. YO SOY TU PADRE.

La de 6 se lo ha ganado:
Vamos todos en el coche, estamos llegando a casa y voy por un paso elevado. En esas que donde había un “ceda el paso” ahora hay un STOP y sin querer suelto un exabrupto.
Adelanto un poco y donde había un STOP ahora hay un “ceda el paso” y sin querer suelto otro exabrupto.
Papá ¿Tú crees que solucionas algo insultando a la gente? No hay que insultar a los desconocidos. No digas nada más y conduce.
Miro a mi mujer, ella no me mira, bastante tiene con aguantarse la risa.

Y la de 4 aparece en escena:
Estamos jugando a peleas en mi cama la de 6 y yo. De repente se mete en medio la de 4 con su muñeco. Nosotros seguimos jugando a peleas.
En un momento dado la de 6 empuja a la pequeña, esta la mira de reojo y suelta un “joderrrr” muy bajito mientras tiene a su muñeca en brazos.
—Cariño eso que has dicho no está bien— le digo todo cargado de razones.

—Pero si tú también lo dices— me contesta mientras me señala con un dedito acusador que tiene toda la razón del mundo.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Adiós autoestima

En ninguno de los artículos, reportajes, blogs o páginas webs que dan consejos para padres, en ninguno he leído ¡Cuidado con tu autoestima! Ojo que no me refiero a las estrías post embarazo, ni la tripita que se queda después de un parto, ni nada de eso (que de esos hay unos cuantos), me refiero a esa guerra psicológica que te hacen los hijos, poco a poco, día a día. Se turnan de un hijo a otro para que no parezca que es una manía personal. Te atacan cuando estas solo, cuando están con otra gente. Sin piedad. Con miraditas, con frasecitas... Pongo varios ejemplos para que veáis que no exagero:

------------------------------------
De la hija de 8 años:

-Papá no cojas esa mochila que pesa mucho.
-Muchas gracias hija.
-De nada papá, en catequesis me han dicho que ayude a los ancianos.

------------------------------------
Otra de la hija de 8 años:

Se acerca, me acaricia la tripa y dice:
-¿Que será? ¿Niño o niña?
-Será un castigo- contesta el dueño de la tripa.

------------------------------------
La de 8 años y sus preguntas:

Vamos los dos solos en el coche a un Mac-Auto:
-Papá ¿En tu época había hamburgueserías?
-Sí claro.
-Pues si que son antiguas. ¿Y ponían hamburguesas como ahora?
-No, eran de brontosaurio. Por cierto, a ti no te pido hamburguesa, por sincera.

------------------------------------
La hija de 6 años:

-Papá guarda esto en tu bolsillo-. Mete el objeto en el bolsillo de mi pantalón . Se pone a mirar a su alrededor y dice:
-Mejor no, que estás gordo. Se lo doy a mamá que no es gorda, o al abuelo, o a la abuela o a cualquiera de mis hermanas.
-¿Qué pasa qué soy el único gordo?- Digo arrepintiéndome demasiado tarde.
Hay un cruce de miradas entre todos los presentes citados y un silencio más que significativo.

------------------------------------
La de 6 sigue atacando:

Estoy tranquilo en el salón, de píe, sin molestar a nadie. Se acerca la mediana. Me empieza a dar golpecitos en el pecho diciendo:
-¡Ay las tetas gordas de papá!
Me mira a la cara y ve mi gesto de dolor/corazón partio/te vas a enterar en la adolescencia. Me sonríe y me dice:
-¡Qué te lo digo con cariño!

------------------------------------
La que faltaba, la de 4 años:

La inocente niña está viendo unos dibujos conocidos, que tiene como protagonista una simpática cerdita. Paso por allí en cumplimiento de cualquier quehacer diario.

-¡Papá tienes la misma tripa que Papá Pig!
-Me acerco al mando y le pongo de Walking Dead- para que no se le olvide este día.

------------------------------------
Otra de la pequeña:

Están sus cansados padres viendo relajadamente las noticias (todo lo relajado que se puede estar viendo las noticas hoy en día). En eso que ponen una noticia sobre las playas y aparece una voluptuosa bañista para documentar la noticia, casualmente sale la niña de 4 años de su habitación, mira la televisión y dice:
-¡Pero si tiene las tetas gordas como papá!
Miro a mi mujer suplicando un poco de ayuda, y qué me encuentro. ¡Qué estaba roja intentando aguantarse la risa!

martes, 9 de diciembre de 2014

Una siesta de lo más tranquila

Hoy es fiesta, me puedo echar una siesta de esas de pijama y orinal. Mi mujer está en el salón viendo la televisión, las niñas jugando en su cuarto. Están tranquilas, sólo me he tenido que levantarme 3 veces para recordarlas que me voy a echar un "ratito".
Poco a poco me dejo vencer por el sueño y la tranquilidad. No me cuesta nada llegar al sueño profundo.
—Papaaaaaaaaaaa, papaaaaaaaaaaaaaaaa, papaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.
Una vocecilla que estando despierto me parece dulce me saca de mi "ratito" de sueño. Es la pequeña, la que tiene 4 años.
—Quééééé—. La contesto sin abrir los ojos. A ver si se da por aludida.
—Mis hermanas no me dejan el Ipad.
No contesto, sigo con los ojos cerrados. Antes no se ha dado por aludida.
—Papaaaaaaaaaaa, papaaaaaaaaaaaaaaaa.
—Quééééé—. No se va aludir, pero yo no abro los ojos.
—Que quiero el Ipad.
—Lo tienen tus hermanas, les toca a ellas, ahora déjame dormir—. Dicho esto me doy la vuelta como punto y final.
Escucho sus pasitos que salen de la habitación. Con suerte me cuesta 3 segundos volverme a dormir. 1, 2, ...
—Papaaaaaaaaaaa, papaaaaaaaaaaaaaaaa, papaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.
—Quééééé—. Abro un ojo, el otro lo tengo tapado por la almohada, así solo estoy la mitad de despierto.
—Que quiero merendar.
—Es pronto, cuando me levante te la preparo— no miro el reloj, no me hace falta para saber que no toca la merienda, aún no he escuchado los golpes, peleas y risas de rigor que marcan la hora de despertarme.
—Vale— y se va dejando el sonido de sus pisadas.
Lo vuelvo a intentar. 1, 2, ...
—Papaaaaaaaaaaa.
—¿Qué pasa ahora?
—Mis hermanas están patinando en la terraza. ¿Las dejas?
—No.
—¿Las castigas?
—Depende.
—Vale—. Se marcha de la habitación dejándome con una sensación como de que me están choteando. Sigo el ruido de sus pasos hasta la habitación de al lado.
 —Papá os ha castigado sin Ipad. Me lo tenéis que dar—. No escucho la contestación ni lloros. Todo bien, autogestión de la crisis.
Lo vuelvo a intentar. 1, 2, 3, ya se ve que me va a costar más dormir, 4 y ...
—Papaaaaaaaaaaa, papaaaaaaaaaaaaaaaa, papaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.
—¿Pero qué quieres?
—Te llama mamá.
Me levanto extrañado, la niña me precede. Llego al salón y me encuentro a mi mujer intentado ver la televisión.
—¿Qué quieres cariño?
—Yo nada ¿No te ibas a echar la siesta?
—Sí, eso pensaba yo—. Miro a la niña. Me devuelve la mirada con una sonrisa de propina y se sienta al lado de su madre.
Me vuelvo a la cama, mejor no enfadarse. 1, 2, 3, 4, 5, 6, que esto se lía y no me voy a dormir, 7, 8, ...
—Papaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.
¿Y AHORA QUÉ?
—Te vuelve a llamar a mamá— mi cerebro pone el “vuelve” entre comillas automáticamente.
—No mientas, déjame dormir un "ratito".
—Ahora es de verdad. Te llama—. Me ha dicho esto mirándome a los ojos. Sin sonreír. No puede ser mentira.
—Ya voy— me levanto otra vez. Intento no abrir mucho los ojos, a más luz, más despierto. Me vuelve a preceder la niña, la tengo cerca, a "tiro". Asomo la cabeza por la puerta del salón y miro a mi mujer, no me da tiempo a abrir la boca, me mira con cara de interrogación. Busco a la pequeña para ver si la sigo teniendo a "tiro", pero ni rastro, ahora no ha hecho ruido al andar.
Vuelvo a la cama. Por mis narices que yo hoy duermo la siesta. Cierro los ojos, tengo miedo de escuchar esos pasitos inocentes.
Noto algo, abro los ojos. Está ahí. No ha hecho ruido, antes de que abra la boca le digo:
—Ya te preparo la merienda, has ganado.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Esa sensación indescriptible

Voy al colegio a recoger a mis mujeres. Estoy cansado, con ganas de llegar a casa, hastiado por el atasco que me acabo de tragar, preocupado por el ruido que hace el motor y asustado por el precio de la gasolina que he visto anunciado en la gasolinera. Intento recordar si he pasado el radar a 100 o a 95.

Pero todo se desvanece cuando veo a la pequeña salir de clase, con esa sonrisa que no le entra en la cara, con los ojillos cansados pero felices de verme, arrastrando su mini mochila de Pepa Pig.

La agarro y la alzo, contemplo su cara de felicidad, lleno mis oídos con su risa, doy un par de giros con los brazos extendidos y la atraigo rápidamente hacia mí para notar el calor de su abrazo.

Y entonces siento esa sensación intensa, eléctrica, que paraliza a todo papá de una criatura de tres o cuatro años. Esa descarga eléctrica que empieza en la zona denominada finamente como "las partes", que recorre toda la columna, hace un parón de un instante en el estómago, se divide a la altura de la espalda; un impulso va a los brazos y da la señal de -¡Suelta!- otro impulso va a la boca y da la orden de gritar -¡Mis huevos!- entonces milagrosamente llega una contra orden a la boca, que impide gritar (ya que estás en el colegio rodeado de niños y de padres). En el mismo instante llega otra contraorden a las manos que impide que suelte a mi hija.

Si señores, mi amada hija, sin querer, no ha frenado su pierna que por fruto de la maldita inercia me ha calzado una "patadita" con trayectoria ascendente.

La dejo suavemente en el suelo, me pongo en cuclillas (bendita posición que descubres el primer día que juegas al tenis o al fútbol). La abrazo, no es consciente, pero ahora ella me sostiene. Un par de lágrimas asoman en mis ojos. Se detiene el tiempo, la descarga eléctrica ha vuelto a bajar y se está dando un paseo por la zona de origen.

La niña me mira y me dice:
-Estas muy contento de verme.
-Agrh, Uff. Chií- es lo único que puedo articular en ese momento.

Pasados unos segundos que parecen días, me levanto. Intento que no se me note que me han robado el caballo y me dirijo a por el resto de mis hijas, gracias a la naturaleza y a un correcto crecimiento no tengo que cogerlas en brazos.