“Si no lo puedes catar, es mejor no mirar”. Como no puedo
comer fresas (por culpa de la alergia) decidí auto-exiliarme a mi cuarto durante el postre, tocaban fresas con nata. Ya es duro no comerlas, como para ver como mis mujeres se repartían mi ración. Hay que reconocer que estaba muy tranquilo, tenía el iPad, una partida de ajedrez en la que estaba ganando y un yogurt con sabor a nada. De repente un grito me llega del salón.
—¡Se ha caído! ¡Se ha caído! ¡Ven corriendo papá!
Un instante y medio después, estaba en el salón con el
corazón en la boca y un susto tamaño “Puerta de Alcalá”.
—¿Qué pasa? ¿Quién se ha caído?— Miro a mi mujer con cara
susto, ella me mira con cara divertida y señala a la de 6 años.
—Mi diente ¿Qué iba a ser? Mira que he intentado arrancármelo, al final lo ha hecho una fresa. ¿A qué es gracioso?
Miro a la mediana, tenía un diente en la mano y una sonrisa
mellada que indicaba que la próxima sopa iba a ser divertida.
—Pues esta noche vendrá el Ratoncito Pérez— dice mi mujer.
Me habría encantado haber dicho aquella fase, pero estaba intentando situar mi
corazón en su lugar.
Al cabo de las horas, me encuentro a solas con la mellada,
estamos frente al espejo del cuarto de baño, la estoy cepillando el pelo
después de la ducha:
—Papá ¿Tú cuánto dinero crees que me traerá el ratoncito?
—No sé hija.
—Di una cantidad, a ver quién gana.
—Vale, quien acierte se queda el dinero— miro su cara en el
espejo; primero es de asombro, después ve
el reflejo de mi sonrisa y se relajan sus facciones, sonríe, muestra sus dientes y sus “antes
había dientes”.
—¡Pero qué dices! ¡Sólo es para ver quien acierta!
—Pues nada, yo digo que 2 euros.
—Yo digo que un billete de 5 euros— esta niña se piensa que
el Ratoncito Pérez está montado en el dólar, digo en el euro.
—Creo que es mucho. Pero veamos quien gana.
Después de la cena, de cepillarse los dientes y de terminar
de recoger los juguetes, se van a la cama. Pasaba algo raro, hay más calma de
la habitual. Aparezco por su cuarto y veo que la mellada se ha metido en la
cama un órgano Casio de “segunda generación” (segunda generación porque ha
pasado de padres a hijos). Encima del teclado está el pequeño baúl azul que
custodia el diente.
—¿Y esto?— Sinceramente no entiendo nada. Desde la litera de
arriba comenta la de 9 años.
—Es una trampa para pillar al Ratoncito Pérez.
—Es fácil papá— la mellada ha visto mi cara y se propone
centrarme un poco las ideas —el Ratoncito viene a coger el diente, pisa las
teclas y suena el piano, lo he puesto alto para que nos despierte a las 3.
—Eso, eso, vamos a ver al Ratoncito— dice la de 4 con una
ilusión preocupante, de esas que no la dejan dormir en una hora.
—No es por nada hijas, pero el trabajo del Ratoncito es un
poco estresante; tiene que entrar en un cuarto con 3 niñas, tiene que moverse sin
hacer ruido, después tiene que subirse a tu cama, buscar tu diente, que no siempre
está en un sitio evidente. Si encima le pones una trampa, me da que le da un
“jamacuco” y no volverá más. No es por nada, pero yo me pongo en la posición
del Ratoncito y estaría muy preocupado.
—¡Eso no! ¡Qué aún no me ha traído nada a mí!— dice la de 4
desde su cama.
—¿Os parece que apague el piano?
—Vale— dicen la de 4 y la de 6. La de 9 no dice nada, para
los dientes de leche que le quedan…
Apago el órgano y me voy a planchar pensando que el
Ratoncito me debe una y 2 euros.


