En la piscina, algún padre despistado baja la guardia y
comete errores. Un error muy normal es hablar con tus hijas, bromear con ellas,
o peor aún, tirarlas agua a la cara. Yo cometí todos esos errores, y encima con
la mediana.
Estoy con las 2 mayores dentro de la piscina, con la grande
estoy haciendo el burro, directamente. A la mediana no la hago nada, está aún
con miedo al agua, se acaba de soltar a nadar. A la grande la tiro, la hago
aguadillas, la mojo la cara cuando sale a respirar después de bucear, lo
normal. En una de esas pasa la mediana por ahí, nadando a lo perrito, “sin
querer” la mojo un poco la cara. Se agarra al bordillo, no dice nada, se
levanta las gafas de bucear y me atraviesa con la mirada. Yo meto la cabeza
debajo del agua. Ojos que no ven… Pasa el rato y todo sigue normal. No le doy
más importancia.
Después de un buen rato nos vamos a secar, nos tumbamos en
el césped, al lado de unos árboles. Todo está tranquilo, no hay más ruido que
canto de los pájaros que están en el árbol. Cierro los ojos un rato, al cabo de
los minutos veo que la mediana está apartada, muy seria.
—¿Qué te pasa cariño? ¿Estás
cansada ¿Estás bien? ¿Te has enfadado conmigo?
—¿Tú qué crees?— Los
pájaros salen volando del árbol. Como en las películas de terror, el ruido de
sus alas rompe el silencio.
—Perdón. Ya lo siento.
Era una broma.
Silencio.
—Anda, vente y te doy
un abrazo.
Inmovilidad.
—Pues nada, no vengas.
Eres una enfadica— mal hecho por mi parte.
—Pues tú tienes las
tetas gordas— muy mal hecho por su parte.
No la digo nada. La miro, me doy la vuelta y me vuelvo a
tumbar. Al rato viene, se pone delante de mi cara, muevo la cabeza, ella se
vuelve a poner delante. Así estamos un rato.
—¿Qué haces?— La
digo con un más que evidente tono de mosqueo.
—Antes me has dicho
que viniese, me ibas a pedir perdón.
—Eso fue antes. Eres
una enfadica.
—Es verdad, soy una
enfadica. Y tú tienes las tetas gordas.
—Vale, hacemos las
paces, ahora déjame un rato— como sigamos hablando, la niña termina en la
piscina.
Estamos un rato con un silencio más que tenso. Los pájaros vuelven
al árbol. Ahora toca volver a casa. Vamos en silencio, la mediana va sin
camiseta, luciendo moreno, la mayor que va un poco por detrás, está agotada. La
pequeña va muy muy por delante, corre se para y nos espera, cuando la
alcanzamos vuelve a salir corriendo. Llegamos a casa, en un momento de descuido
mental la dirijo la palabra a la mediana:
—¿Qué tienes ahí? ¿2 picaduras?—
Le digo mientras le señalo el pecho. Es la típica broma inocente de padre, que se
usa para rellenar algún silencio. Si Dios creó los silencios, por algo sería…
La niña se mira el pecho -os recuerdo que tiene 7 años, no
utiliza la parte de arriba del bañador porque no le hace falta-, me mira el
dedo, me mira a la cara. Yo me doy cuenta de mi error.
—Pues a ti te ha
tenido que picar una abeja, tus “picaduras” del pecho son enormes. Y la de la
tripa ya ni hablamos.
Yo sigo con el dedo apuntando, ahora mismo a la nada, hace
unos instantes que se ha marchado la niña. Me lamento por haberle gastado la
broma, se la tenía que haber hecho a la pequeña, a ella sí que le habría hecho
gracia, y además me habría dado un abrazo con sonrisa.
Me giro, ya he bajado el dedo, tampoco hay que demostrar que
me ha “dolido” el comentario. Ahí está la mediana, mirándome fijamente,
desafiante en medio del pasillo, con los brazos en jarra. Empieza a dar pasos hacia
atrás, muy lentamente. Me señala con un dedo y me dice:
—¿Ya sabes lo que es
burlarse de la gente? Espero que aprendas la lección— sin dejar de andar
hacia atrás, desaparece de mi vista. Yo no digo nada, a ver si la vuelvo a “provocar”.
Todo esto me lo guardo, ya serás adolescente, ya te saldrán granos en la cara…
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