Entra la luz por las rendijas que deja la persiana, la
penumbra muestra el vacío que ha dejado mi mujer en la cama, se ha levantado
pronto para andar un poco. Me giro y ocupo su lugar, aún está caliente, me tapo e intento dormir un poco más ¡Es sábado! El jaleo que ya se escucha en el salón indica que las pequeñas ya llevan un rato despiertas, intentan no
hacer ruido, pero es complicado, sobre todo cuando le han quitado a su madre
los zapatos y corretean por toda la casa con ellos puestos, el vecino de abajo
tiene que estar tan contento como yo.
—¡Quítate los zapatos!
¡Ya!— Intento gritar no muy alto.
—¡Vale papá!—me
miente la pequeña.
Silencio durante unos instantes, pero al minuto vuelve a
zapatear, ahora la niña va de puntillas. La mediana está jugando con una
pelota, no la bota para no molestar al vecino, la tengo bien enseñada, pero lo de molestar a su padre
no lo controla tan bien, sobre todo cuando utiliza la puerta de mi cuarto como
portería.
Me doy la vuelta, miro las líneas de luz que deja pasar la
persiana, afuera tiene que hacer un día genial, intento pensar qué hago hoy con las
niñas. Bom, bom, tac, tac, tac, tac, tac.
Me pongo de espaldas a la puerta, me envuelvo la cabeza en la almohada, cuando
me vuelva a cruzar con el vecino me será imposible mirarle a los ojos.
Se oye la puerta del cuarto de las niñas, entra la pequeña
taconeando, tira una cosa al suelo, vuelve a salir y cierra la puerta, al
minuto se abre otra vez la puerta de su cuarto, debe ser la mayor que ya la han
despertado. Se escuchan sus pesados pasos que se dirigen
al cuarto de baño; entra cierra la puerta sin ninguna delicadeza, hace lo que tenga que hacer, ruido de la cadena, abre la puerta con menos delicadeza y va al salón, el sofá se
lamenta cuando se lanza sobre él. Esta es mi oportunidad, de un brinco
me levanto, abro la puerta, asomo un poco la cabeza para no llevarme un
pelotazo.
—Buenos días niñas,
ahora os preparo el desayuno ¿Alguna tiene que ir al cuarto de baño?
—No, gracias— me
dice la mediana.
—Yo quiero leche,
leche con Cola Cao, mucho Cola Cao, Como así de Cola Cao. También quiero
galletas, un paquete, aplastaditas, así de aplastaditas, y un zumo, y un batido
de chocolate, y un vaso de leche con Cola Cao, así de Cola Cao, con muchas
galletas. Mejor no, quiero magdalenas ¿Hay magdalenas? Me gustan mucho papá.
¿Te he dicho que quiero Cola Cao?
—Si hija, me los has
dicho— no he podido de dejar de mirar sus manos en toda la explicación. Se
han movido más que su lengua, y mira que era complicado.
—Bueno cariño, entro
al servicio y os lo pongo. ¿Seguro que nadie tiene que entrar?— Esto último
lo digo mirando a la mediana. Nadie contesta.
Cierro la puerta, es la única puerta que tiene cerrojo en la
casa. Bendito cerrojo, lo echo. Este gesto me convierte en un hombre libre,
curiosa contradicción. Me siento, miro a mi alrededor, queda por poner la
lavadora de blanco, limpiar el cuartito, la cocina, los cuartos, dejo de
pensar, es sábado. Hakuna Matata.
Toc, toc, toc,
suenan unos golpecitos en la puerta, por la suavidad intuyo que es la pequeña.
Mejor no contestar, hay veces que funciona. Bom,
eso debe ser una "patadita" a la puerta.
—Papá, sé que estás
ahí. Que quiero leche con Cola Cao, así de Cola Cao, quiero galletas, así de
galletas. ¿Hay magdalenas?
—Sí cariño, en cuanto
salga te lo pongo— compruebo que esté el pestillo echado. Toda precaución
es poca.
Escucho el taconeo que me indica que se aleja de la puerta,
intento relajarme un poco. Cojo el bote de champú, a ver si han metido algún
químico nuevo. ¡Bom!
—¡Papá tengo que
entrar! ¡No me aguanto!
—¿¡Pero si os he
preguntado!?
—Ya pero me acaban de
entrar las ganas, de repente— la mediana siempre me hace lo mismo, y yo
siempre pico. La tía pone una voz de pena… Y cuando abro la puerta está con las
piernas cruzadas, temblando. Alguna vez la he pillado una sonrisa mientras
cerraba la puerta después de echarme.
—Ya termino...
Toc, toc, toc.
—Papá, quiero leche
con Cola Cao, ¿Quedan magdalenas? Pero quiero galletas, así de galletas— madre
mía, que no se cansa la pequeña.
—¿Pero no te das
cuenta que no te ve? Que está dentro con la puerta cerrada— la mediana es
todo sentido común.
—¿Hay magdalenas?—
y la pequeña es todo constancia.
Se escuchan los pesados pasos de la mayor.
—¿Pero qué pasa aquí?
—¡¡¡Que me hago pis!!!
—Quiero leche con
galletas y así de Cola Cao.
—Me da igual, daros
prisa que tengo entrar yo— contesta la mayor.
—¿Pero si acabas de
salir?— Le recrimina la mediana.
—Ya, pero tengo que
hacer otra cosa.
—¡¡¡¿¿¿Papá, te queda
mucho???!!!— dicen las 3 al unísono.
Lo doy por imposible, estoy por bajarme al bar cuando llegue
mi mujer. ¿Y si me voy a comprar tabaco? No fumo, pero nunca es tarde para
empezar.
Termino, me lavo las manos a toda prisa, tiro de la cadena.
Abro la puerta, allí están; primero la pequeña, haciendo el gesto de cuanto
quiere de Cola Cao. Detrás la mediana, pegada a la pared, con las piernas
cruzadas, temblando, mirándome con carita de “Gato con botas”. A su lado, la mayor, en actitud pasota, con las
manos en las caderas y recriminándome con la mirada todo lo que he montado.
Decidido, me voy al bar, a por tabaco, ya veré si empiezo a
fumar.
Nunca es tarde para empezar a fumar
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