lunes, 7 de septiembre de 2015

Fin de las vacaciones, viaje de vuelta

Viajar con cuatro mujeres tiene su emoción, mis errores se tienen que reducir a cero. Si me pierdo o me confundo estoy acabado. Si me quedase algo de reputación al volante, la perdería al instante.

Para volver a casa después de las vacaciones, decidimos salir después de desayunar. Las niñas son mayores y no tienen que dar mucha guerra. Ilusos que somos.

Nos montamos, dejamos a mano un aperitivo para cuando pique el hambre, coloco el móvil en el soporte, no pongo la aplicación del GPS y arranco el coche.

—Papá no has puesto el programa de la flecha (se refiere al navegador). Tienes que ponerlo, no sabes volver a casa— la mediana no me perdona ni una.

—Sí que sé. No te preocupes, voy a echar gasolina y lo pongo allí— busco con mi mirada el apoyo de mi mujer. Ella se hace la remolona, está mirando por la ventanilla, el reflejo del cristal me muestra su sonrisa. La toco el brazo.

—Sí tranquila, que papá sabe llegar a casa— dice al final mi mujer.

—Gracias cariño, un poco más de convicción y casi me lo creo— le digo entre susurros.

—¡¡¡Tengo hambre!!!— grita la pequeña

—Pero si acabas de desayunar. Espera un rato— digo agradeciendo el cambio de conversación.

—¿Me podéis dejar dormir?— Es la mayor, a ver si la siguen las otras dos.

A los pocos minutos llego a la gasolinera, echo la gasolina y pongo el GPS. No va, instintivamente miro por el retrovisor, ahí están los ojos de la mediana, no se despegan del GPS, la niña está preocupada. Miro a mi mujer, no despega los ojos del GPS, mi mujer también está preocupada.

—Madre mía, que poca confianza. Que sé ir— digo mientras voy conduciendo.

En cada semáforo voy intentando que el GPS funcione, me aparece el diálogo de hacer fotografías, estoy alucinando, esto no me lo ha hecho en la vida, reinicio el móvil. Ya me he quedado sin semáforos y hay que decidirse por una salida; derecha o izquierda, sólo una de ellas de ellas es la correcta. Y sí, no tengo ni la más remota idea de cuál coger.

Cojo a la izquierda. Al minuto, me doy cuenta que no es la salida. El GPS se conecta por fin, pero el muy g******s me indica que estoy en Barcelona en vez de en Murcia.

—Gire en la glorieta a la derecha— dice la amable voz femenina del móvil. Me apunto mentalmente cambiarla por la voz de Paco, así cuando me diga que no es por ahí, por lo menos que sea con voz masculina. Sí, estoy un poco susceptible con este tema

—¡¡¡Tengo hambre!!!— grita la pequeña

—¿Cariño seguro qué es por aquí? No hay ninguna glorieta— ya he consumido el cupo de confianza de mi mujer para todo el viaje.

—Creo que me he confundido, me paro y pongo bien el GPS— iba a mentir, pero no me veía capaz de aguantar una bronca cuádruple.

Paro el coche y me pongo con el GPS, al cabo de los minutos me doy cuenta que el soporte está pulsando el botón para hacer fotografías, por eso no funciona.

—¡Qué gracioso, estaba pulsado el botón de las fotos!— Un vistazo rápido me muestra que al único que le ha hecho gracia es a mí, y tampoco.

—¡¡¡Tengo hambre!!!— grita la pequeña

Al final funciona, deshago el camino andado y cojo la salida correcta. No han sido más de diez minutos. Pero se me han hecho eternos.

—Ya está. Ya vamos por el buen camino— digo en un vano intento de relajar un poco el ambiente.

—Lo veis, no sabía ir a casa— ahí está la mediana, ya la echaba en falta.

—Hija, tenías toda la razón— ahí está mi mujer.

—¡¡¡Tengo hambre!!!— Ahí está la pequeña

—Por favor. ¡Espera un rato!— Lo siento, no podía más.

50 minutos de coche sin grandes contratiempos: un par de peleas, un par de lloros por terminar las vacaciones, un par de ¡¡¡Tengo Hambre!!! Otro par de ¡¡¡Dejarme dormir!!!. En un momento dado sólo puedo hacer una cosa.

—Anda abrir las galletitas saladas— mano de santo, sin niñas, por lo menos durante 2 minutos que duran las galletitas.

Hicimos la parada reglamentaria, reanudamos y las mismas discusiones. Al final no se ha dormido nadie. Así hasta que llegamos a Toledo.

—Ya estamos en Toledo, es la provincia limítrofe de Madrid. Ya no queda nada— digo por sacar un tema de conversación que no tenga que ver con sueño, hambre o perderse.

—Toledo, poner el alma en el ruedo. Toledo poner el alma en el ruedo—  se pone a cantar la pequeña a lo Chayanne.


Después de otro buen rato llegamos a casa. A volver a comenzar con el día a día, con la canción de Torero de Chayanne metida en la cabeza. Y no sé el motivo…

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