A mí me da que la mediana lee el blog, eso, o tiene muy mala
leche. Lo del cuarto de baño, últimamente, es para ir a la comisaría y poner
una denuncia.
El sábado pasado, después de gestionar los desayunos,
aprovecho que están desayunado y voy al servicio, sé que van a estar por lo
menos unos minutos entretenidas con la leche y las galletas, por lo menos las
pequeñas, que la mayor sigue durmiendo.
Me meto en el cuartito, un minuto después (no exagero) está
la mediana golpeando la puerta:
—¡Papá que no me
aguanto!
—No te creo, no es
normal hija. Que no me dejáis ni sentarme…
—¡Qué sí!
Me da igual, me hago el sordo y sigo con lo mío, tiene que
aprender. A ver si voy a ser el único que se aguanta. 30 segundos después
vuelven a golpear la puerta.
—¡Te he dicho que te
esperes!
—Si soy la otra. Me
estoy haciendo pis. No me aguanto más.
Me hago el sordo, tienen que aprender. 15 segundos después,
dos niñas pequeñas se ponen a golpear la puerta.
—¡¡¡No nos
aguantamos!!!
Lo dicho, tienen que aprender. Me doy prisa y me dispongo a
salir. Ya saben perfectamente quien manda en el cuarto de baño. Ellas.
Abro la puerta y me encuentro a las dos pequeñas, con los pantalones
en los tobillos empujándose para ver quién entra primero. Yo paso a su lado, no
digo nada, que aprendan a gestionar un único cuarto de baño.
Ya por la tarde, aprovechando que todo el mundo está viendo
la televisión, hago una escapadita al mismo sitio. Esta vez, a ver si puedo
estar en paz y tranquilidad. Antes de entrar, compruebo que la mayor está
echándose la siesta y que el resto está entretenidas con la tele.
Entro en el cuartito, no me llego a sentar y ya están
golpeando la puerta. Abro la puerta, asomo la cabeza y no digo nada. Es la
mediana, me sonríe, yo no la sonrío. Cierro la puerta, estoy harto. Vuelve a
golpear la puerta, yo paso. Sigue golpeándola.
—¡¡¡Vale, ya salgo!!!
Salgo como un Miura en San Fermín nada más abrir los
toriles. Espero encontrarme a la mediana en el pasillo, pero ahí no hay nadie.
Miro a ambos lados del pasillo, pero nada. Entro al salón. Ahí está sentada tan
campante. Como si llevase todo el rato sentada.
—¿Pero tú no tenías
muchas ganas?
—Qué va, era para que
te dieses prisa y no perdieses el tiempo.
La miro, me devuelve la mirada con esa sonrisa inocente que
no se cree ni ella. No digo nada. Me doy la vuelta y me voy a la cama. Cierro
la puerta, me tumbo en la cama, me tapo la cabeza con la almohada y grito con total paz…
—¡¡¡Y aún me queda
toda la adolescencia!!!
Eso te pasa por procrear tanto! Yo espero tener menos problemas con sólo una..
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