lunes, 8 de junio de 2015

La mañana del sábado

Entra la luz por las rendijas que deja la persiana, la penumbra muestra el vacío que ha dejado mi mujer en la cama, se ha levantado pronto para andar un poco. Me giro y ocupo su lugar, aún está caliente, me tapo e intento dormir un poco más ¡Es sábado! El jaleo que ya se escucha en el salón indica que las pequeñas ya llevan un rato despiertas, intentan no hacer ruido, pero es complicado, sobre todo cuando le han quitado a su madre los zapatos y corretean por toda la casa con ellos puestos, el vecino de abajo tiene que estar tan contento como yo.

—¡Quítate los zapatos! ¡Ya!— Intento gritar no muy alto.

—¡Vale papá!—me miente la pequeña.

Silencio durante unos instantes, pero al minuto vuelve a zapatear, ahora la niña va de puntillas. La mediana está jugando con una pelota, no la bota para no molestar al vecino, la tengo bien enseñada, pero lo de molestar a su padre no lo controla tan bien, sobre todo cuando utiliza la puerta de mi cuarto como portería.

Me doy la vuelta, miro las líneas de luz que deja pasar la persiana, afuera tiene que hacer un día genial, intento pensar qué hago hoy con las niñas. Bom, bom, tac, tac, tac, tac, tac. Me pongo de espaldas a la puerta, me envuelvo la cabeza en la almohada, cuando me vuelva a cruzar con el vecino me será imposible mirarle a los ojos.

Se oye la puerta del cuarto de las niñas, entra la pequeña taconeando, tira una cosa al suelo, vuelve a salir y cierra la puerta, al minuto se abre otra vez la puerta de su cuarto, debe ser la mayor que ya la han despertado. Se escuchan sus pesados pasos que se dirigen al cuarto de baño; entra cierra la puerta sin ninguna delicadeza, hace lo que tenga que hacer, ruido de la cadena, abre la puerta con menos delicadeza y va al salón, el sofá se lamenta cuando se lanza sobre él. Esta es mi oportunidad, de un brinco me levanto, abro la puerta, asomo un poco la cabeza para no llevarme un pelotazo.

—Buenos días niñas, ahora os preparo el desayuno ¿Alguna tiene que ir al cuarto de baño?

—No, gracias— me dice la mediana.

—Yo quiero leche, leche con Cola Cao, mucho Cola Cao, Como así de Cola Cao. También quiero galletas, un paquete, aplastaditas, así de aplastaditas, y un zumo, y un batido de chocolate, y un vaso de leche con Cola Cao, así de Cola Cao, con muchas galletas. Mejor no, quiero magdalenas ¿Hay magdalenas? Me gustan mucho papá. ¿Te he dicho que quiero Cola Cao?

—Si hija, me los has dicho— no he podido de dejar de mirar sus manos en toda la explicación. Se han movido más que su lengua, y mira que era complicado.

—Bueno cariño, entro al servicio y os lo pongo. ¿Seguro que nadie tiene que entrar?— Esto último lo digo mirando a la mediana. Nadie contesta.

Cierro la puerta, es la única puerta que tiene cerrojo en la casa. Bendito cerrojo, lo echo. Este gesto me convierte en un hombre libre, curiosa contradicción. Me siento, miro a mi alrededor, queda por poner la lavadora de blanco, limpiar el cuartito, la cocina, los cuartos, dejo de pensar, es sábado. Hakuna Matata.

Toc, toc, toc, suenan unos golpecitos en la puerta, por la suavidad intuyo que es la pequeña. Mejor no contestar, hay veces que funciona. Bom, eso debe ser una "patadita" a la puerta.

—Papá, sé que estás ahí. Que quiero leche con Cola Cao, así de Cola Cao, quiero galletas, así de galletas. ¿Hay magdalenas?

—Sí cariño, en cuanto salga te lo pongo— compruebo que esté el pestillo echado. Toda precaución es poca.

Escucho el taconeo que me indica que se aleja de la puerta, intento relajarme un poco. Cojo el bote de champú, a ver si han metido algún químico nuevo. ¡Bom!

—¡Papá tengo que entrar! ¡No me aguanto!

—¿¡Pero si os he preguntado!?

—Ya pero me acaban de entrar las ganas, de repente— la mediana siempre me hace lo mismo, y yo siempre pico. La tía pone una voz de pena… Y cuando abro la puerta está con las piernas cruzadas, temblando. Alguna vez la he pillado una sonrisa mientras cerraba la puerta después de echarme.

—Ya termino...

Toc, toc, toc.

—Papá, quiero leche con Cola Cao, ¿Quedan magdalenas? Pero quiero galletas, así de galletas— madre mía, que no se cansa la pequeña.

—¿Pero no te das cuenta que no te ve? Que está dentro con la puerta cerrada— la mediana es todo sentido común.

—¿Hay magdalenas?— y la pequeña es todo constancia.

Se escuchan los pesados pasos de la mayor.

—¿Pero qué pasa aquí?

—¡¡¡Que me hago pis!!!

—Quiero leche con galletas y así de Cola Cao.

—Me da igual, daros prisa que tengo entrar yo— contesta la mayor.

—¿Pero si acabas de salir?— Le recrimina la mediana.

—Ya, pero tengo que hacer otra cosa.

—¡¡¡¿¿¿Papá, te queda mucho???!!!— dicen las 3 al unísono.

Lo doy por imposible, estoy por bajarme al bar cuando llegue mi mujer. ¿Y si me voy a comprar tabaco? No fumo, pero nunca es tarde para empezar.

Termino, me lavo las manos a toda prisa, tiro de la cadena. Abro la puerta, allí están; primero la pequeña, haciendo el gesto de cuanto quiere de Cola Cao. Detrás la mediana, pegada a la pared, con las piernas cruzadas, temblando, mirándome con carita de “Gato con botas”. A su lado, la mayor, en actitud pasota, con las manos en las caderas y recriminándome con la mirada todo lo que he montado.


Decidido, me voy al bar, a por tabaco, ya veré si empiezo a fumar.

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