martes, 14 de julio de 2015

Esta guerra la estoy perdiendo...

AVISO. Seguramente, más de una mujer que lea esta entrada se sentirá ofendida. No es mi intención. Únicamente me quiero desfogar en voz alta. Sé que soy el sexo débil y minoritario de mi casa. Me encantan mis hijas, no las cambiaría por nada del mundo. Después de mi mujer, son lo mejor que me han pasado en este mundo. Pero un hombre… Un hombre de vez en cuando necesita ver una peli en silencio, pegarse con un hijo sin que a la mínima le digan “qué no me dejas respirar”, darse un paseo en silencio. Poder decir “mira ese coche rojo tan bonito” y que al segundo no te contesten “es granate”…
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No sé si os habréis dado cuenta, pero si alguna vez hay una guerra entre hombres y mujeres, yo me voy a llevar todas las tortas. Es más, no sé si ya ha estallado esa guerra y soy el único en mi casa que no se ha enterado.

El otro día, en una celebración familiar, mi cuñada, entre risas me dice:

—Estoy con tus hijas, en un momento dado le pregunto a la mediana ¿Por qué le hacéis esas cosas a papá cuando está en el cuarto de baño?, la niña me responde –para chincharle, para reírnos un rato, pero es con cariño, le queremos. También le llamamos gordito, le tocamos la tripa, esas cosas.

Todos los que escuchan a mi cuñada se parten de risa, claro, como ellos no empiezan a tener un trauma cada vez que cierran la puerta del baño.

Esto de vivir con tanta mujer tiene su “gracia”. Cuando la mayor no era tan mayor, tendría unos 6 años, un buen día la estaba abrochando en el coche el cinturón de seguridad, la vi muy seria, con el gesto ceñudo, brazos cruzados, sin hablar.

—¿Cariño qué te pasa?— La pregunto mientras la doy un beso.

—Nada, tú sabrás.

En ese momento, me incorporo y salgo del coche. Mi mujer, que estaba fuera, me mira y muy preocupada me pregunta:

—¿Qué ha pasado? Parece que has visto un fantasma.

—Nada cariño, que ciertas cosas las lleváis en los genes…

—No lo entiendo.

—Pues ya somos dos— la digo mientras miro a través de la ventanilla a la niña enfurruñada.

Hay veces que entrar al salón en como entrar en un campo minado. Mi record de cagarla, es un día que hice un comentario en voz alta mientras veíamos la tele, no iba dirigido a nadie en concreto. Pero nada más soltarlo, empecé a ver como se formaba escarcha en las ventanas y como me salía vaho de la boca. Miré a mí alrededor y vi que todas mis mujeres me miraban con gesto serio y brazos cruzados. De la tontería que dije no me acuerdo, pero de la tensión glaciar que había en ese salón… Según lo escribo me entra otra vez el frio en el cuerpo. Hasta la pequeña, se enfadó conmigo, me da que no se enteró de lo que dije, pero por corporativismo vio que tocaba enfadarse conmigo. Menudo drama cada vez que me cruzaba con alguien por el pasillo, que no me dirigían la palabra. Así durante unas horas. De repente, todo cambio, como si allí no hubiese pasado nada. Por si las moscas, no volví abrir la boca…

También es “muy muy muy gracioso” cuando ves que todo el mundo está enfadado con todo el mundo. Yo no sé si la he “cagado” en algo o se han enfadado entre ellas. Por si las moscas, las voy preguntado una a una.

—¿Qué pasa cariño?

—Nada— me van contestando una a una. Como no las pasa nada, me cojo el Ipad yme voy a mi cuarto a encerrarme. A mí, seguro que no me pasa nada. Pero por si las moscas, no se lo digo.

Eso sí, también vivir con tanta mujer tiene sus ventajas. El otro día, mi esposa, se termina de vestir, y me pregunta:

¿Qué sandalia me queda mejor con la ropa?

Instintivamente miro la puerta, intento controlar el impulso de salir corriendo. Me doy cuenta que me da igual, cuanto antes me enfrente mejor. Agacho la cabeza y la miro los pies. Una es marrón y la otra blanca, dos sandalias, cada una en un píe, una en el izquierdo y la otra en el derecho.

Levanto la mirada en dirección a la cara de mi mujer, me voy fijando en la ropa que lleva puesta, el color. Miro si hay bolso, si hay bolso, la cosa se complica muchísimo. No hay pulsera ni colgante, esto facilita las cosas.

—Yo creo que la marrón.

—¿Estás seguro?— Me dice mi mujer, sonríe, como el gato que juega con el ratoncillo.

—Ehhhh ¿Sí?— Balbuceo mientras no dejo de mirarle los pies.

Ella suspira. Yo no, estoy intentando combinar colores en mi cabeza.

—¿Y por qué no preguntas a las niñas? Ellas entienden mejor de estas cosas— La mejor idea de mi vida, fijo.

—No es mala idea— antes de terminar la frase sale del cuarto, andando con un paso muy gracioso. Una sandalia tiene más plataforma que otra (sí, he dicho plataforma, al final se me ha quedado alguna idea en la cabeza).

Al minuto vuelve con la sandalia marrón en la mano.

Voy con la blanca, las niñas me han dicho que la flor de la sandalia pega con la camisa.


¿Pero hay una fl…?— Antes de cagarla salgo corriendo por la puerta.

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