Voy al colegio a recoger a mis mujeres. Estoy cansado, con ganas de llegar a casa, hastiado por el atasco que
me acabo de tragar, preocupado por el ruido que hace el motor y asustado por el
precio de la gasolina que he visto anunciado en la gasolinera. Intento recordar
si he pasado el radar a 100 o a 95.
Pero todo se desvanece cuando veo a la pequeña salir de
clase, con esa sonrisa que no le entra en la cara, con los ojillos cansados
pero felices de verme, arrastrando su mini mochila de Pepa Pig.
La agarro y la alzo, contemplo su cara de felicidad,
lleno mis oídos con su risa, doy un par de giros con los brazos extendidos y la
atraigo rápidamente hacia mí para notar el calor de su abrazo.
Y entonces siento esa sensación intensa, eléctrica, que
paraliza a todo papá de una criatura de tres o cuatro años. Esa descarga
eléctrica que empieza en la zona denominada finamente como "las
partes", que recorre toda la columna, hace un parón de un instante en el
estómago, se divide a la altura de la espalda; un impulso va a los brazos y da
la señal de -¡Suelta!- otro impulso va a la boca y da la orden de gritar -¡Mis
huevos!- entonces milagrosamente llega una contra orden a la boca, que impide
gritar (ya que estás en el colegio rodeado de niños y de padres). En el mismo
instante llega otra contraorden a las manos que impide que suelte a mi hija.
Si señores, mi amada hija, sin querer, no ha frenado su
pierna que por fruto de la maldita inercia me ha calzado una "patadita"
con trayectoria ascendente.
La dejo suavemente en el suelo, me pongo en cuclillas
(bendita posición que descubres el primer día que juegas al tenis o al fútbol).
La abrazo, no es consciente, pero ahora ella me sostiene. Un par de lágrimas
asoman en mis ojos. Se detiene el tiempo, la descarga eléctrica ha vuelto a
bajar y se está dando un paseo por la zona de origen.
La niña me mira y me dice:
-Estas muy contento de verme.
-Agrh, Uff. Chií- es lo único que puedo articular en ese
momento.
Pasados unos segundos que parecen días, me levanto.
Intento que no se me note que me han robado el caballo y me dirijo a por el
resto de mis hijas, gracias a la naturaleza y a un correcto crecimiento no
tengo que cogerlas en brazos.

Exagerado!!
ResponderEliminarJajajajajajaj eso por ser tan efusivo y dar tantas vueltecitas, en la frenada de las vueltas la inercia actuó, Jajajaja
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