Un viaje tranquilo a casa, escuchando la radio, hablando
entre nosotros, paz, amor y armonía. De repente todo cambia, la mayor se
empieza a quejar y a decir “¡Para!” a
su hermana mediana. Mi mujer y yo no hacemos nada, no ha llegado la sangre al
río y tienen que resolver ellas solas los problemas.
—¿Me quieres dejar en paz? ¡Quita
el brazo!
—Estoy en mi sitio— la de 6 utiliza un tono angelical.
Sabe que la estamos escuchando.
Se hace el
silencio y dura cinco minutos:
—¿Pero qué haces? ¡No me respires
en el oído!
—Pero si estoy en mi sitio.
—Ya vale. Por favor, tengamos el viaje en
paz— no hace falta que mire por el retrovisor, sé lo que pasa; la de 6
está incordiando a la de 9, la de 6 no va a parar hasta que la de 9 la arree
una leche.
Se vuelve
a hacer el silencio, todos en el coche sabemos que no va a durar ni cinco
minutos.
—¡Pero quítame el píe de la cara!— la de 9 está perdiendo la
paciencia. La leche se acerca.
—¡¡¡Pero si estoy en mi sitio!!!— La de 6 utiliza genialmente la técnica
de los adultos, a más grito, más razón tengo.
Me giro, lanzo
una mirada a la de 6, ella me lanza otra mirada y todo sigue igual. Igual no,
vuelvo a mirar a la carretera por eso del que dirán.
Se vuelve
a hacer el silencio, pero para romperse otra vez:
—¡Papá, me ha puesto el píe en la
cara!— Agradezco
que la de 9 se contenga y no le suelte una leche a la de 6, pero o le da una
leche o seguimos así hasta llegar a casa.
—¡¡¡¡¡¡Pero si no he hecho
nada!!!!!— No se
lo cree ni ella.
—O te estás quieta o te enteras— me giro y veo que tiene los pies
apoyados en el respaldo de mi mujer. Esto no va bien.
—Vale— me dice con una falsa voz de
arrepentimiento. Vuelvo a mirar a la carretera, soy buen conductor, pero lo de
conducir mirando hacía detrás tiene sus límites.
—Oye cariño deja de darme golpes en
el sillón— dice mi
mujer, aquí hay cada vez más implicados.
—Yo no soy— me giro y veo que sigue
con los pies en el respaldo. La miro, y me dirige una mirada en la que me indica "que sí, que son mis piernas".
—Me sigues dando, para, que me haces daño—
vuelve a decir mi mujer.
—¡O te estas quieta o paro el coche
y te doy dos guantazos!—
Lo confieso no es una frase muy educativa, pero es lo que hay, ya no puedo
girarme más, no por el conducir, es por la tortícolis.
—Vale, para el coche, te bajas y me
das los guantazos.
Miro a mi
mujer, me devuelve la mirada, me sonríe transmitiéndome “ahora vas, y lo cumples”.
Se hace el
silencio, un silencio tenso, nunca nos había desafiado de esa manera. Las hermanas alucinan, quieren ver como termina esto, para ver si pueden utilizar esta nueva técnica de vacile.
—¿Papá, cuando vas a parar el coche
para darme los guantazos? ¿Qué pasa no lo vas a hacer?
—Anda, pórtate bien y no pasará
nada.
—Vamos que no te paras y no me los
das ¿No?
—¿Qué pasa? ¿Qué quieres que te los
de?
—Yo no, pero tú sí.
—Cariño, yo no quiero, pero te
estás portando mal.
—¡Pero no me des más golpes!— Dice mi mujer a la agresora de 6
años. La tía, según hablaba conmigo daba golpes al asiento de su madre.
Me giro y
le doy dos cachetes en la pierna, para nada fuertes, la intención era que bajase
las piernas.
—¡Sabéis qué! ¡Cuando lleguemos a
casa, yo me quedo en el coche, no pienso cenar!
Mi mujer y
yo nos miramos, esta salida es nueva. Sin acordar nada, contestamos a la vez.
—Vale, quédate en el coche.
—¡No! No se puede quedar en el
coche sola— dice
la de 4 años, es la primera vez que abre la boca.
—Es verdad papá, la puede pasar
cualquier cosa— añade
la de 9. Mola ver como se preocupa por su hermana.
—He dicho que me quedo en el coche
y me quedo en el coche. Ya me he quedado sin cenar alguna noche, por ejemplo
cuando me quitaron los dientes— ojo,
que no se los quité yo, fue la dentista.
—Es verdad, no pasa nada, quédate
en el coche— contesto
divertido. Sinceramente me apetece ver cómo termina esto.
—¡No!— Dicen las dos hermanas “no
agresoras” a la vez. Las pobres lo están pasando mal.
—Tranquilas, bajo una vez cada hora para ver
que está bien— las digo para intentar calmarlas un poco.
—Cariño y si quieres hacer pis ¿Qué
haces?— Me imagino que no ha caído en eso.
—Me lo hago encima— pues sí, sí que ha caído.
—Papá que se va a quedar en el
coche, y es peligroso, se la pueden llevar— la de 9 lo está pasando realmente mal.
—No, cierro las puertas— dice la de 6 pensando que nuestro
coche es un blindado.
—Pero pueden romper las ventanas y cogerte,
como cuando me robaron el abrigo— esta carta es una carta ganadora. En esto
no había caído ella. La miro por el retrovisor y veo que está pensando.
Se hace
otra vez el silencio, esta vez dura hasta llegar a casa.
—Vale, me subo a casa pero me
encierro en la habitación y no puede pasar nadie.
—¡Que yo duermo ahí!— dice choriqueando la de 4.
Paro el coche, abro las puertas y la primera que baja es la de 6.
Subimos a casa y sin que nadie le diga nada termina los deberes, se pone el
pijama y se va a jugar con sus hermanas, como si no hubiera pasado nada.
—Cariño ¿Ya no estás enfadada con todo el
mundo?— Le pregunto muy sorprendido con el cambio de humor.
—¡Que va! Os he ocultado que iba a
estar enfadada hasta que terminase los deberes— me dice con una sonrisa de oreja a
oreja.
Esto es lo
que pasa cuando se juntan; 3 niñas, 2
padres, 50 kilómetros y mucho cansancio.
Tío cobarde!!!! ¿Y esos dos guantazos? No eres un hombre de palabra, no como tu hija, claro.
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