Todo tranquilo, las niñas en el salón jugando
tranquilamente, yo en la cocina solo, leyendo mientras como pipas, en eso que
se acerca la mediana, se pone a mi lado en silencio, me observa durante un
rato, un rato corto:
—¿Qué haces?— Me
pregunta la niña.
—Ya lo ves, descansando
un rato— le digo señalando las pipas y el libro.
Se queda un rato mirándome, observa la cocina, yo
sinceramente la miro intrigado y preocupado, fijo que terminamos mal.
—Pues a mí me da que
tú te has cortado un poco de fuet.
Me quedo mirándola, ella no desvía la mirada ¿Qué hago? ¿Me
pongo a jurar y a perjurar que no he cortado fuet?
—Sí hija, me has
pillado ahora vete a jugar al salón.
Se marcha, me quedo un rato mirando por la ventana de la
cocina, reflexionando sobre la corta existencia de 3 barras de fuet en una casa
de familia numerosa. Al final llego a la conclusión, que si lo llego a saber,
me corto un poco, así no la habría mentido.
Ya por la noche, después de cenar, toca la lucha de meter a
la tribu en la cama.
—Niñas, cepillarse los
dientes y a dormir.
La mediana se me vuelve a acercar, se apoya en la mesa en la
que estoy y me mira con los brazos cruzados y apoyados en la mesa.
—¿Qué haces?— Le
pregunto mientras mi sentido paterno me indica que me no me voy a aburrir.
—Ya lo ves, descansando
un rato— me dice mientras señala la mesa. Mira que me suena esta situación…
—Anda vete a
cepillarte los dientes, que si no se te van a caer.
La niña clava sus ojos marrones en mí, empieza a sonreír
poco a poco, sus labios parecen el telón de un teatro, termina de despegar los
labios y me enseña su desdentada mandíbula. Ahí está el hueco que han dejado
los incisivos, verla comer sopa es todo un espectáculo, verla silbar ya es la
leche. Se encoje de hombros, no dice nada, no hace falta. Hay que reconocer que
la niña tiene toda la razón.
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