Está atardeciendo, el cielo está plomizo, amenaza con
tormenta, el viento arrastra el olor a lluvia, el aire cálido crea cierta
sensación de ahogo. La calle está vacía, no se ve a nadie, los puestos del
mercado están vacíos, muchos tirados por el suelo, la basura se amontona por
todas partes, los papeles vuelan libremente mecidos caprichosamente por el
aire.
Los pájaros, a estas horas tenían que estar compitiendo con
sus cantos con el habitual ruido del mercado, sólo hay silencio, este lo llena
todo, es tal, que los oídos sufren.
Avanzo por la plaza, busco algo que llevarme a la boca,
llevo horas sin probar bocado, la sed me está quemando la garganta. Un ruido de una ventana que se cierra y se
abre por culpa del viento hace que me gire de golpe. Toda la situación me
crispa los nervios, veo una sombra en un portal, voy corriendo hacia ella.
Un ruido a mi espalda me paraliza, otra vez ese ruido. No
tengo que girarme, sólo correr, esos lamentos, esos gruñidos, esos ruidos
guturales, ya sé lo que son, sé lo que quieren.
Corro como alma que lleva al diablo, no miro atrás, no tiene
sentido, no queda nada para llegar al portal ¿Será mi única posibilidad? La
sombra sigue allí, la pido ayuda, le suplico que me ayude, estoy solo. Se mueve
hacía mí, sale a la luz del atardecer, es uno de ellos, no hay vuelta a atrás.
Levanto mi arma que sujeta con fuerza un martillo.
Me tocan el hombro, ahogo un grito que despertaría a
cualquiera en un kilómetro a la redonda.
—¿Qué quieres? Me has
dado un susto de muerte hija.
—Papá voy al servicio.
¿Qué haces tú?
—¿No lo ves? Ahora mismo
intentar meterme el corazón otra vez en el pecho.
Mientras me recobro del susto pongo la partida en pausa.
Madre mía, sí que me había metido en el juego, no ha sido muy buena idea dejar
el salón a oscuras y ponerme los cascos altos. Aún no me explico cómo no he
gritado, tampoco me explico cómo no le he dado un golpe a mi hija del susto.
La mayor vuelve del cuarto de baño, la luz de la televisión
ilumina su cara somnolienta. Se acerca a mí, me da un beso y me dice:
—Ya es tarde, tienes
que dejar de jugar e irte a dormir, mañana tenemos que madrugar— se aleja,
la luz mortecina que emite la televisión ilumina su espalda.
—Vale hia, tienes razón. No le digas nada a mamá, es un secreto entre tu yo— no se gira, alza la mano y me enseña el pulgar. Cierra la puerta de su cuarto.
Me giro en dirección a la tele, me coloco los cascos:
—Cinco minutos más y
lo dejo. Lo prometo— me digo mientras pulso “continue”.

Te vas a conventir en mapache...
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