lunes, 23 de febrero de 2015

¡Qué se ha caído!

“Si no lo puedes catar, es mejor no mirar”. Como no puedo comer fresas (por culpa de la alergia) decidí auto-exiliarme a mi cuarto durante el postre, tocaban fresas con nata. Ya es duro no comerlas, como para ver como mis mujeres se repartían mi ración. Hay que reconocer que estaba muy tranquilo, tenía el iPad, una partida de ajedrez en la que estaba ganando y un yogurt con sabor a nada. De repente un grito me llega del salón.
—¡Se ha caído! ¡Se ha caído! ¡Ven corriendo papá!
Un instante y medio después, estaba en el salón con el corazón en la boca y un susto tamaño “Puerta de Alcalá”.
—¿Qué pasa? ¿Quién se ha caído?— Miro a mi mujer con cara susto, ella me mira con cara divertida y señala a la de 6 años.
—Mi diente ¿Qué iba a ser? Mira que he intentado arrancármelo, al final lo ha hecho una fresa. ¿A qué es gracioso?
Miro a la mediana, tenía un diente en la mano y una sonrisa mellada que indicaba que la próxima sopa iba a ser divertida.
—Pues esta noche vendrá el Ratoncito Pérez— dice mi mujer. Me habría encantado haber dicho aquella fase, pero estaba intentando situar mi corazón en su lugar.
Al cabo de las horas, me encuentro a solas con la mellada, estamos frente al espejo del cuarto de baño, la estoy cepillando el pelo después de la ducha:
—Papá ¿Tú cuánto dinero crees que me traerá el ratoncito?
—No sé hija.
—Di una cantidad, a ver quién gana.
—Vale, quien acierte se queda el dinero— miro su cara en el espejo; primero es de asombro, después ve  el reflejo de mi sonrisa y se relajan sus facciones, sonríe, muestra sus dientes y sus “antes había dientes”.
—¡Pero qué dices! ¡Sólo es para ver quien acierta!
—Pues nada, yo digo que 2 euros.
—Yo digo que un billete de 5 euros— esta niña se piensa que el Ratoncito Pérez está montado en el dólar, digo en el euro.
—Creo que es mucho. Pero veamos quien gana.
Después de la cena, de cepillarse los dientes y de terminar de recoger los juguetes, se van a la cama. Pasaba algo raro, hay más calma de la habitual. Aparezco por su cuarto y veo que la mellada se ha metido en la cama un órgano Casio de “segunda generación” (segunda generación porque ha pasado de padres a hijos). Encima del teclado está el pequeño baúl azul que custodia el diente.
—¿Y esto?— Sinceramente no entiendo nada. Desde la litera de arriba comenta la de 9 años.
—Es una trampa para pillar al Ratoncito Pérez.
—Es fácil papá— la mellada ha visto mi cara y se propone centrarme un poco las ideas —el Ratoncito viene a coger el diente, pisa las teclas y suena el piano, lo he puesto alto para que nos despierte a las 3.
—Eso, eso, vamos a ver al Ratoncito— dice la de 4 con una ilusión preocupante, de esas que no la dejan dormir en una hora.
—No es por nada hijas, pero el trabajo del Ratoncito es un poco estresante; tiene que entrar en un cuarto con 3 niñas, tiene que moverse sin hacer ruido, después tiene que subirse a tu cama, buscar tu diente, que no siempre está en un sitio evidente. Si encima le pones una trampa, me da que le da un “jamacuco” y no volverá más. No es por nada, pero yo me pongo en la posición del Ratoncito y estaría muy preocupado.
—¡Eso no! ¡Qué aún no me ha traído nada a mí!— dice la de 4 desde su cama.
—¿Os parece que apague el piano?
—Vale— dicen la de 4 y la de 6. La de 9 no dice nada, para los dientes de leche que le quedan…

Apago el órgano y me voy a planchar pensando que el Ratoncito me debe una y 2 euros.

1 comentario:

  1. Muy bien JP hoy no has perdido. Estoy muy orgullosa de ti. Progresas adecuadamente.

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