domingo, 25 de enero de 2015

Contraataque

Ya es tarde, sólo queda preparar la cena, hoy toca tortilla francesa. Por primera vez las dos mayores han roto los huevos y los han batido, no ha ido mal la cosa y eso que me ahorro. Después de la cena, se acostarán, pero antes de cenar toca lucha de espadas, el lugar elegido para la lid es el pasillo. Es una promesa que le he hecho a la mayor y la voy a cumplir.
Empezamos con unas estocadas de calentamiento, pasa un minuto sin ningún “toque”. Me empiezo aburrir, lo reconozco, me apetece ser malo y le asesto un par de mandobles en su “retaguardia”. Ella se ríe mientras se frota la zona afectada, le han picado.
—Papá, un poco más flojo.
—Perdona, se me ha ido la mano.
Volvemos a cruzar nuestras espadas, la voy comiendo el espacio, ella está a la defensiva. Es pan comido, hago el amago de atacar por arriba y la doy un toque en la pierna. Después de cada toque volvemos a nuestras posiciones.
En el siguiente asalto la vuelvo a dar un toque en la “retaguardia”, se me ha vuelto a ir la mano y a la pobre se le escapa una lagrimilla, eso sí, no suelta la espada. Se lanza al ataque y me da un toque en la tripa (la zona más expuesta).
Seguimos así un rato, como veo que está estancada la cosa, empiezo a hacer uso de mis ochenta y pocos kilos, avanzo con la espada por delante, ella la desvía con la suya, aprovecho y con mi mano libre le agarro la mano de la espada, subo la rodilla la apoyo en su tripa y haciendo un mínimo uso de la fuerza, la desarmo. La devuelvo la espada.
Se abre la puerta del fondo del pasillo y aparece la mediana, coge una silla y se pone a mirar la lucha desde la protección de la puerta de la cocina. Hace tiempo que quedó claro el concepto “daño colateral” en las luchas de espadas.
Mi hija mayor y yo hacemos un gesto de cabeza, volvemos a comenzar. Ahora es ella la que lanza todo su cuerpo para comerme el terreno y desarmarme, pobre, la diferencia de peso no la acompaña, es un intento condenado al fracaso. Desvío su espada y con mi mano libre impido que me coja la espada. Veo que va a intentar lo de la rodilla, pero…
Pero hay una diferencia de estatura, no me da tiempo a pensar, pero el cuerpo instintivamente se aparte un poco, no lo suficiente, me llevo un señor rodillazo en la “defensa desprotegida de abajo”. Se me cae la espada y me empiezo a doblar, de mi boca no sale nada más que un “ufff”.
Menos mal que estoy en el pasillo, me apoyo rápidamente en la pared. Ella se da cuenta de lo sucedido y me abraza.
—Papá ¿Estás bien?
—Chí, no passa nada.
—Ha sido sin querer, te has movido. Lo siento.
—Hija, menos mal que me he movido.
—¿Pero qué has hecho? ¿Te das cuenta que ahora papá no va a poder luchar contra mí?— Que maja la mediana, mira como se preocupa por su padre.
—Mirar, yo lo dejo. Ya he desarmado a papá. Lo dejo por hoy.
—Ok, por mí bien— efectivamente me ha desarmado.
Miro a la mediana, está recogiendo la silla enfadada. Me da cosilla verla así, le apetecía jugar conmigo. Hago de mis vísceras corazón.
—Coge la espada de tu hermana, recupero el aliento y luchamos un poco ¿Te parece?
—Gracias papá. No te haré daño.
Hace unos minutos me habría reído de su osadía, ahora ni de coña.
Ella se pone en guardia, yo más. Tiene una mirada fiera que no tiene su hermana.
La mediana es mucho más baja que yo, tengo que tener cuidado con no darle un golpe en la cara. También es más agresiva en el ataque que su hermana y no controla tanto su fuerza.
Ataca fieramente y desvío la espada con cuidado de no llevarme un golpe en los dedos (esa es su especialidad), ahora que no puede defenderse la doy un toque en la espalda, flojito, no vaya a ser que se pique.
Volvemos a nuestras posiciones y se lanza como su hermana, la jodía ha visto la técnica y la está aplicando. Con la mano libre me protejo la “baja guardia” y con la espada intento que no me arranque las gafas de la cara. Es pequeña y no tiene más movimientos en la recamará, veo que no va a hacer nada raro con las rodillas y la desarmo con la mano libre, con mi espada le doy un capón en la cabeza.
Vuelve a su posición mientras se ríe, joder que risa, es la del malo de la película. La batalla psicológica la tiene ganada, su hermana me ha machacado la psicología por unas horas.
Vuelve a la carga, paro su estocada, pero la paro con los dedos, me llevo un buen golpe, me pongo a botar en medio del pasillo. Menos mal que las espadas son de plástico.
—Anda papá vamos a dejarlo por hoy. Ya sabemos cuáles son tus puntos débiles, los tuyos y los de todos los chicos.
Me lo ha dicho mirándome a los ojos, sin pestañear y con la mirada felina que ya he descrito alguna vez.
Se va al salón con sus hermanas, yo me voy a la cocina, veo los huevos batidos, cada uno en su cuenco. Me río por no llorar. Me agacho y me pongo hacer sentadillas. Joder, como duele. Escucho unas risillas por detrás, son las dos mayores. La mayor se acerca, me da un abrazo, un beso en la frente y me vuelve a pedir perdón. Coge a su hermana de la mano y se van al salón. Mientras se marchan, escucho como dice la mediana.
—¡En los huevos!
En la soledad de la cocina, más cerca del suelo de lo habitual, empiezo a sospechar que mis hijas mayores no quieren tener más hermanos.

PDT: Todo lo que me pasa es verdad, desgraciadamente TODO, ya han pasado unas cuantas horas y aún tengo el recuerdo muy vivo de ayer, pero muy vivo. Si algún compañero del trabajo me ve haciendo sentadillas… Pues eso, que si lucha con espadas, que se proteja la baja guardia.

lunes, 19 de enero de 2015

Motín a bordo

Un viaje tranquilo a casa, escuchando la radio, hablando entre nosotros, paz, amor y armonía. De repente todo cambia, la mayor se empieza a quejar y a decir “¡Para!” a su hermana mediana. Mi mujer y yo no hacemos nada, no ha llegado la sangre al río y tienen que resolver ellas solas los problemas.

—¿Me quieres dejar en paz? ¡Quita el brazo!

—Estoy en mi sitio— la de 6 utiliza un tono angelical. Sabe que la estamos escuchando.

Se hace el silencio y dura cinco minutos:

—¿Pero qué haces? ¡No me respires en el oído!

—Pero si estoy en mi sitio.

Ya vale. Por favor, tengamos el viaje en paz— no hace falta que mire por el retrovisor, sé lo que pasa; la de 6 está incordiando a la de 9, la de 6 no va a parar hasta que la de 9 la arree una leche.

Se vuelve a hacer el silencio, todos en el coche sabemos que no va a durar ni cinco minutos.

—¡Pero quítame el píe de la cara!— la de 9 está perdiendo la paciencia. La leche se acerca.

—¡¡¡Pero si estoy en mi sitio!!!— La de 6 utiliza genialmente la técnica de los adultos, a más grito, más razón tengo.

Me giro, lanzo una mirada a la de 6, ella me lanza otra mirada y todo sigue igual. Igual no, vuelvo a mirar a la carretera por eso del que dirán.

Se vuelve a hacer el silencio, pero para romperse otra vez:

—¡Papá, me ha puesto el píe en la cara!— Agradezco que la de 9 se contenga y no le suelte una leche a la de 6, pero o le da una leche o seguimos así hasta llegar a casa.

—¡¡¡¡¡¡Pero si no he hecho nada!!!!!— No se lo cree ni ella.

—O te estás quieta o te enteras— me giro y veo que tiene los pies apoyados en el respaldo de mi mujer. Esto no va bien.

—Vale— me dice con una falsa voz de arrepentimiento. Vuelvo a mirar a la carretera, soy buen conductor, pero lo de conducir mirando hacía detrás tiene sus límites.

—Oye cariño deja de darme golpes en el sillón— dice mi mujer, aquí hay cada vez más implicados.

—Yo no soy— me giro y veo que sigue con los pies en el respaldo. La miro, y me dirige una mirada en la que me indica "que sí, que son mis piernas".

Me sigues dando, para, que me haces daño— vuelve a decir mi mujer.

—¡O te estas quieta o paro el coche y te doy dos guantazos!— Lo confieso no es una frase muy educativa, pero es lo que hay, ya no puedo girarme más, no por el conducir, es por la tortícolis.

—Vale, para el coche, te bajas y me das los guantazos.

Miro a mi mujer, me devuelve la mirada, me sonríe transmitiéndome “ahora vas, y lo cumples”.
Se hace el silencio, un silencio tenso, nunca nos había desafiado de esa manera. Las hermanas alucinan, quieren ver como termina esto, para ver si pueden utilizar esta nueva técnica de vacile.

—¿Papá, cuando vas a parar el coche para darme los guantazos? ¿Qué pasa no lo vas a hacer?

—Anda, pórtate bien y no pasará nada.

—Vamos que no te paras y no me los das ¿No?

—¿Qué pasa? ¿Qué quieres que te los de?

—Yo no, pero tú sí.

—Cariño, yo no quiero, pero te estás portando mal.

—¡Pero no me des más golpes!— Dice mi mujer a la agresora de 6 años. La tía, según hablaba conmigo daba golpes al asiento de su madre.

Me giro y le doy dos cachetes en la pierna, para nada fuertes, la intención era que bajase las piernas.

—¡Sabéis qué! ¡Cuando lleguemos a casa, yo me quedo en el coche, no pienso cenar!

Mi mujer y yo nos miramos, esta salida es nueva. Sin acordar nada, contestamos a la vez.

—Vale, quédate en el coche.

—¡No! No se puede quedar en el coche sola— dice la de 4 años, es la primera vez que abre la boca.

—Es verdad papá, la puede pasar cualquier cosa— añade la de 9. Mola ver como se preocupa por su hermana.

—He dicho que me quedo en el coche y me quedo en el coche. Ya me he quedado sin cenar alguna noche, por ejemplo cuando me quitaron los dientes— ojo, que no se los quité yo, fue la dentista.

—Es verdad, no pasa nada, quédate en el coche— contesto divertido. Sinceramente me apetece ver cómo termina esto.

—¡No!— Dicen las dos hermanas “no agresoras” a la vez. Las pobres lo están pasando mal.

Tranquilas, bajo una vez cada hora para ver que está bien— las digo para intentar calmarlas un poco.

—Cariño y si quieres hacer pis ¿Qué haces?— Me imagino que no ha caído en eso.

—Me lo hago encima— pues sí, sí que ha caído.

—Papá que se va a quedar en el coche, y es peligroso, se la pueden llevar— la de 9 lo está pasando realmente mal.

—No, cierro las puertas— dice la de 6 pensando que nuestro coche es un blindado.

Pero pueden romper las ventanas y cogerte, como cuando me robaron el abrigo— esta carta es una carta ganadora. En esto no había caído ella. La miro por el retrovisor y veo que está pensando.

Se hace otra vez el silencio, esta vez dura hasta llegar a casa.

—Vale, me subo a casa pero me encierro en la habitación y no puede pasar nadie.

—¡Que yo duermo ahí!— dice choriqueando la de 4.

Paro el coche, abro las puertas y la primera que baja es la de 6. Subimos a casa y sin que nadie le diga nada termina los deberes, se pone el pijama y se va a jugar con sus hermanas, como si no hubiera pasado nada.

Cariño ¿Ya no estás enfadada con todo el mundo?— Le pregunto muy sorprendido con el cambio de humor.

—¡Que va! Os he ocultado que iba a estar enfadada hasta que terminase los deberes— me dice con una sonrisa de oreja a oreja.


Esto es lo que pasa  cuando se juntan; 3 niñas, 2 padres, 50 kilómetros y mucho cansancio.

lunes, 12 de enero de 2015

¡Han venido los Reyes!

Para el 6 de enero, yo utilizo una técnica un poco fría pero útil para que las niñas elijan los regalos que quieren. Primero les doy un catálogo para que marquen lo que les gusta, después las llevo a una tienda para que vean lo que les gusta de verdad. Esto funciona muy bien con las mayores, pero con la pequeña no tanto. Marcó todo en el catálogo y fue durante una hora por toda la tienda gritando:

—¡Me lo pido! ¡Me lo pido! ¡ME LO PIDOOOOOO!

Como no podía ser de otra manera surgieron algunas anécdotas:

La Interpol en la cabalgata
Mi querida hermana se llevó a mis hijas y a su hija (5 años) a la cabalgata de nuestro pueblo. Cuando fui a recoger a mis niñas, me esperaba el típico parte de guerra de otros años; caramelazo en frente y ojo, pisotón de mano y pellizco de mejilla por parte de abuela desconocida. Al ver que no había grandes moratones, la pregunte con cierto cargo de conciencia:

—¿Se han portado muy mal?
—¡Qué va! Se han portado genial, lo que pasa que la mediana y mi hija se han liado a hacerse preguntas en voz alta?
—¿Preguntas? ¿Qué preguntas?
—“¿Seguro que estos reyes son de verdad? Los zapatos que tienen son normales. No pueden ser los Reyes”
“Tienes razón, además, por muy mágicos que sean, no pueden estar en todas partes, yo creo que son gente disfrazada que les echan una mano”
“Pues sí, cuando vinieron a mi cole, los toqué y eran blanditos.”
—¿Y qué les has dicho? Por ser coherente.
—Nada. Al final se les han olvidado de las preguntas intentando esquivar los caramelos.

Lo que hay que hacer con un regalo
A las dos mayores los Reyes les han traído unas espadas de plástico. Al abrir su espada, la mayor (9 años) se acerca a su madre y le dice:

—¿Sabes que voy a hacer con la espada? Cortarle la cabeza a papá.

Lo peor no es que me quiera cortarme la cabeza, lo malo es que mi mujer le dijo:

—Vale.

Estrenando las espadas
En un momento dado le cojo la espada a una de las niñas y me pongo a luchar contra la otra. La de  6 viendo como se desarrolla la lucha dice:

—¿Has visto? Tenemos que luchar como papá, que lucha como un héroe.

No es gracioso, pero no todos los días le llaman a uno “héroe”. Si querían que luchase muy amenudo contra ellas, lo han conseguido.

Como papá
A la pequeña, entre otras cosas, los Reyes le han traído una plancha y una lavadora. La caja era muy sexista, ya que decía “El mejor regalo para las niñas”.
Pero además de que las niñas no se leen las cajas, lo primero que dijeron al ver los juguetes fue:


—¡Mira papá, te han traído otra plancha y otra lavadora!

lunes, 5 de enero de 2015

La última palabra

Ya van practicando mis hijas para decir siempre la última palabra. Algunas veces es verdad, ya que me dejan tan alucinado que no sé que responder.

Frente al espejo
Estoy desenredando el pelo a la de 6 años, estamos frente al espejo. Paro un momento, la miro desde el espejo y cometo la locura de preguntarle:

—¿Soy bueno?
—No.
—¿Y eso? ¿Te trato mal?— sinceramente no me esperaba esa respuesta.
—No, que va. Pero nos has regañado y nos has quitado la consola, el Ipad y la televisión.
—Ya, pero gracias al castigo, habéis jugado más entre vosotras, habéis jugado conmigo ¿A que no ha estado mal?
—Es verdad, eres bueno. Pero las coletas las haces fatal.

¡Salimos! Pero con condiciones...
—Chicas esta noche os quedáis con el tío para cenar.
¡BIEN!- La de 4 y la de 9.
¿Y vosotros dos os vais a cenar fuera? -dice la de 6.
Eh, sí- soy el adulto, no tendría que titubear pero miedo me da.

¡Pero nada de besos!


¡Te parecerá bonito!
Estoy cambiando a la pequeña y le digo a la 6:

— Anda cariño, acércame las zapatillas de tu hermana, están en el salón.

Ella me mira a los ojos, con la misma mirada con la que un gato observa a un ratoncillo, no se mueve, yo tampoco, para eso soy su padre, sostenemos la mirada un rato. Por ahí aparece mi mujer, ve el duelo de miradas que se está llevando a cabo, encoje los hombros y al momento me da las zapatillas.
Vuelvo a mirar a la mediana y antes de que me de tiempo a abrir la boca me suelta:

— Te parecerá bonito hacer ir a mamá a por las zapatillas de la pequeña.