lunes, 27 de julio de 2015

Guerra psicológica: hijas 2 - padre 0

En la piscina, algún padre despistado baja la guardia y comete errores. Un error muy normal es hablar con tus hijas, bromear con ellas, o peor aún, tirarlas agua a la cara. Yo cometí todos esos errores, y encima con la mediana.

Estoy con las 2 mayores dentro de la piscina, con la grande estoy haciendo el burro, directamente. A la mediana no la hago nada, está aún con miedo al agua, se acaba de soltar a nadar. A la grande la tiro, la hago aguadillas, la mojo la cara cuando sale a respirar después de bucear, lo normal. En una de esas pasa la mediana por ahí, nadando a lo perrito, “sin querer” la mojo un poco la cara. Se agarra al bordillo, no dice nada, se levanta las gafas de bucear y me atraviesa con la mirada. Yo meto la cabeza debajo del agua. Ojos que no ven… Pasa el rato y todo sigue normal. No le doy más importancia.

Después de un buen rato nos vamos a secar, nos tumbamos en el césped, al lado de unos árboles. Todo está tranquilo, no hay más ruido que canto de los pájaros que están en el árbol. Cierro los ojos un rato, al cabo de los minutos veo que la mediana está apartada, muy seria.

—¿Qué te pasa cariño? ¿Estás cansada ¿Estás bien? ¿Te has enfadado conmigo?

—¿Tú qué crees?— Los pájaros salen volando del árbol. Como en las películas de terror, el ruido de sus alas rompe el silencio.

—Perdón. Ya lo siento. Era una broma.

Silencio.

—Anda, vente y te doy un abrazo.

Inmovilidad.

—Pues nada, no vengas. Eres una enfadica— mal hecho por mi parte.

—Pues tú tienes las tetas gordas— muy mal hecho por su parte.

No la digo nada. La miro, me doy la vuelta y me vuelvo a tumbar. Al rato viene, se pone delante de mi cara, muevo la cabeza, ella se vuelve a poner delante. Así estamos un rato.

—¿Qué haces?— La digo con un más que evidente tono de mosqueo.

—Antes me has dicho que viniese, me ibas a pedir perdón.

—Eso fue antes. Eres una enfadica.

—Es verdad, soy una enfadica. Y tú tienes las tetas gordas.

—Vale, hacemos las paces, ahora déjame un rato— como sigamos hablando, la niña termina en la piscina.

Estamos un rato con un silencio más que tenso. Los pájaros vuelven al árbol. Ahora toca volver a casa. Vamos en silencio, la mediana va sin camiseta, luciendo moreno, la mayor que va un poco por detrás, está agotada. La pequeña va muy muy por delante, corre se para y nos espera, cuando la alcanzamos vuelve a salir corriendo. Llegamos a casa, en un momento de descuido mental la dirijo la palabra a la mediana:

—¿Qué tienes ahí? ¿2 picaduras?— Le digo mientras le señalo el pecho. Es la típica broma inocente de padre, que se usa para rellenar algún silencio. Si Dios creó los silencios, por algo sería…

La niña se mira el pecho -os recuerdo que tiene 7 años, no utiliza la parte de arriba del bañador porque no le hace falta-, me mira el dedo, me mira a la cara. Yo me doy cuenta de mi error.

—Pues a ti te ha tenido que picar una abeja, tus “picaduras” del pecho son enormes. Y la de la tripa ya ni hablamos.

Yo sigo con el dedo apuntando, ahora mismo a la nada, hace unos instantes que se ha marchado la niña. Me lamento por haberle gastado la broma, se la tenía que haber hecho a la pequeña, a ella sí que le habría hecho gracia, y además me habría dado un abrazo con sonrisa.

Me giro, ya he bajado el dedo, tampoco hay que demostrar que me ha “dolido” el comentario. Ahí está la mediana, mirándome fijamente, desafiante en medio del pasillo, con los brazos en jarra. Empieza a dar pasos hacia atrás, muy lentamente. Me señala con un dedo y me dice:


—¿Ya sabes lo que es burlarse de la gente? Espero que aprendas la lección— sin dejar de andar hacia atrás, desaparece de mi vista. Yo no digo nada, a ver si la vuelvo a “provocar”. Todo esto me lo guardo, ya serás adolescente, ya te saldrán granos en la cara…

domingo, 19 de julio de 2015

Guerra psicológica: hijas 1 - padre 0

—¿Qué tienes 3 hijas? ¡Qué bueno! Ya verás lo bien que te cuidan cuando llegues a mayor. Además cuando tengan pareja, siempre “barren para casa”— esta frase que escucho una vez por semana, tiene las siguientes debilidades:

1ª Tengo que asumir que hasta que no sea mayor, o no me van a cuidar o directamente me van a torturar ¿No?

2ª Para que esa “máxima” se cumpla, antes tengo que llegar a mayor, que a este paso  no lo consigo, fijo que me explota la vejiga antes, esperando a que se abra la puerta del baño, como si lo viera.

3ª Vale, que mis hijas tengan pareja ya me repatea los “higadillos”, asumo que es ley de vida, como hacer la Renta, no mola, pero tendré que pasar por ahí. Ya tendría gracia que barran para casa. Por ahora me conformo con que barran en casa.

Pero tranquilos, que si llego a mayor será después de visitar a un psicólogo. Que últimamente me están haciendo otra vez la guerra psicológica, las batallas del coche son especialidad de la mediana:

—Papá ¿Estás seguro qué sabes llegar? Siempre te pierdes, además no preguntas.

—Oye guapa, que a este colegio os llevo todos los días. Desde hace 7 AÑOS.

—Seguro que pones el GPS. Así cualquiera. El otro día te perdiste.

—Oye que era un desvío por una obra en la calzada.

—Excusas— en este momento, me giro y la fulmino con la mirada. Ella sonríe, la mayor sonríe, la pequeña cantando. Miro a mi mujer esperando su mirada de apoyo. Está mirando por su ventana, pero en el reflejo del cristal veo la misma sonrisa que la que tiene la mediana.

En cambio, la especialidad de la mayor es cuestionar mis escasas habilidades:

—Papá ¿Puedes hacerme una trenza? No pasa nada cuando me la hagas mal, es para dormir. No se va a notar y nadie la va a ver.

—¿Te hago mal las trenzas? Primera noticia que tengo.

—Si prefieres, se lo pido a mamá— el tono de voz ya os lo podéis imaginar…

La pequeña, como es más pequeña, se conforma con humillar mi físico esférico:

Gracias papá, como sabes que me gusta Pepa Pig te has puesto gordo para parecerte a Papá Pig.


Lo de la tripa ya llega a la provocación física. Cada vez que hablan conmigo me tocan la tripa, muchas veces sin darse cuenta, como si yo fuese una embarazada y ahí dentro estuviese su futuro hermanito. Con mi suerte, seguro que sería otra niña…

martes, 14 de julio de 2015

Esta guerra la estoy perdiendo...

AVISO. Seguramente, más de una mujer que lea esta entrada se sentirá ofendida. No es mi intención. Únicamente me quiero desfogar en voz alta. Sé que soy el sexo débil y minoritario de mi casa. Me encantan mis hijas, no las cambiaría por nada del mundo. Después de mi mujer, son lo mejor que me han pasado en este mundo. Pero un hombre… Un hombre de vez en cuando necesita ver una peli en silencio, pegarse con un hijo sin que a la mínima le digan “qué no me dejas respirar”, darse un paseo en silencio. Poder decir “mira ese coche rojo tan bonito” y que al segundo no te contesten “es granate”…
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No sé si os habréis dado cuenta, pero si alguna vez hay una guerra entre hombres y mujeres, yo me voy a llevar todas las tortas. Es más, no sé si ya ha estallado esa guerra y soy el único en mi casa que no se ha enterado.

El otro día, en una celebración familiar, mi cuñada, entre risas me dice:

—Estoy con tus hijas, en un momento dado le pregunto a la mediana ¿Por qué le hacéis esas cosas a papá cuando está en el cuarto de baño?, la niña me responde –para chincharle, para reírnos un rato, pero es con cariño, le queremos. También le llamamos gordito, le tocamos la tripa, esas cosas.

Todos los que escuchan a mi cuñada se parten de risa, claro, como ellos no empiezan a tener un trauma cada vez que cierran la puerta del baño.

Esto de vivir con tanta mujer tiene su “gracia”. Cuando la mayor no era tan mayor, tendría unos 6 años, un buen día la estaba abrochando en el coche el cinturón de seguridad, la vi muy seria, con el gesto ceñudo, brazos cruzados, sin hablar.

—¿Cariño qué te pasa?— La pregunto mientras la doy un beso.

—Nada, tú sabrás.

En ese momento, me incorporo y salgo del coche. Mi mujer, que estaba fuera, me mira y muy preocupada me pregunta:

—¿Qué ha pasado? Parece que has visto un fantasma.

—Nada cariño, que ciertas cosas las lleváis en los genes…

—No lo entiendo.

—Pues ya somos dos— la digo mientras miro a través de la ventanilla a la niña enfurruñada.

Hay veces que entrar al salón en como entrar en un campo minado. Mi record de cagarla, es un día que hice un comentario en voz alta mientras veíamos la tele, no iba dirigido a nadie en concreto. Pero nada más soltarlo, empecé a ver como se formaba escarcha en las ventanas y como me salía vaho de la boca. Miré a mí alrededor y vi que todas mis mujeres me miraban con gesto serio y brazos cruzados. De la tontería que dije no me acuerdo, pero de la tensión glaciar que había en ese salón… Según lo escribo me entra otra vez el frio en el cuerpo. Hasta la pequeña, se enfadó conmigo, me da que no se enteró de lo que dije, pero por corporativismo vio que tocaba enfadarse conmigo. Menudo drama cada vez que me cruzaba con alguien por el pasillo, que no me dirigían la palabra. Así durante unas horas. De repente, todo cambio, como si allí no hubiese pasado nada. Por si las moscas, no volví abrir la boca…

También es “muy muy muy gracioso” cuando ves que todo el mundo está enfadado con todo el mundo. Yo no sé si la he “cagado” en algo o se han enfadado entre ellas. Por si las moscas, las voy preguntado una a una.

—¿Qué pasa cariño?

—Nada— me van contestando una a una. Como no las pasa nada, me cojo el Ipad yme voy a mi cuarto a encerrarme. A mí, seguro que no me pasa nada. Pero por si las moscas, no se lo digo.

Eso sí, también vivir con tanta mujer tiene sus ventajas. El otro día, mi esposa, se termina de vestir, y me pregunta:

¿Qué sandalia me queda mejor con la ropa?

Instintivamente miro la puerta, intento controlar el impulso de salir corriendo. Me doy cuenta que me da igual, cuanto antes me enfrente mejor. Agacho la cabeza y la miro los pies. Una es marrón y la otra blanca, dos sandalias, cada una en un píe, una en el izquierdo y la otra en el derecho.

Levanto la mirada en dirección a la cara de mi mujer, me voy fijando en la ropa que lleva puesta, el color. Miro si hay bolso, si hay bolso, la cosa se complica muchísimo. No hay pulsera ni colgante, esto facilita las cosas.

—Yo creo que la marrón.

—¿Estás seguro?— Me dice mi mujer, sonríe, como el gato que juega con el ratoncillo.

—Ehhhh ¿Sí?— Balbuceo mientras no dejo de mirarle los pies.

Ella suspira. Yo no, estoy intentando combinar colores en mi cabeza.

—¿Y por qué no preguntas a las niñas? Ellas entienden mejor de estas cosas— La mejor idea de mi vida, fijo.

—No es mala idea— antes de terminar la frase sale del cuarto, andando con un paso muy gracioso. Una sandalia tiene más plataforma que otra (sí, he dicho plataforma, al final se me ha quedado alguna idea en la cabeza).

Al minuto vuelve con la sandalia marrón en la mano.

Voy con la blanca, las niñas me han dicho que la flor de la sandalia pega con la camisa.


¿Pero hay una fl…?— Antes de cagarla salgo corriendo por la puerta.

lunes, 6 de julio de 2015

Me da que mi hija lee el blog

A mí me da que la mediana lee el blog, eso, o tiene muy mala leche. Lo del cuarto de baño, últimamente, es para ir a la comisaría y poner una denuncia.

El sábado pasado, después de gestionar los desayunos, aprovecho que están desayunado y voy al servicio, sé que van a estar por lo menos unos minutos entretenidas con la leche y las galletas, por lo menos las pequeñas, que la mayor sigue durmiendo.

Me meto en el cuartito, un minuto después (no exagero) está la mediana golpeando la puerta:

—¡Papá que no me aguanto!

—No te creo, no es normal hija. Que no me dejáis ni sentarme…

—¡Qué sí!

Me da igual, me hago el sordo y sigo con lo mío, tiene que aprender. A ver si voy a ser el único que se aguanta. 30 segundos después vuelven a golpear la puerta.

—¡Te he dicho que te esperes!

—Si soy la otra. Me estoy haciendo pis. No me aguanto más.

Me hago el sordo, tienen que aprender. 15 segundos después, dos niñas pequeñas se ponen a golpear la puerta.

—¡¡¡No nos aguantamos!!!

Lo dicho, tienen que aprender. Me doy prisa y me dispongo a salir. Ya saben perfectamente quien manda en el cuarto de baño. Ellas.

Abro la puerta y me encuentro a las dos pequeñas, con los pantalones en los tobillos empujándose para ver quién entra primero. Yo paso a su lado, no digo nada, que aprendan a gestionar un único cuarto de baño.

Ya por la tarde, aprovechando que todo el mundo está viendo la televisión, hago una escapadita al mismo sitio. Esta vez, a ver si puedo estar en paz y tranquilidad. Antes de entrar, compruebo que la mayor está echándose la siesta y que el resto está entretenidas con la tele.

Entro en el cuartito, no me llego a sentar y ya están golpeando la puerta. Abro la puerta, asomo la cabeza y no digo nada. Es la mediana, me sonríe, yo no la sonrío. Cierro la puerta, estoy harto. Vuelve a golpear la puerta, yo paso. Sigue golpeándola.

—¡¡¡Vale, ya salgo!!!

Salgo como un Miura en San Fermín nada más abrir los toriles. Espero encontrarme a la mediana en el pasillo, pero ahí no hay nadie. Miro a ambos lados del pasillo, pero nada. Entro al salón. Ahí está sentada tan campante. Como si llevase todo el rato sentada.

—¿Pero tú no tenías muchas ganas?

—Qué va, era para que te dieses prisa y no perdieses el tiempo.

La miro, me devuelve la mirada con esa sonrisa inocente que no se cree ni ella. No digo nada. Me doy la vuelta y me voy a la cama. Cierro la puerta, me tumbo en la cama, me tapo la cabeza con la almohada y grito con total paz…


—¡¡¡Y aún me queda toda la adolescencia!!!