lunes, 22 de junio de 2015

Creo que la he liado parda

Un día normal en el coche, bueno, normal no; no hemos tenido ni lloros, ni peleas, ni canciones eternas. Aparcar el coche tiene su ritual, las dos pequeñas tienen la mano en los enganches del seguro, mi mujer tres cuartos de lo mismo. La mayor, medio dormida, medio sobada no se entera que hemos llegado. Apago el motor del coche, suenan 3 clics simultáneos, mi mujer sale, abre la puerta a las niñas, la expectación atrás es la misma que en una barcaza de desembarco en Omaha Beach.

—Yo tengo que ir al baño— dice la primera según salta del coche, parece el grito de guerra de un paracaidista que se arroja del avión.

—¡No! Yo primero— grita la segunda. No va a ser menos que la primera.

Niñas, hoy os esperáis, que voy a ir yo antes— como lo ha dicho mi mujer, las niñas lo acatan sin rechistar, llego a decir eso yo mismo y a los 5 minutos estoy regando una maceta.

Yo no digo nada, escucho en silencio mientras zarandeo con mucho cariño y amor a la mayor.

Mi mujer abre el maletero y va repartiendo las mochilas del cole. Según las cogen, van corriendo al portal como mozos en San Fermín. La pequeña se encarama a la puerta y mientras  la abrimos, ella va con la puerta colgada cual muñeco de Garfield en una ventanilla.

Se abre la puerta del portal, la pequeña se suelta de la puerta y me agarra la mano, la mediana ya tiene que estar llamando al timbre de nuestra casa, el día que la abran menudo susto se va a llevar. La mayor, la mayor parece un sherpa con esa mochila a cuestas.

—¿Cariño pero no ibas a quitar cosas de la mochila?—Esta frase es “muy de padre”, pero ahora la entiendo.

Ya lo he hecho ¿No lo ves?— Esta frase es muy de hijo, ya no me acuerdo de cuando la entendía.

Según entramos en casa todo el mundo se desperdiga, nadie se acuerda que tenía que ir al servicio, bueno, yo sí. Me voy acercando como quién no quiere la cosa, poco a poco, dejando cosas en la habitación que corresponde, por disimular. Observando que todas mis mujeres estén ocupadas en otro menester. Y ¡ZAS! Entro en el cuarto y cierro. Política de hechos consumados.

—¿Pero quién ha entrado primero?— Dice mi mujer. Tengo que pensar rápido, algo que la convenza a ella y que no puedan utilizar en mí contra las niñas.

—Te he visto tan liada con los uniformes que he aprovechado. Tranquila que es un minuto— yo lo intento, a ver si cuela.

No escucho nada, creo que me he librado. De repente oigo unos pasos fuertes y decididos. No tengo ni idea quién será.

—¿Pero qué ha pasado aquí? ¿Quién se ha olvidado de la primera norma?— Quien habla es la mediana y mientras estoy a lo mío me pregunto ¿Qué primera norma?

—¡¡¡Las mujeres primero!!! ¡¡¡Las mujeres primero!!! ¡¡¡Las mujeres primero!!!— Mientras golpea la puerta, oigo como se hace el silencio en el resto de la casa. Escucho otros pasos, esta vez no son tan fuertes ni tan decididos, es más, son tacones. Es la pequeña.

—¿Qué pasa?— Pregunta a su hermana

—¡Qué papá se ha colado!

—¡¡¡Las mujeres primero!!! ¡¡¡Las mujeres primero!!! ¡¡¡Las mujeres primero!!!—Se ponen a gritar la mediana y la pequeña. Creo que es la micción más rara que he tenido en mucho tiempo.

Abro la puerta. Cuanto antes afronte el problema, mejor. Ahí están las dos revolucionarias con los brazos cruzados; la mediana con gesto serio, y la pequeña mirando a su hermana para ver qué cara tiene que poner. Mi mujer se asoma desde nuestro cuarto, la miro para pedir ayuda con la mirada.

Te lo has buscado tú solito— esta vez no me contesta con la mirada, me ha dejado solo ante el peligro.

Miro a mi hija mayor que se acerca para ver qué pasa. Ella me mira, se encoje de hombros, me hace una mueca y se marcha por donde ha venido. Estoy solo.

Paso entre las dos pequeñas, no las miro, pero oigo como se giran para seguirme con la mirada. Si hay contacto visual pierdo.


No ha sido para tanto, no he tardado nada. Además tengo prisa, que me voy al dentista— termino la frase y salgo por la puerta. No dejo que me contesten. Estoy deseando llegar a la consulta. Allí es todo paz y tranquilidad.

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