Un día normal en el coche, bueno, normal no; no hemos tenido
ni lloros, ni peleas, ni canciones eternas. Aparcar el coche tiene su ritual, las
dos pequeñas tienen la mano en los enganches del seguro, mi mujer tres cuartos
de lo mismo. La mayor, medio dormida, medio sobada no se entera que hemos
llegado. Apago el motor del coche, suenan 3 clics simultáneos, mi mujer sale,
abre la puerta a las niñas, la expectación atrás es la misma que en una barcaza
de desembarco en Omaha Beach.
—Yo tengo que ir al
baño— dice la primera según salta del coche, parece el grito de guerra de
un paracaidista que se arroja del avión.
—¡No! Yo primero— grita
la segunda. No va a ser menos que la primera.
—Niñas, hoy os esperáis,
que voy a ir yo antes— como lo ha dicho mi mujer, las niñas lo acatan sin
rechistar, llego a decir eso yo mismo y a los 5 minutos estoy regando una
maceta.
Yo no digo nada, escucho en silencio mientras zarandeo con
mucho cariño y amor a la mayor.
Mi mujer abre el maletero y va repartiendo las mochilas del
cole. Según las cogen, van corriendo al portal como mozos en San Fermín. La
pequeña se encarama a la puerta y mientras la abrimos, ella va con la puerta colgada cual
muñeco de Garfield en una ventanilla.
Se abre la puerta del portal, la pequeña se suelta de la
puerta y me agarra la mano, la mediana ya tiene que estar llamando al timbre de
nuestra casa, el día que la abran menudo susto se va a llevar. La mayor, la
mayor parece un sherpa con esa
mochila a cuestas.
—¿Cariño pero no ibas
a quitar cosas de la mochila?—Esta frase es “muy de padre”, pero ahora la
entiendo.
—Ya lo he hecho ¿No lo
ves?— Esta frase es muy de hijo, ya no me acuerdo de cuando la entendía.
Según entramos en casa todo el mundo se desperdiga, nadie se
acuerda que tenía que ir al servicio, bueno, yo sí. Me voy acercando como quién
no quiere la cosa, poco a poco, dejando cosas en la habitación que corresponde,
por disimular. Observando que todas mis mujeres estén ocupadas en otro
menester. Y ¡ZAS! Entro en el cuarto
y cierro. Política de hechos consumados.
—¿Pero quién ha
entrado primero?— Dice mi mujer. Tengo que pensar rápido, algo que la
convenza a ella y que no puedan utilizar en mí contra las niñas.
—Te he visto tan liada
con los uniformes que he aprovechado. Tranquila que es un minuto— yo lo
intento, a ver si cuela.
No escucho nada, creo que me he librado. De repente oigo
unos pasos fuertes y decididos. No tengo ni idea quién será.
—¿Pero qué ha pasado
aquí? ¿Quién se ha olvidado de la primera norma?— Quien habla es la mediana
y mientras estoy a lo mío me pregunto ¿Qué primera norma?
—¡¡¡Las mujeres primero!!!
¡¡¡Las mujeres primero!!! ¡¡¡Las mujeres primero!!!— Mientras golpea la
puerta, oigo como se hace el silencio en el resto de la casa. Escucho otros
pasos, esta vez no son tan fuertes ni tan decididos, es más, son tacones. Es la
pequeña.
—¿Qué pasa?—
Pregunta a su hermana
—¡Qué papá se ha
colado!
—¡¡¡Las mujeres primero!!!
¡¡¡Las mujeres primero!!! ¡¡¡Las mujeres primero!!!—Se ponen a gritar la
mediana y la pequeña. Creo que es la micción más rara que he tenido en mucho
tiempo.
Abro la puerta. Cuanto antes afronte el problema, mejor. Ahí
están las dos revolucionarias con los brazos cruzados; la mediana con gesto
serio, y la pequeña mirando a su hermana para ver qué cara tiene que poner. Mi
mujer se asoma desde nuestro cuarto, la miro para pedir ayuda con la mirada.
—Te lo has buscado tú
solito— esta vez no me contesta con la mirada, me ha dejado solo ante el
peligro.
Miro a mi hija mayor que se acerca para ver qué pasa. Ella
me mira, se encoje de hombros, me hace una mueca y se marcha por donde ha
venido. Estoy solo.
Paso entre las dos pequeñas, no las miro, pero oigo como se
giran para seguirme con la mirada. Si hay contacto visual pierdo.
—No ha sido para
tanto, no he tardado nada. Además tengo prisa, que me voy al dentista— termino
la frase y salgo por la puerta. No dejo que me contesten. Estoy deseando llegar
a la consulta. Allí es todo paz y tranquilidad.
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