Ya es
tarde, sólo queda preparar la cena, hoy toca tortilla francesa. Por primera
vez las dos mayores han roto los huevos y los han batido, no ha ido mal la cosa y eso
que me ahorro. Después de la cena, se acostarán, pero antes de cenar toca lucha
de espadas, el lugar elegido para la lid es el pasillo. Es una promesa que le
he hecho a la mayor y la voy a cumplir.
Empezamos
con unas estocadas de calentamiento, pasa un minuto sin ningún “toque”. Me
empiezo aburrir, lo reconozco, me apetece ser malo y le asesto un par de
mandobles en su “retaguardia”. Ella se ríe mientras se frota la zona afectada,
le han picado.
—Papá,
un poco más flojo.
—Perdona,
se me ha ido la mano.
Volvemos a cruzar nuestras espadas, la voy comiendo el espacio, ella está a la
defensiva. Es pan comido, hago el amago de atacar por arriba y la doy un toque
en la pierna. Después de cada toque volvemos a nuestras posiciones.
En el
siguiente asalto la vuelvo a dar un toque en la “retaguardia”, se me ha vuelto
a ir la mano y a la pobre se le escapa una lagrimilla, eso sí, no suelta la
espada. Se lanza al ataque y me da un toque en la tripa (la zona más expuesta).
Seguimos
así un rato, como veo que está estancada la cosa, empiezo a hacer uso de mis
ochenta y pocos kilos, avanzo con la espada por delante, ella la desvía
con la suya, aprovecho y con mi mano libre le agarro la mano de la espada,
subo la rodilla la apoyo en su tripa y haciendo un mínimo uso de la fuerza, la
desarmo. La devuelvo la espada.
Se abre la
puerta del fondo del pasillo y aparece la mediana, coge una silla y se pone a
mirar la lucha desde la protección de la puerta de la cocina. Hace tiempo que
quedó claro el concepto “daño colateral” en las luchas de espadas.
Mi hija
mayor y yo hacemos un gesto de cabeza, volvemos a comenzar. Ahora es ella la
que lanza todo su cuerpo para comerme el terreno y desarmarme, pobre, la
diferencia de peso no la acompaña, es un intento condenado al fracaso. Desvío
su espada y con mi mano libre impido que me coja la espada. Veo que va a
intentar lo de la rodilla, pero…
Pero hay
una diferencia de estatura, no me da tiempo a pensar, pero el cuerpo
instintivamente se aparte un poco, no lo suficiente, me llevo un señor rodillazo
en la “defensa desprotegida de abajo”. Se me cae la espada y me empiezo
a doblar, de mi boca no sale nada más que un “ufff”.
Menos mal
que estoy en el pasillo, me apoyo rápidamente en la pared. Ella se da cuenta de
lo sucedido y me abraza.
—Papá
¿Estás bien?
—Chí,
no passa nada.
—Ha
sido sin querer, te has movido. Lo siento.
—Hija,
menos mal que me he movido.
—¿Pero
qué has hecho? ¿Te das cuenta que ahora papá no va a poder luchar contra mí?— Que maja la mediana, mira como se
preocupa por su padre.
—Mirar,
yo lo dejo. Ya he desarmado a papá. Lo dejo por hoy.
—Ok,
por mí bien—
efectivamente me ha desarmado.
Miro a la
mediana, está recogiendo la silla enfadada. Me da cosilla verla así, le
apetecía jugar conmigo. Hago de mis vísceras corazón.
—Coge
la espada de tu hermana, recupero el aliento y luchamos un poco ¿Te parece?
—Gracias
papá. No te haré daño.
Hace unos
minutos me habría reído de su osadía, ahora ni de coña.
Ella se
pone en guardia, yo más. Tiene una mirada fiera que no tiene su hermana.
La mediana es
mucho más baja que yo, tengo que tener cuidado con no darle un golpe en la
cara. También es más agresiva en el ataque que su hermana y no controla tanto
su fuerza.
Ataca
fieramente y desvío la espada con cuidado de no llevarme un golpe en los dedos
(esa es su especialidad), ahora que no puede defenderse la doy un toque en la
espalda, flojito, no vaya a ser que se pique.
Volvemos a
nuestras posiciones y se lanza como su hermana, la jodía ha visto la técnica y
la está aplicando. Con la mano libre me protejo la “baja guardia” y con
la espada intento que no me arranque las gafas de la cara. Es pequeña y no
tiene más movimientos en la recamará, veo que no va a hacer nada raro con las
rodillas y la desarmo con la mano libre, con mi espada le doy un capón en la
cabeza.
Vuelve a
su posición mientras se ríe, joder que risa, es la del malo de la película. La
batalla psicológica la tiene ganada, su hermana me ha machacado la psicología
por unas horas.
Vuelve a
la carga, paro su estocada, pero la paro con los dedos, me llevo un buen golpe,
me pongo a botar en medio del pasillo. Menos mal que las espadas son de
plástico.
—Anda
papá vamos a dejarlo por hoy. Ya sabemos cuáles son tus puntos débiles, los
tuyos y los de todos los chicos.
Me lo ha
dicho mirándome a los ojos, sin pestañear y con la mirada felina que ya he
descrito alguna vez.
Se va al
salón con sus hermanas, yo me voy a la cocina, veo los huevos batidos, cada uno
en su cuenco. Me río por no llorar. Me agacho y me pongo hacer sentadillas.
Joder, como duele. Escucho unas risillas por detrás, son las dos mayores. La
mayor se acerca, me da un abrazo, un beso en la frente y me vuelve a pedir
perdón. Coge a su hermana de la mano y se van al salón. Mientras se marchan,
escucho como dice la mediana.
—¡En
los huevos!
En la
soledad de la cocina, más cerca del suelo de lo habitual, empiezo a sospechar
que mis hijas mayores no quieren tener más hermanos.
PDT: Todo
lo que me pasa es verdad, desgraciadamente TODO, ya han pasado unas cuantas
horas y aún tengo el recuerdo muy vivo de ayer, pero muy vivo. Si algún
compañero del trabajo me ve haciendo sentadillas… Pues eso, que si lucha con
espadas, que se proteja la baja guardia.
Me partooooo!!!!
ResponderEliminarEn cuanto he leído "lucha de espadas", he pensado: uno de los 2 acabará llorando. Y conforme iba leyendo ya intuía quien y por qué iba a llorar...tengo una hermana pequeña. En cualquier juego la machacaba hasta q se le hinchaban las narices y zanjaba el asunto machacándo el "punto débil de todos los chicos"
ResponderEliminarHoy no puedo poner nada, las lágrimas de la risa no me dejan ver.
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