martes, 20 de octubre de 2015

Domingo por la mañana


Domingo por la mañana, lo reconozco, me acosté tarde echándome una partida a la Play, una partida muy larga. Toca despertarse, vamos a ir todos a misa y después desayunamos en una cafetería.

Mi mujer ya lleva un rato despierta, ya está vestida y está organizando el jaleo mañanero. Yo estoy despierto pero con los ojos cerrados, por eso de la molesta claridad…

—¡Vestiros por favor! ¡Termina de desayunar! ¡Recoge eso!— Oigo a mi mujer decir en el salón.

—¿Y papá?— Pregunta la mediana sin ninguna doble intención...

—Anda, no me…

—¿Mamá por qué papá se puede despertar tarde y yo no?— Dice la mayor muy indignada, si por ella fuese se habría despertado el lunes por la tarde.

—¿Mamá estoy guapa?— Dice la pequeña con una energía desbordante. Esta se despierta ya a tope.

—Anda, pregúntale a tu padre y así lo despiertas de paso— el tono de mi mujer denota fatiga y eso que por decirlo así, aún no ha empezado el día.

Menos de un segundo después se abre la puerta, por la luz que entra del pasillo se dibuja la silueta de una niña de 5 años, bueno una niña o un león pequeño, menudas melenas. Por lo que se ve se ha vuelto a hacer una “sesión de peinado”.

—¿Papá estoy guapa? ¿Estoy guapa? Dice mamá que ya es hora de levantarse, que has dormido mucho, que me prepares el desayuno y que me compres algo a la salida de misa.

—Buenos días cariño, te he oído ha…

—¡Buenos días papa! ¿Estoy guapa?

—Sí cariño, mucho, pero ahora te peino de verdad, o por lo menos lo intento. ¿Me dejas terminar? Te he oído hablar con mamá y no te ha dicho eso— después de escuchar el “sí cariño”, la niña ya había desaparecido, por lo que se ve, lo que dije después del “sí cariño” fue durante mi parpadeo de ojos y esto me impidió ver como la niña desaparecía del cuarto en absoluto silencio.

Me levanto, y salgo a la tranquilidad del salón; la pequeña se está “peinando” aún más. La mediana está negociando con mi mujer la ropa que ponerse, ella es partidaria de ir en pantalón corto, mi mujer de pantalón largo, por eso de estar en invierno. La mayor, en el cuarto de baño, cambiándose. Como he sido lento, me toca esperar, y mucho…

Después de la típica lucha mañanera, conseguimos salir con tiempo de sobra,  con la pequeña peinada, con la mediana vestida de invierno y con la mayor ofendida por esa distinción padre/hija a la hora de levantarse.

Después de una misa más o menos tranquila, de un desayuno familiar, con lectura del periódico incluido y de disfrutar de un agradable paseo, toca comprar. Sí, es domingo, pero se le ha roto a la mediana los zapatos y el único sitio abierto que los venden es el Carrefour.

Yo cuando era pequeño, no entendía a Don Pantuflo, el padre de Zipi y Zape, pero ahora, ahora me veo absolutamente identificado con su drama a la hora de comprar zapatos.

Dejo a mi mujer y a la pequeña en casa y me voy con las dos mayores a comprar. A la que se va por zapatos, al final se termina comprando de todo un poco. En la sección refrigerada tengo a cada niña revisando una sección diferente, yo estoy un poco más alejado, con los quesos concretamente.

—¡Papá sé un buen padre!— Me grita la mediana desde la otra punta del pasillo, os recuerdo que estamos en el Carrefour, con eso pasillos tan largos…

Antes de mirarla, me dedico a mirar a la gente que hay en el pasillo, por eso de la custodia paternal que a este paso voy a perder. Como me temía todo el mundo está mirando a la niña he intentado localizar al padre de la misma.

—¡Papá sé un buena padre!— Sigue gritando la niña mientras me enseña un fuet.

Dejo el queso en su sitio y me voy corriendo antes de que llame la atención de los de seguridad.

—Papá sé un buen padre y cómpranos fuet— la iba a regañar por el numerito que ha montado; pero como lo ha hecho sin darse cuenta, me ha puesto cara de “soy buena” mientras abraza el fuet, y como el fuet está rico, al final no la regaño y termina el fuet en el carro.

El resto de la compra ha sido tranquila, muy tranquila. Pagamos, y al salir, pasamos por la tienda de mascotas, parada obligatoria.

—¿Papá cuando nos vas a comprar 2 hámster?— Preguntan a coro.

—Cuando seáis más ordenadas. Por cierto creo que dos hámster no van a ser buena idea, a mi compañero del trabajo se le murió la serpiente y entonces no podremos darle las crías.

—¿Para qué quería tu compañero las crías?— Pregunta inocentemente la mediana.

—¿Para qué va a ser? Para dárselas de comer a la serpiente.

—¿Pero a ti qué te pasa? ¿Qué locura es esa? ¿Y tus sentimientos?— Me regaña en voz alta. Otra vez la gente se gira para ver a la niña y al padre de la niña

—Papá, podríamos comprar 2 hembras, además se iban a llevar mejor—  dice la mayor muy seria. La miro, veo que lo dice en serio y por tanto no veo procedente gastar ninguna broma sobre encerrar a dos hembras en la misma jaula, por eso y porque estoy en minoría…

—Pues no es mala idea, lo haremos así, pero como sigáis a este paso, mi compañero del trabajo se vuelve a comprar otra serpiente…


Miro el reloj, las 12.30, no está mal. A este paso me puedo echar la siesta y todo…

viernes, 2 de octubre de 2015

La mayor está perdida ¿La mediana también?


Tengo que reconocer que con la mayor apenas tengo problemas últimamente, está en la fase en la que ignora, y cuando no me ignora, me evita. Por tanto no hay muchos motivos de confrontación ¿O sí?

Cuando se acuerda de mí, tiemblo de verdad. Esta las “tira a dar”. Por ejemplo, están las dos mayores hablando de quién es mejor jugando en la Play, están hablando entre ellas, yo estoy cerca, haciendo como que no estoy atento. Mejor saber por dónde me van a atacar.

—Pues yo soy mejor— dice con razón la mayor.

—Ya, pero papá sí que es el mejor en la Play— la mediana últimamente está muy cariñosa conmigo. Mola.

Puede ser, no diré que no. Pero el otro día le gané jugando al ajedrez, le machaque jugando al fútbol y encima hace meses le dejé 50€ para la reparación de la caldera, y aún no me los ha devuelto— según decía esto, me buscaba con la mirada, pero yo ya no estaba allí, estaré “gordito” pero se me da bien desaparecer cuando la situación lo requiere.

Estuve un rato “desaparecido” pero no lo suficiente. En un momento me tuve que dar un paseo con la mayor para hacer unas gestiones, nos ponemos a hablar de la vida, de los encargos, etc.

—Oye, podemos hacer un trato, si haces estas cosas bien y me echas una mano, te doy un euro por ellas ¿Te parece?— Le digo medio broma, medio en serio.

—Muy bien, pero “esos” euros no reducen la deuda de los 50€, es un dinero diferente. Que te voy conociendo— me dice sin mirarme.

—Oye, mejor lo dejamos, yo en este ambiente de desconfianza no puedo cerrar ningún trato— le digo mientras entramos en casa, no la dejo ni contestar y vuelvo a desaparecer, le estoy cogiendo el truco a esto.

Ya por la noche, toca cepillar los pelos, esta vez me pide ayuda ¿Sería una excusa? La diferencia frente a otras veces, es que también estaba la mediana. Esta estaba sentada, escuchando la conversación que teníamos la mayor y yo. La conversación era tranquila e inocua, las mejores, fijo que salía escaldado de ella. En un momento dado, nos interrumpe y me pregunta:

—Entonces papá ¿Podemos ir a casa de la tía?— Pregunta sencilla, fijo que no hay problemas.

—No veo ningún problema, claro que sí— contesto, ante todo seguridad, además era sencilla la respuesta.

¿Seguro? ¿No tienes que preguntar a mamá si podemos ir?— Pregunta la mayor, con ese tono que todos conocemos, ese tono que indica que no tenía que haberla dejado con la palabra en la boca antes… Me mira a través del reflejo del espejo con sus ojos color chocolate. Chocolate fuerte, que tienen un brillo de desafío…

Cierro la puerta del cuarto de baño. No me gusta por donde va la conversación, a ver si me van a oír el resto de mujeres…

No. No le pregunto todo a mamá— fijo que las he convencido.

—Es verdad, hay veces que no pregunta. Por ejemplo cuando… Seguro que no pregunta siempre, ahora no tengo ningún ejemplo— la mediana le ha puesto intención ¡Pero mira qué guapa es!

—¿Lo ves?— Digo sin darme cuenta que la he “cagao”, acabo de demostrar un punto débil. La mayor ya está perdida, ya me ha “calao”. Miro a la mediana, intentar buscar en sus ojos esa ingenuidad que dan los 7 años, esperando que no se haya dado cuenta. Tarde, ha visto por donde atacarme en un futuro. Me sonríe con inocencia, pero ese brillo gatuno en los ojos…

—Serán las excepciones ¿Qué queremos jugar a la Play? Preguntas ¿Qué queremos ver la tele? Preguntas ¿Qué querem…? ¡¡¡Ay!!!

—Perdona cariño, se me ha enganchado el cepillo en el pelo. Menudo tirón tonto que te he dado. Ya lo siento…— Le digo mientras la miro por el espejo con cara compungida.

¿Qué queremos…? ¡¡¡Ay!!! ¡¡¡Lo estás haciendo aposta!!!

—¿Yoooo? qué va— mientas los digo, miro a la mediana, no ha dejado de mirarme ni un solo momento, no ha dejado de aprender. Miedo me da dentro de 2 años…


Por cierto, no pregunto todo a mi mujer, la mayor es una exagerada…

martes, 15 de septiembre de 2015

Tirón de pelos


Tres hijas y una esposa, esto hace cuatro mujeres. Cuatro mujeres con sus correspondientes pelos largos. Estos pelos, en muchos casos necesitan gomas y horquillas para ser sujetados. Eso hacen muchas gomas y muchas horquillas ¿Veis por dónde voy? ¿Sabéis la de cepillos que hay en mi casa? Por supuesto, todas las niñas tienes cepillos anti-tirones, ya hemos probado unas cuantas marcas y modelos. Tiene su complejidad ese mundillo.

¿Sabéis qué cuando cambia el tiempo el pelo se cae? ¿Sabéis lo que es un cambio de estación en mi casa?

Tengo gomas del pelo en la palanca de las marchas del coche. Casi siempre tengo una goma en una muñeca, me las quito cuando mis compañeros me miran más las manos que la cara. En cada habitación de mi casa hay por lo menos una goma en el suelo, como las colillas de cigarrillo en las viñetas de Mortadelo y Filemón.

Y no quiero hablar de cuando tengo que desatascar algún desagüe. El otro día había un ewok en el lavabo y la semana pasada me encontré atascado en la ducha a Chewbacca.

Cuando saco la ropa de la lavadora, siempre cae una bola de pelo y se pone rodar por el suelo como un estepicursor de una película del oeste.

Eso sí, tanto pelo largo tiene sus ventajas, el cepillado del pelo me permite pasar tiempo con mis hijas, con mi mujer no tanto, dice que no se fía de mis dotes como peluquero, no entiendo el motivo.

El otro día, la mayor me pidió ayuda, quería que la cepillase el pelo, yo fui raudo y veloz, con una sonrisa en la cara. Lo digo en serio. Me puse cepillo a la obra, esto siempre me permite hablar a solas con las niñas:

—Oye cariño, ahora que no nos escucha la mediana, el próximo día limpia tú el cuarto de baño. La mediana no lo ha dejado muy fino que se diga— le digo a la mayor mientras escruto con la mirada el lavabo, las niñas ya me ayudan con la casa, la mayor siempre se encarga del cuarto de baño, pero el último día lo hizo la mediana, decía que estaba cansada de la cocina.

—¡Es la primera vez que lo hago, tendré que aprender!— Me dice la mediana desde su habitación, tenía la puerta cerrada…

—Madre mía que oído tiene, alucinante, además está con el iPad. Menudo cuidado tengo que tener— digo mucho más bajo a la mayor.
—¡Somos mujeres, tenemos buen oído!— Me vuelve a decir la mediana, sigue en su habitación, con el iPad y con la puerta cerrada.

—Además podemos hacer dos cosas a la vez— me dice la mayor. Paro de cepillarla, miro su reflejo en el espejo. Su sonrisa pícara me desafía, sus grandes ojos marrones me dicen que no me lo va a poner fácil.

—¿Tú sabes qué esos son tonterías? Los hombres podemos hacer 2 cosas a la vez, igual que las mujeres.

—No es cierto, los niños no pueden escribir y atender a la vez en clase, las niñas sí. Somos mejores en todo.

—¿Qué decías? Perdóname que estaba cepillándote el pelo.

Me da un codazo, flojo pero un codazo. A modo de advertencia.

—¡Era broma! Cariño, eso no es así. Los hombres y las mujeres somos iguales. En alguna cosa, alguno puede tener alguna ventaja. Si piensas, seguro que ves algo en lo que los hombres destacamos un poco más.

Se hace el silencio, la miro mientras veo que se pone a devanarse la cabeza. Pasa un bueno rato…

Pues no caigo, de verdad, iba a decir que el conducir, pero casi todas las mujeres conducen mejor que tú— me dice con toda sinceridad.

—Hacéis pis por la cola— dice la mediana. Sigue con el iPad, con la puerta cerrada y en su habitación.

La mayor se parte de risa, yo también me rio, por lo bajo. Mi mujer que está en el salón, con la puerta cerrada y leyendo, también se ríe, pero ellas a carcajadas.


—Hacer pis de píe sólo tiene ventajas— termina por rematar la mediana. No la digo nada, tiene toda la razón.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Fin de las vacaciones, viaje de vuelta

Viajar con cuatro mujeres tiene su emoción, mis errores se tienen que reducir a cero. Si me pierdo o me confundo estoy acabado. Si me quedase algo de reputación al volante, la perdería al instante.

Para volver a casa después de las vacaciones, decidimos salir después de desayunar. Las niñas son mayores y no tienen que dar mucha guerra. Ilusos que somos.

Nos montamos, dejamos a mano un aperitivo para cuando pique el hambre, coloco el móvil en el soporte, no pongo la aplicación del GPS y arranco el coche.

—Papá no has puesto el programa de la flecha (se refiere al navegador). Tienes que ponerlo, no sabes volver a casa— la mediana no me perdona ni una.

—Sí que sé. No te preocupes, voy a echar gasolina y lo pongo allí— busco con mi mirada el apoyo de mi mujer. Ella se hace la remolona, está mirando por la ventanilla, el reflejo del cristal me muestra su sonrisa. La toco el brazo.

—Sí tranquila, que papá sabe llegar a casa— dice al final mi mujer.

—Gracias cariño, un poco más de convicción y casi me lo creo— le digo entre susurros.

—¡¡¡Tengo hambre!!!— grita la pequeña

—Pero si acabas de desayunar. Espera un rato— digo agradeciendo el cambio de conversación.

—¿Me podéis dejar dormir?— Es la mayor, a ver si la siguen las otras dos.

A los pocos minutos llego a la gasolinera, echo la gasolina y pongo el GPS. No va, instintivamente miro por el retrovisor, ahí están los ojos de la mediana, no se despegan del GPS, la niña está preocupada. Miro a mi mujer, no despega los ojos del GPS, mi mujer también está preocupada.

—Madre mía, que poca confianza. Que sé ir— digo mientras voy conduciendo.

En cada semáforo voy intentando que el GPS funcione, me aparece el diálogo de hacer fotografías, estoy alucinando, esto no me lo ha hecho en la vida, reinicio el móvil. Ya me he quedado sin semáforos y hay que decidirse por una salida; derecha o izquierda, sólo una de ellas de ellas es la correcta. Y sí, no tengo ni la más remota idea de cuál coger.

Cojo a la izquierda. Al minuto, me doy cuenta que no es la salida. El GPS se conecta por fin, pero el muy g******s me indica que estoy en Barcelona en vez de en Murcia.

—Gire en la glorieta a la derecha— dice la amable voz femenina del móvil. Me apunto mentalmente cambiarla por la voz de Paco, así cuando me diga que no es por ahí, por lo menos que sea con voz masculina. Sí, estoy un poco susceptible con este tema

—¡¡¡Tengo hambre!!!— grita la pequeña

—¿Cariño seguro qué es por aquí? No hay ninguna glorieta— ya he consumido el cupo de confianza de mi mujer para todo el viaje.

—Creo que me he confundido, me paro y pongo bien el GPS— iba a mentir, pero no me veía capaz de aguantar una bronca cuádruple.

Paro el coche y me pongo con el GPS, al cabo de los minutos me doy cuenta que el soporte está pulsando el botón para hacer fotografías, por eso no funciona.

—¡Qué gracioso, estaba pulsado el botón de las fotos!— Un vistazo rápido me muestra que al único que le ha hecho gracia es a mí, y tampoco.

—¡¡¡Tengo hambre!!!— grita la pequeña

Al final funciona, deshago el camino andado y cojo la salida correcta. No han sido más de diez minutos. Pero se me han hecho eternos.

—Ya está. Ya vamos por el buen camino— digo en un vano intento de relajar un poco el ambiente.

—Lo veis, no sabía ir a casa— ahí está la mediana, ya la echaba en falta.

—Hija, tenías toda la razón— ahí está mi mujer.

—¡¡¡Tengo hambre!!!— Ahí está la pequeña

—Por favor. ¡Espera un rato!— Lo siento, no podía más.

50 minutos de coche sin grandes contratiempos: un par de peleas, un par de lloros por terminar las vacaciones, un par de ¡¡¡Tengo Hambre!!! Otro par de ¡¡¡Dejarme dormir!!!. En un momento dado sólo puedo hacer una cosa.

—Anda abrir las galletitas saladas— mano de santo, sin niñas, por lo menos durante 2 minutos que duran las galletitas.

Hicimos la parada reglamentaria, reanudamos y las mismas discusiones. Al final no se ha dormido nadie. Así hasta que llegamos a Toledo.

—Ya estamos en Toledo, es la provincia limítrofe de Madrid. Ya no queda nada— digo por sacar un tema de conversación que no tenga que ver con sueño, hambre o perderse.

—Toledo, poner el alma en el ruedo. Toledo poner el alma en el ruedo—  se pone a cantar la pequeña a lo Chayanne.


Después de otro buen rato llegamos a casa. A volver a comenzar con el día a día, con la canción de Torero de Chayanne metida en la cabeza. Y no sé el motivo…

sábado, 8 de agosto de 2015

Cerrado por vacaciones

Queridos amigos, mi familia y yo estamos de vacaciones,por eso no voy a meter ninguna entrada nueva hasta septiembre.

Todos mis esfuerzos se van a orientar en pasar lo más desapercibido posible, eso e intentar atrincherarme en el WC.

lunes, 27 de julio de 2015

Guerra psicológica: hijas 2 - padre 0

En la piscina, algún padre despistado baja la guardia y comete errores. Un error muy normal es hablar con tus hijas, bromear con ellas, o peor aún, tirarlas agua a la cara. Yo cometí todos esos errores, y encima con la mediana.

Estoy con las 2 mayores dentro de la piscina, con la grande estoy haciendo el burro, directamente. A la mediana no la hago nada, está aún con miedo al agua, se acaba de soltar a nadar. A la grande la tiro, la hago aguadillas, la mojo la cara cuando sale a respirar después de bucear, lo normal. En una de esas pasa la mediana por ahí, nadando a lo perrito, “sin querer” la mojo un poco la cara. Se agarra al bordillo, no dice nada, se levanta las gafas de bucear y me atraviesa con la mirada. Yo meto la cabeza debajo del agua. Ojos que no ven… Pasa el rato y todo sigue normal. No le doy más importancia.

Después de un buen rato nos vamos a secar, nos tumbamos en el césped, al lado de unos árboles. Todo está tranquilo, no hay más ruido que canto de los pájaros que están en el árbol. Cierro los ojos un rato, al cabo de los minutos veo que la mediana está apartada, muy seria.

—¿Qué te pasa cariño? ¿Estás cansada ¿Estás bien? ¿Te has enfadado conmigo?

—¿Tú qué crees?— Los pájaros salen volando del árbol. Como en las películas de terror, el ruido de sus alas rompe el silencio.

—Perdón. Ya lo siento. Era una broma.

Silencio.

—Anda, vente y te doy un abrazo.

Inmovilidad.

—Pues nada, no vengas. Eres una enfadica— mal hecho por mi parte.

—Pues tú tienes las tetas gordas— muy mal hecho por su parte.

No la digo nada. La miro, me doy la vuelta y me vuelvo a tumbar. Al rato viene, se pone delante de mi cara, muevo la cabeza, ella se vuelve a poner delante. Así estamos un rato.

—¿Qué haces?— La digo con un más que evidente tono de mosqueo.

—Antes me has dicho que viniese, me ibas a pedir perdón.

—Eso fue antes. Eres una enfadica.

—Es verdad, soy una enfadica. Y tú tienes las tetas gordas.

—Vale, hacemos las paces, ahora déjame un rato— como sigamos hablando, la niña termina en la piscina.

Estamos un rato con un silencio más que tenso. Los pájaros vuelven al árbol. Ahora toca volver a casa. Vamos en silencio, la mediana va sin camiseta, luciendo moreno, la mayor que va un poco por detrás, está agotada. La pequeña va muy muy por delante, corre se para y nos espera, cuando la alcanzamos vuelve a salir corriendo. Llegamos a casa, en un momento de descuido mental la dirijo la palabra a la mediana:

—¿Qué tienes ahí? ¿2 picaduras?— Le digo mientras le señalo el pecho. Es la típica broma inocente de padre, que se usa para rellenar algún silencio. Si Dios creó los silencios, por algo sería…

La niña se mira el pecho -os recuerdo que tiene 7 años, no utiliza la parte de arriba del bañador porque no le hace falta-, me mira el dedo, me mira a la cara. Yo me doy cuenta de mi error.

—Pues a ti te ha tenido que picar una abeja, tus “picaduras” del pecho son enormes. Y la de la tripa ya ni hablamos.

Yo sigo con el dedo apuntando, ahora mismo a la nada, hace unos instantes que se ha marchado la niña. Me lamento por haberle gastado la broma, se la tenía que haber hecho a la pequeña, a ella sí que le habría hecho gracia, y además me habría dado un abrazo con sonrisa.

Me giro, ya he bajado el dedo, tampoco hay que demostrar que me ha “dolido” el comentario. Ahí está la mediana, mirándome fijamente, desafiante en medio del pasillo, con los brazos en jarra. Empieza a dar pasos hacia atrás, muy lentamente. Me señala con un dedo y me dice:


—¿Ya sabes lo que es burlarse de la gente? Espero que aprendas la lección— sin dejar de andar hacia atrás, desaparece de mi vista. Yo no digo nada, a ver si la vuelvo a “provocar”. Todo esto me lo guardo, ya serás adolescente, ya te saldrán granos en la cara…

domingo, 19 de julio de 2015

Guerra psicológica: hijas 1 - padre 0

—¿Qué tienes 3 hijas? ¡Qué bueno! Ya verás lo bien que te cuidan cuando llegues a mayor. Además cuando tengan pareja, siempre “barren para casa”— esta frase que escucho una vez por semana, tiene las siguientes debilidades:

1ª Tengo que asumir que hasta que no sea mayor, o no me van a cuidar o directamente me van a torturar ¿No?

2ª Para que esa “máxima” se cumpla, antes tengo que llegar a mayor, que a este paso  no lo consigo, fijo que me explota la vejiga antes, esperando a que se abra la puerta del baño, como si lo viera.

3ª Vale, que mis hijas tengan pareja ya me repatea los “higadillos”, asumo que es ley de vida, como hacer la Renta, no mola, pero tendré que pasar por ahí. Ya tendría gracia que barran para casa. Por ahora me conformo con que barran en casa.

Pero tranquilos, que si llego a mayor será después de visitar a un psicólogo. Que últimamente me están haciendo otra vez la guerra psicológica, las batallas del coche son especialidad de la mediana:

—Papá ¿Estás seguro qué sabes llegar? Siempre te pierdes, además no preguntas.

—Oye guapa, que a este colegio os llevo todos los días. Desde hace 7 AÑOS.

—Seguro que pones el GPS. Así cualquiera. El otro día te perdiste.

—Oye que era un desvío por una obra en la calzada.

—Excusas— en este momento, me giro y la fulmino con la mirada. Ella sonríe, la mayor sonríe, la pequeña cantando. Miro a mi mujer esperando su mirada de apoyo. Está mirando por su ventana, pero en el reflejo del cristal veo la misma sonrisa que la que tiene la mediana.

En cambio, la especialidad de la mayor es cuestionar mis escasas habilidades:

—Papá ¿Puedes hacerme una trenza? No pasa nada cuando me la hagas mal, es para dormir. No se va a notar y nadie la va a ver.

—¿Te hago mal las trenzas? Primera noticia que tengo.

—Si prefieres, se lo pido a mamá— el tono de voz ya os lo podéis imaginar…

La pequeña, como es más pequeña, se conforma con humillar mi físico esférico:

Gracias papá, como sabes que me gusta Pepa Pig te has puesto gordo para parecerte a Papá Pig.


Lo de la tripa ya llega a la provocación física. Cada vez que hablan conmigo me tocan la tripa, muchas veces sin darse cuenta, como si yo fuese una embarazada y ahí dentro estuviese su futuro hermanito. Con mi suerte, seguro que sería otra niña…

martes, 14 de julio de 2015

Esta guerra la estoy perdiendo...

AVISO. Seguramente, más de una mujer que lea esta entrada se sentirá ofendida. No es mi intención. Únicamente me quiero desfogar en voz alta. Sé que soy el sexo débil y minoritario de mi casa. Me encantan mis hijas, no las cambiaría por nada del mundo. Después de mi mujer, son lo mejor que me han pasado en este mundo. Pero un hombre… Un hombre de vez en cuando necesita ver una peli en silencio, pegarse con un hijo sin que a la mínima le digan “qué no me dejas respirar”, darse un paseo en silencio. Poder decir “mira ese coche rojo tan bonito” y que al segundo no te contesten “es granate”…
___________________________________________________________________________

No sé si os habréis dado cuenta, pero si alguna vez hay una guerra entre hombres y mujeres, yo me voy a llevar todas las tortas. Es más, no sé si ya ha estallado esa guerra y soy el único en mi casa que no se ha enterado.

El otro día, en una celebración familiar, mi cuñada, entre risas me dice:

—Estoy con tus hijas, en un momento dado le pregunto a la mediana ¿Por qué le hacéis esas cosas a papá cuando está en el cuarto de baño?, la niña me responde –para chincharle, para reírnos un rato, pero es con cariño, le queremos. También le llamamos gordito, le tocamos la tripa, esas cosas.

Todos los que escuchan a mi cuñada se parten de risa, claro, como ellos no empiezan a tener un trauma cada vez que cierran la puerta del baño.

Esto de vivir con tanta mujer tiene su “gracia”. Cuando la mayor no era tan mayor, tendría unos 6 años, un buen día la estaba abrochando en el coche el cinturón de seguridad, la vi muy seria, con el gesto ceñudo, brazos cruzados, sin hablar.

—¿Cariño qué te pasa?— La pregunto mientras la doy un beso.

—Nada, tú sabrás.

En ese momento, me incorporo y salgo del coche. Mi mujer, que estaba fuera, me mira y muy preocupada me pregunta:

—¿Qué ha pasado? Parece que has visto un fantasma.

—Nada cariño, que ciertas cosas las lleváis en los genes…

—No lo entiendo.

—Pues ya somos dos— la digo mientras miro a través de la ventanilla a la niña enfurruñada.

Hay veces que entrar al salón en como entrar en un campo minado. Mi record de cagarla, es un día que hice un comentario en voz alta mientras veíamos la tele, no iba dirigido a nadie en concreto. Pero nada más soltarlo, empecé a ver como se formaba escarcha en las ventanas y como me salía vaho de la boca. Miré a mí alrededor y vi que todas mis mujeres me miraban con gesto serio y brazos cruzados. De la tontería que dije no me acuerdo, pero de la tensión glaciar que había en ese salón… Según lo escribo me entra otra vez el frio en el cuerpo. Hasta la pequeña, se enfadó conmigo, me da que no se enteró de lo que dije, pero por corporativismo vio que tocaba enfadarse conmigo. Menudo drama cada vez que me cruzaba con alguien por el pasillo, que no me dirigían la palabra. Así durante unas horas. De repente, todo cambio, como si allí no hubiese pasado nada. Por si las moscas, no volví abrir la boca…

También es “muy muy muy gracioso” cuando ves que todo el mundo está enfadado con todo el mundo. Yo no sé si la he “cagado” en algo o se han enfadado entre ellas. Por si las moscas, las voy preguntado una a una.

—¿Qué pasa cariño?

—Nada— me van contestando una a una. Como no las pasa nada, me cojo el Ipad yme voy a mi cuarto a encerrarme. A mí, seguro que no me pasa nada. Pero por si las moscas, no se lo digo.

Eso sí, también vivir con tanta mujer tiene sus ventajas. El otro día, mi esposa, se termina de vestir, y me pregunta:

¿Qué sandalia me queda mejor con la ropa?

Instintivamente miro la puerta, intento controlar el impulso de salir corriendo. Me doy cuenta que me da igual, cuanto antes me enfrente mejor. Agacho la cabeza y la miro los pies. Una es marrón y la otra blanca, dos sandalias, cada una en un píe, una en el izquierdo y la otra en el derecho.

Levanto la mirada en dirección a la cara de mi mujer, me voy fijando en la ropa que lleva puesta, el color. Miro si hay bolso, si hay bolso, la cosa se complica muchísimo. No hay pulsera ni colgante, esto facilita las cosas.

—Yo creo que la marrón.

—¿Estás seguro?— Me dice mi mujer, sonríe, como el gato que juega con el ratoncillo.

—Ehhhh ¿Sí?— Balbuceo mientras no dejo de mirarle los pies.

Ella suspira. Yo no, estoy intentando combinar colores en mi cabeza.

—¿Y por qué no preguntas a las niñas? Ellas entienden mejor de estas cosas— La mejor idea de mi vida, fijo.

—No es mala idea— antes de terminar la frase sale del cuarto, andando con un paso muy gracioso. Una sandalia tiene más plataforma que otra (sí, he dicho plataforma, al final se me ha quedado alguna idea en la cabeza).

Al minuto vuelve con la sandalia marrón en la mano.

Voy con la blanca, las niñas me han dicho que la flor de la sandalia pega con la camisa.


¿Pero hay una fl…?— Antes de cagarla salgo corriendo por la puerta.

lunes, 6 de julio de 2015

Me da que mi hija lee el blog

A mí me da que la mediana lee el blog, eso, o tiene muy mala leche. Lo del cuarto de baño, últimamente, es para ir a la comisaría y poner una denuncia.

El sábado pasado, después de gestionar los desayunos, aprovecho que están desayunado y voy al servicio, sé que van a estar por lo menos unos minutos entretenidas con la leche y las galletas, por lo menos las pequeñas, que la mayor sigue durmiendo.

Me meto en el cuartito, un minuto después (no exagero) está la mediana golpeando la puerta:

—¡Papá que no me aguanto!

—No te creo, no es normal hija. Que no me dejáis ni sentarme…

—¡Qué sí!

Me da igual, me hago el sordo y sigo con lo mío, tiene que aprender. A ver si voy a ser el único que se aguanta. 30 segundos después vuelven a golpear la puerta.

—¡Te he dicho que te esperes!

—Si soy la otra. Me estoy haciendo pis. No me aguanto más.

Me hago el sordo, tienen que aprender. 15 segundos después, dos niñas pequeñas se ponen a golpear la puerta.

—¡¡¡No nos aguantamos!!!

Lo dicho, tienen que aprender. Me doy prisa y me dispongo a salir. Ya saben perfectamente quien manda en el cuarto de baño. Ellas.

Abro la puerta y me encuentro a las dos pequeñas, con los pantalones en los tobillos empujándose para ver quién entra primero. Yo paso a su lado, no digo nada, que aprendan a gestionar un único cuarto de baño.

Ya por la tarde, aprovechando que todo el mundo está viendo la televisión, hago una escapadita al mismo sitio. Esta vez, a ver si puedo estar en paz y tranquilidad. Antes de entrar, compruebo que la mayor está echándose la siesta y que el resto está entretenidas con la tele.

Entro en el cuartito, no me llego a sentar y ya están golpeando la puerta. Abro la puerta, asomo la cabeza y no digo nada. Es la mediana, me sonríe, yo no la sonrío. Cierro la puerta, estoy harto. Vuelve a golpear la puerta, yo paso. Sigue golpeándola.

—¡¡¡Vale, ya salgo!!!

Salgo como un Miura en San Fermín nada más abrir los toriles. Espero encontrarme a la mediana en el pasillo, pero ahí no hay nadie. Miro a ambos lados del pasillo, pero nada. Entro al salón. Ahí está sentada tan campante. Como si llevase todo el rato sentada.

—¿Pero tú no tenías muchas ganas?

—Qué va, era para que te dieses prisa y no perdieses el tiempo.

La miro, me devuelve la mirada con esa sonrisa inocente que no se cree ni ella. No digo nada. Me doy la vuelta y me voy a la cama. Cierro la puerta, me tumbo en la cama, me tapo la cabeza con la almohada y grito con total paz…


—¡¡¡Y aún me queda toda la adolescencia!!!

lunes, 22 de junio de 2015

Creo que la he liado parda

Un día normal en el coche, bueno, normal no; no hemos tenido ni lloros, ni peleas, ni canciones eternas. Aparcar el coche tiene su ritual, las dos pequeñas tienen la mano en los enganches del seguro, mi mujer tres cuartos de lo mismo. La mayor, medio dormida, medio sobada no se entera que hemos llegado. Apago el motor del coche, suenan 3 clics simultáneos, mi mujer sale, abre la puerta a las niñas, la expectación atrás es la misma que en una barcaza de desembarco en Omaha Beach.

—Yo tengo que ir al baño— dice la primera según salta del coche, parece el grito de guerra de un paracaidista que se arroja del avión.

—¡No! Yo primero— grita la segunda. No va a ser menos que la primera.

Niñas, hoy os esperáis, que voy a ir yo antes— como lo ha dicho mi mujer, las niñas lo acatan sin rechistar, llego a decir eso yo mismo y a los 5 minutos estoy regando una maceta.

Yo no digo nada, escucho en silencio mientras zarandeo con mucho cariño y amor a la mayor.

Mi mujer abre el maletero y va repartiendo las mochilas del cole. Según las cogen, van corriendo al portal como mozos en San Fermín. La pequeña se encarama a la puerta y mientras  la abrimos, ella va con la puerta colgada cual muñeco de Garfield en una ventanilla.

Se abre la puerta del portal, la pequeña se suelta de la puerta y me agarra la mano, la mediana ya tiene que estar llamando al timbre de nuestra casa, el día que la abran menudo susto se va a llevar. La mayor, la mayor parece un sherpa con esa mochila a cuestas.

—¿Cariño pero no ibas a quitar cosas de la mochila?—Esta frase es “muy de padre”, pero ahora la entiendo.

Ya lo he hecho ¿No lo ves?— Esta frase es muy de hijo, ya no me acuerdo de cuando la entendía.

Según entramos en casa todo el mundo se desperdiga, nadie se acuerda que tenía que ir al servicio, bueno, yo sí. Me voy acercando como quién no quiere la cosa, poco a poco, dejando cosas en la habitación que corresponde, por disimular. Observando que todas mis mujeres estén ocupadas en otro menester. Y ¡ZAS! Entro en el cuarto y cierro. Política de hechos consumados.

—¿Pero quién ha entrado primero?— Dice mi mujer. Tengo que pensar rápido, algo que la convenza a ella y que no puedan utilizar en mí contra las niñas.

—Te he visto tan liada con los uniformes que he aprovechado. Tranquila que es un minuto— yo lo intento, a ver si cuela.

No escucho nada, creo que me he librado. De repente oigo unos pasos fuertes y decididos. No tengo ni idea quién será.

—¿Pero qué ha pasado aquí? ¿Quién se ha olvidado de la primera norma?— Quien habla es la mediana y mientras estoy a lo mío me pregunto ¿Qué primera norma?

—¡¡¡Las mujeres primero!!! ¡¡¡Las mujeres primero!!! ¡¡¡Las mujeres primero!!!— Mientras golpea la puerta, oigo como se hace el silencio en el resto de la casa. Escucho otros pasos, esta vez no son tan fuertes ni tan decididos, es más, son tacones. Es la pequeña.

—¿Qué pasa?— Pregunta a su hermana

—¡Qué papá se ha colado!

—¡¡¡Las mujeres primero!!! ¡¡¡Las mujeres primero!!! ¡¡¡Las mujeres primero!!!—Se ponen a gritar la mediana y la pequeña. Creo que es la micción más rara que he tenido en mucho tiempo.

Abro la puerta. Cuanto antes afronte el problema, mejor. Ahí están las dos revolucionarias con los brazos cruzados; la mediana con gesto serio, y la pequeña mirando a su hermana para ver qué cara tiene que poner. Mi mujer se asoma desde nuestro cuarto, la miro para pedir ayuda con la mirada.

Te lo has buscado tú solito— esta vez no me contesta con la mirada, me ha dejado solo ante el peligro.

Miro a mi hija mayor que se acerca para ver qué pasa. Ella me mira, se encoje de hombros, me hace una mueca y se marcha por donde ha venido. Estoy solo.

Paso entre las dos pequeñas, no las miro, pero oigo como se giran para seguirme con la mirada. Si hay contacto visual pierdo.


No ha sido para tanto, no he tardado nada. Además tengo prisa, que me voy al dentista— termino la frase y salgo por la puerta. No dejo que me contesten. Estoy deseando llegar a la consulta. Allí es todo paz y tranquilidad.

martes, 16 de junio de 2015

Duelo en el coche...


—¿Os puedo leer unas adivinanzas?

—Claro hija, ahora mismo quito esta canción que me encanta— antes de terminar la frase apago la radio, un poco de paz social en el coche bien vale una canción que te pone los pelos de punta.

Empieza a leer, la adivinanza es muy fácil, antes de que termine de leer contesto. También contesta mi mujer, por lo que se ve ha sido un empate. Miro a mi mujer, me devuelve la mirada, reto aceptado.

—¡Otra!— decimos al unísono.

La mediana sonríe, no se esperaba esta respuesta por nuestra parte. La mayor, se espabila un poco, esta medio sobada, medio dormida. La pequeña deja de jugar a cortar papelitos y viendo que puede ser el centro de atención dice:

—¡Os voy a cantar cinco canciones!

Mi mujer y yo volvemos a mirarnos, ponemos los ojos en blanco, ya sabemos cómo empiezan las canciones de la pequeña, nunca sabemos cómo terminan, una canción puede durar 45 minutos.

—Vale hija, pero mientras tú hermana que siga con las adivinanzas.

—A ver la siguiente— dice la mediana mientras selecciona una de ellas de su libro.

—Os voy a cantar la del caballo azul, empieza así ♪♫♪♫♪♫Un caballito azulito que va por el campoooo♪♫♪♫♪♫. No esperar, que no era azul, pero sí iba en el campo. Os la voy a cantar otra vez.

Mientras la pequeña “canta”, la mediana nos lee la siguiente adivinanza. Vuelve a ser fácil y mi mujer y yo volvemos a empatar. Otro cruce de miradas. Madre mía, no puedo perder.

—¡Siguiente!— Decimos a la vez.
♪♫♪♫♪♫El caballito verde se perdioooooooooo en el bosque grandeeeeeee, se encontró una vaca azul♪♫♪♫♪♫ perdón, no es azul era marrón. Vuelvo a empezar.

A la pobre nadie la escucha, estamos en medio del pique. La grande se vuelve a dormir, no todos los días se ve un pique entre papá y mamá, pero para ver el pique no le compensa escuchar las canciones de la pequeña.

La nueva adivinanza es más complicada, ni mi mujer ni yo hemos contestado, nos lanzamos miradas de tanteo. En un momento dado nos encojemos de hombros.

—¡Siguiente!— Miro a la mediana por el retrovisor, se ha dado cuenta que tiene que leer bien, esto va en serio. Mi mujer, baja su quita sol, mira por el espejito a la niña. Tensión al máximo.

♪♫♪♫♪♫El pajarito amarillo se posóóóóóó en la rama del perallllll♪♫♪♫♪♫— ni idea de si es la misma canción del principio.

La mediana lee alto y claro. En esta adivinanza contesto un pelín más rápido que mi mujer.

—¡¡¡He ganado!!!— digo como un crío, no miro a mi mujer, tampoco es cuestión de tentar a la suerte.

—¡Pero si hemos contestado a la vez! ¿A qué si hija?— Dice mi mujer mirándome, sigo sin tentar a la suerte. No cruzo las miradas.

Se hace el silencio, la mediana se oculta detrás del libro, la mayor se duerme más, si eso es posible, y la pequeña, la pequeña sigue cantando pero mirando por la ventana.

♪♫♪♫♪♫El cerdo rosaaaaaaaaaaaaaaa, habla con el caballo verde y le dice….♪♫♪♫♪♫

—Pero si he ganado yo, está muy claro— digo con cierta indignación. Sinceramente, he contestado antes.

—Te equivocas, y lo sabes— miro a mi mujer, sus ojos claros me fulminan con la mirada. Mejor miro a la carretera…

—No pasa nada, en casa esto se soluciona. Juego con papá a peleas, si el me gana, gana él, si gano yo, gana mamá— la mediana no da puntada sin hilo.

Sí claro, a mí no me parece justo— dice mi mujer.

—Pues me parece muy correcto— esto lo digo sin mirar a mi mujer, tengo una sonrisa que no me entra en la cara.

Al rato llegamos a casa. Estoy entre agotado y muerto en vida, mientras se ponen los pijamas me tumbo un rato en la cama, por eso de estirar las piernas.  Unos segundos después aparece la mediana, se tira encima de mí al grito “¡¡¡PELEAAAAA!!!” es imposible hacerla entrar en razones y por eso la hago llave “inmovilizadora” la dejo atrapada las piernas y brazos con mis piernas, esto me permite estar tumbado “tranquilo” un minuto más o menos, cuando se consigue liberar volvemos empezar con el forcejeo. En un momento dado le digo:

—Cariño, vamos a dejarlo, estoy agotado.

—¿Eso significa que he ganado?

—Claro que sí— nunca me he dejado ganar una pelea, pero hoy estoy muy cansado.

Se va corriendo a la cocina, allí está mi mujer (no os asustéis, está fumando, al llegar a casa descansamos todos).

—¡Mamá que has ganado! Que he ganado a papá en las peleas— acabo de caer, madre mía que error he cometido, por una vez que la dejo ganar.

Oigo como mi mujer viene hacia el cuarto, creo que es la primera vez en años de casados que deja el cigarro a la mitad, se asoma por la puerta del cuarto, no dice nada, pero me mira con una sonrisa que no le entra en su preciosa cara, detrás suya está la mediana, con otra sonrisa que no le entra en la cara. En medio de ellas dos aparece la pequeña, lleva el iPad en la mano, se dirige a su cuarto:


♪♫♪♫♪♫El burro morado le dice al cocodrilo, holaaaaaaaaaa♪♫♪♫♪♫

lunes, 8 de junio de 2015

La mañana del sábado

Entra la luz por las rendijas que deja la persiana, la penumbra muestra el vacío que ha dejado mi mujer en la cama, se ha levantado pronto para andar un poco. Me giro y ocupo su lugar, aún está caliente, me tapo e intento dormir un poco más ¡Es sábado! El jaleo que ya se escucha en el salón indica que las pequeñas ya llevan un rato despiertas, intentan no hacer ruido, pero es complicado, sobre todo cuando le han quitado a su madre los zapatos y corretean por toda la casa con ellos puestos, el vecino de abajo tiene que estar tan contento como yo.

—¡Quítate los zapatos! ¡Ya!— Intento gritar no muy alto.

—¡Vale papá!—me miente la pequeña.

Silencio durante unos instantes, pero al minuto vuelve a zapatear, ahora la niña va de puntillas. La mediana está jugando con una pelota, no la bota para no molestar al vecino, la tengo bien enseñada, pero lo de molestar a su padre no lo controla tan bien, sobre todo cuando utiliza la puerta de mi cuarto como portería.

Me doy la vuelta, miro las líneas de luz que deja pasar la persiana, afuera tiene que hacer un día genial, intento pensar qué hago hoy con las niñas. Bom, bom, tac, tac, tac, tac, tac. Me pongo de espaldas a la puerta, me envuelvo la cabeza en la almohada, cuando me vuelva a cruzar con el vecino me será imposible mirarle a los ojos.

Se oye la puerta del cuarto de las niñas, entra la pequeña taconeando, tira una cosa al suelo, vuelve a salir y cierra la puerta, al minuto se abre otra vez la puerta de su cuarto, debe ser la mayor que ya la han despertado. Se escuchan sus pesados pasos que se dirigen al cuarto de baño; entra cierra la puerta sin ninguna delicadeza, hace lo que tenga que hacer, ruido de la cadena, abre la puerta con menos delicadeza y va al salón, el sofá se lamenta cuando se lanza sobre él. Esta es mi oportunidad, de un brinco me levanto, abro la puerta, asomo un poco la cabeza para no llevarme un pelotazo.

—Buenos días niñas, ahora os preparo el desayuno ¿Alguna tiene que ir al cuarto de baño?

—No, gracias— me dice la mediana.

—Yo quiero leche, leche con Cola Cao, mucho Cola Cao, Como así de Cola Cao. También quiero galletas, un paquete, aplastaditas, así de aplastaditas, y un zumo, y un batido de chocolate, y un vaso de leche con Cola Cao, así de Cola Cao, con muchas galletas. Mejor no, quiero magdalenas ¿Hay magdalenas? Me gustan mucho papá. ¿Te he dicho que quiero Cola Cao?

—Si hija, me los has dicho— no he podido de dejar de mirar sus manos en toda la explicación. Se han movido más que su lengua, y mira que era complicado.

—Bueno cariño, entro al servicio y os lo pongo. ¿Seguro que nadie tiene que entrar?— Esto último lo digo mirando a la mediana. Nadie contesta.

Cierro la puerta, es la única puerta que tiene cerrojo en la casa. Bendito cerrojo, lo echo. Este gesto me convierte en un hombre libre, curiosa contradicción. Me siento, miro a mi alrededor, queda por poner la lavadora de blanco, limpiar el cuartito, la cocina, los cuartos, dejo de pensar, es sábado. Hakuna Matata.

Toc, toc, toc, suenan unos golpecitos en la puerta, por la suavidad intuyo que es la pequeña. Mejor no contestar, hay veces que funciona. Bom, eso debe ser una "patadita" a la puerta.

—Papá, sé que estás ahí. Que quiero leche con Cola Cao, así de Cola Cao, quiero galletas, así de galletas. ¿Hay magdalenas?

—Sí cariño, en cuanto salga te lo pongo— compruebo que esté el pestillo echado. Toda precaución es poca.

Escucho el taconeo que me indica que se aleja de la puerta, intento relajarme un poco. Cojo el bote de champú, a ver si han metido algún químico nuevo. ¡Bom!

—¡Papá tengo que entrar! ¡No me aguanto!

—¿¡Pero si os he preguntado!?

—Ya pero me acaban de entrar las ganas, de repente— la mediana siempre me hace lo mismo, y yo siempre pico. La tía pone una voz de pena… Y cuando abro la puerta está con las piernas cruzadas, temblando. Alguna vez la he pillado una sonrisa mientras cerraba la puerta después de echarme.

—Ya termino...

Toc, toc, toc.

—Papá, quiero leche con Cola Cao, ¿Quedan magdalenas? Pero quiero galletas, así de galletas— madre mía, que no se cansa la pequeña.

—¿Pero no te das cuenta que no te ve? Que está dentro con la puerta cerrada— la mediana es todo sentido común.

—¿Hay magdalenas?— y la pequeña es todo constancia.

Se escuchan los pesados pasos de la mayor.

—¿Pero qué pasa aquí?

—¡¡¡Que me hago pis!!!

—Quiero leche con galletas y así de Cola Cao.

—Me da igual, daros prisa que tengo entrar yo— contesta la mayor.

—¿Pero si acabas de salir?— Le recrimina la mediana.

—Ya, pero tengo que hacer otra cosa.

—¡¡¡¿¿¿Papá, te queda mucho???!!!— dicen las 3 al unísono.

Lo doy por imposible, estoy por bajarme al bar cuando llegue mi mujer. ¿Y si me voy a comprar tabaco? No fumo, pero nunca es tarde para empezar.

Termino, me lavo las manos a toda prisa, tiro de la cadena. Abro la puerta, allí están; primero la pequeña, haciendo el gesto de cuanto quiere de Cola Cao. Detrás la mediana, pegada a la pared, con las piernas cruzadas, temblando, mirándome con carita de “Gato con botas”. A su lado, la mayor, en actitud pasota, con las manos en las caderas y recriminándome con la mirada todo lo que he montado.


Decidido, me voy al bar, a por tabaco, ya veré si empiezo a fumar.

lunes, 25 de mayo de 2015

Yo sólo quería leer un rato

Todo tranquilo, las niñas en el salón jugando tranquilamente, yo en la cocina solo, leyendo mientras como pipas, en eso que se acerca la mediana, se pone a mi lado en silencio, me observa durante un rato, un rato corto:

—¿Qué haces?— Me pregunta la niña.

—Ya lo ves, descansando un rato— le digo señalando las pipas y el libro.

Se queda un rato mirándome, observa la cocina, yo sinceramente la miro intrigado y preocupado, fijo que terminamos mal.

—Pues a mí me da que tú te has cortado un poco de fuet.

Me quedo mirándola, ella no desvía la mirada ¿Qué hago? ¿Me pongo a jurar y a perjurar que no he cortado fuet?

—Sí hija, me has pillado ahora vete a jugar al salón.

Se marcha, me quedo un rato mirando por la ventana de la cocina, reflexionando sobre la corta existencia de 3 barras de fuet en una casa de familia numerosa. Al final llego a la conclusión, que si lo llego a saber, me corto un poco, así no la habría mentido.

Ya por la noche, después de cenar, toca la lucha de meter a la tribu en la cama.
—Niñas, cepillarse los dientes y a dormir.

La mediana se me vuelve a acercar, se apoya en la mesa en la que estoy y me mira con los brazos cruzados y apoyados en la mesa.

—¿Qué haces?— Le pregunto mientras mi sentido paterno me indica que me no me voy a aburrir.

—Ya lo ves, descansando un rato— me dice mientras señala la mesa. Mira que me suena esta situación…

—Anda vete a cepillarte los dientes, que si no se te van a caer.


La niña clava sus ojos marrones en mí, empieza a sonreír poco a poco, sus labios parecen el telón de un teatro, termina de despegar los labios y me enseña su desdentada mandíbula. Ahí está el hueco que han dejado los incisivos, verla comer sopa es todo un espectáculo, verla silbar ya es la leche. Se encoje de hombros, no dice nada, no hace falta. Hay que reconocer que la niña tiene toda la razón.

lunes, 18 de mayo de 2015

Padre responsable

Está atardeciendo, el cielo está plomizo, amenaza con tormenta, el viento arrastra el olor a lluvia, el aire cálido crea cierta sensación de ahogo. La calle está vacía, no se ve a nadie, los puestos del mercado están vacíos, muchos tirados por el suelo, la basura se amontona por todas partes, los papeles vuelan libremente mecidos caprichosamente por el aire.

Los pájaros, a estas horas tenían que estar compitiendo con sus cantos con el habitual ruido del mercado, sólo hay silencio, este lo llena todo, es tal, que los oídos sufren.

Avanzo por la plaza, busco algo que llevarme a la boca, llevo horas sin probar bocado, la sed me está quemando la garganta.  Un ruido de una ventana que se cierra y se abre por culpa del viento hace que me gire de golpe. Toda la situación me crispa los nervios, veo una sombra en un portal, voy corriendo hacia ella.

Un ruido a mi espalda me paraliza, otra vez ese ruido. No tengo que girarme, sólo correr, esos lamentos, esos gruñidos, esos ruidos guturales, ya sé lo que son, sé lo que quieren.

Corro como alma que lleva al diablo, no miro atrás, no tiene sentido, no queda nada para llegar al portal ¿Será mi única posibilidad? La sombra sigue allí, la pido ayuda, le suplico que me ayude, estoy solo. Se mueve hacía mí, sale a la luz del atardecer, es uno de ellos, no hay vuelta a atrás. Levanto mi arma que sujeta con fuerza un martillo.

Me tocan el hombro, ahogo un grito que despertaría a cualquiera en un kilómetro a la redonda.

—¿Qué quieres? Me has dado un susto de muerte hija.

Papá voy al servicio. ¿Qué haces tú?

—¿No lo ves? Ahora mismo intentar meterme el corazón otra vez en el pecho.

Mientras me recobro del susto pongo la partida en pausa. Madre mía, sí que me había metido en el juego, no ha sido muy buena idea dejar el salón a oscuras y ponerme los cascos altos. Aún no me explico cómo no he gritado, tampoco me explico cómo no le he dado un golpe a mi hija del susto.

La mayor vuelve del cuarto de baño, la luz de la televisión ilumina su cara somnolienta. Se acerca a mí, me da un beso y me dice:

—Ya es tarde, tienes que dejar de jugar e irte a dormir, mañana tenemos que madrugar— se aleja, la luz mortecina que emite la televisión ilumina su espalda.

Vale hia, tienes razón. No le digas nada a mamá, es un secreto entre tu yo— no se gira, alza la mano y me enseña el pulgar. Cierra la puerta de su cuarto.

Me giro en dirección a la tele, me coloco los cascos:


—Cinco minutos más y lo dejo. Lo prometo— me digo mientras pulso “continue”.

lunes, 11 de mayo de 2015

Así yo no aguanto mucho más...

Suena el móvil en el salón, es el despertador, me levanto a duras penas, voy esquivando los marcos de las puertas de milagro. Llego a duras penas, no me he roto ningún dedo del pié, miro la pantalla azul “Alarma de las 6.20”, pongo el dedazo en la pantalla e intento acertar con el movimiento que hace que el móvil deje de taladrarme los oídos. Después de 3 intentos lo consigo, los vecinos tienen que estar hasta las narices de mi despertador y de mi torpeza táctil a primera hora de la mañana.

El cuarto de baño me pilla en el camino de vuelta al dormitorio, intento hacer una parada técnica, empujo la puerta y esta no cede ni un milímetro

¡Ocupado!

Es mi amada mujer, no pasa nada, soy de vejiga resistente, vuelvo al dormitorio y empiezo a vestirme. Al terminar me dirijo al cuarto de las niñas e intento despertarlas. Esto es una labor que requiere mucho tiempo, mucho tiempo, mi mujer entra al cuarto de las bellas durmientes y empieza a preguntar por las meriendas que quieren, todas contestan en un “santiamén”. Ahora resulta que están todas despiertas. Reparto los uniformes a las 2 mayores y me llevo a la pequeña a mi cuarto para vestirla. La vejiga empieza a reclamar más atención.

Después de vestir a la pequeña y de hacer trenzas a todo el mundo, ya me toca ir al cuarto de baño, empujo la puerta y esta no cede ni un milímetro. ¿Estará rota?

¡Ocupado!— Es la voz de la mayor. No discuto, tampoco voy a suplicar, aún tengo margen de acción, a unas malas me cambio de pantalón.

Me empiezo a preparar el “tupper” de la comida, oigo la puerta del wc, salgo corriendo y veo la silueta de la mediana que entra por la puerta del escusado. Creo que el nombre tan hortera de escusado, viene de la escusa que tienes que decir en urgencias cuando vas con una perforación en la vejiga.

Me concentro en mis bocatas, el del desayuno y el de media mañana, así no pienso en el cuarto pequeñito que hay al lado de la cocina y en el que tengo vetada la entrada.

Vuelve a sonar la puerta, voy todo lo rápido que me permite mi vejiga, mientras sale la mediana, veo que la pequeña está en el quicio de la puerta esperando a que salga su hermana. Me mira con ojos de gato con botas, yo la miro con los mismos ojos, ella lo hace mejor, le indico con un leve gesto de cabeza que pase. Me quedo en la puerta, de ahí no me mueve nadie. La pequeña está sentada en el inodoro moviendo las piernecitas, no deja de mirarme con una sonrisa angelical, yo empiezo a lagrimear.

Me acabo de acordar, tengo que coger un papel para el coche. Voy al archivador, cojo el papel y me lo guardo en la cartera, al volver al cuarto de baño, me encuentro una escena dantesca. Está lleno de mujeres: mi mujer y la mayor peinándose frente al espejo, la mediana cepillándose los dientes, la pequeña, que ya ha terminado, sigue sentada en el váter, pero encima de la tapa, me vuelve a mirar con su sonrisa angelical, la veo un poco difusa. Debe ser efecto de las lágrimas.

Me quedo petrificado en la puerta, mi mujer y la mayor se giran con el cepillo en la mano, me ven y vuelven a mirar al espejo. La mediana, a la mediana le intuyo una sonrisa malévola debajo de la capa de pasta de dientes que le llena la boca. La pequeña, pura inocencia, se levanta y me da un abrazo.

Hija, gracias, pero sueltamente, que me estás apretando y voy a explotar.


Creo que las 3 invasoras se apiadan de mí y empiezan a abandonar el servicio, juraría que la mediana va más despacio de lo normal, la agarro de los hombros y la expulso del wc. Cierro la puerta y echo el pestillo, de aquí no me sacan ni los GEOS. Mientras empiezo a recobrar el dominio de mis piernas, me pongo a pensar en las posibles soluciones, esto no se puede volver a producir ¿Comprarme una casa nueva con más cuartos de baño? ¿Construir un cuarto de baño? ¿Levantarme antes? Todas son imposibles. Creo que la más factible es poner macetas en la terraza. Por intentarlo…

lunes, 4 de mayo de 2015

Saludo japonés

Estamos en el coche, lo tranquilo que se puede estar en un coche donde hay más niños que adultos. En un momento dado escucho un “arggg zuass” (sonido de escupitajo), no puedo evitar girarme para saber qué demonios ha pasado. Veo a la de 7 años restregándose la mano en el jersey, la de 9 años, apartándose lo más posible de la de 7 ¿Y la de 5? Pues a lo suyo, contándonos a todos un chiste, lleva más de 15 minutos con el chiste, y eso que es de los cortos…

—¿Pero qué leches haces?— Vuelvo a mirar al frente.

—Nada— inevitablemente me vuelvo a girar, tengo que ver con qué cara me lo está diciendo.

—¿Pero cómo qué nada? Pero si he escuchado el escupitajo, he visto cómo te limpiabas en el jersey ¡¡¡Pero si estoy viendo como se está destiñendo el jersey y todo!!!— vuelvo a mirar al frente, me cambio al carril de la derecha, me da que me voy a estar girando un rato.

—Pues iba a saludar a mi hermana— me vuelvo a girar, estoy a dos vaciles más de meterla en el maletero.

—¡¿Saludar?! ¡Qué no estamos en una tasca!

—¿Qué es una tasca?

—¡¡¡No me cambies de conversación!!!

—Papá, es un saludo japonés, así se saludan en Japón. ¿Qué es una tasca?

—¡¡¡Pero qué me estás contando!!!— juraría que mis gritos se están escuchando fuera del coche, los otros conductores nos están mirando.

—Me lo han dicho en el colegio, y yo hago lo que aprendo en el colegio.

—Pues cuando lleguemos a casa te voy a enseñar lo que es un “capón español”.

—Pues entonces dice el italiano al francés, ¿O era de otro país? No sé, pero…— la pequeña a su bola.

Pasan 10 minutos, a mí se me va pasando el mosqueo, no escucho a la de 7, la de 5 aún no ha terminado el chiste, no me giro por no ver el jersey desteñido. En estos casos la de 7 sabe que me tiene que dejar tranquilo un rato, por eso se pone a hablar con su hermana mayor.

—¿Esta no se calla?— dice señalando a la pequeña.

—Que va, si ya está mezclando chistes y todo— la mayor lleva un rato intentando dormirse, entre la bronca y el chiste corto de 35 minutos, la pobre no lo consigue.

—Pues otro día en el colegio, una profe me preguntó que si la vendía a la pequeña por 1000€, yo la dije que no—no puedo evitar mirar por el retrovisor, pedazo de respuesta bonita, no esto se me olvida lo del saludo japonés— pero la dije, que por todo el dinero del mundo sí que se la vendía, que si estaba interesada.

Ya me parecía a mí.