Viajar con cuatro mujeres tiene su emoción, mis errores se
tienen que reducir a cero. Si me pierdo o me confundo estoy acabado. Si me
quedase algo de reputación al volante, la perdería al instante.
Para volver a casa después de las vacaciones, decidimos
salir después de desayunar. Las niñas son mayores y no tienen que dar mucha
guerra. Ilusos que somos.
Nos montamos, dejamos a mano un aperitivo para cuando pique
el hambre, coloco el móvil en el soporte, no pongo la aplicación del GPS y arranco
el coche.
—Papá no has puesto el
programa de la flecha (se refiere al navegador). Tienes que ponerlo, no sabes
volver a casa— la mediana no me perdona ni una.
—Sí que sé. No te
preocupes, voy a echar gasolina y lo pongo allí— busco con mi mirada el
apoyo de mi mujer. Ella se hace la remolona, está mirando por la ventanilla, el
reflejo del cristal me muestra su sonrisa. La toco el brazo.
—Sí tranquila, que
papá sabe llegar a casa— dice al final mi mujer.
—Gracias cariño, un
poco más de convicción y casi me lo creo— le digo entre susurros.
—¡¡¡Tengo hambre!!!— grita
la pequeña
—Pero si acabas de
desayunar. Espera un rato— digo agradeciendo el cambio de conversación.
—¿Me podéis dejar
dormir?— Es la mayor, a ver si la siguen las otras dos.
A los pocos minutos llego a la gasolinera, echo la gasolina
y pongo el GPS. No va, instintivamente miro por el retrovisor, ahí están los
ojos de la mediana, no se despegan del GPS, la niña está preocupada. Miro a mi
mujer, no despega los ojos del GPS, mi mujer también está preocupada.
—Madre mía, que poca
confianza. Que sé ir— digo mientras voy conduciendo.
En cada semáforo voy intentando que el GPS funcione, me
aparece el diálogo de hacer fotografías, estoy alucinando, esto no me lo ha hecho
en la vida, reinicio el móvil. Ya me he quedado sin semáforos y hay que decidirse
por una salida; derecha o izquierda, sólo una de ellas de ellas es la correcta.
Y sí, no tengo ni la más remota idea de cuál coger.
Cojo a la izquierda. Al minuto, me doy cuenta que no es la
salida. El GPS se conecta por fin, pero el muy g******s me indica que estoy en
Barcelona en vez de en Murcia.
—Gire en la glorieta a
la derecha— dice la amable voz femenina del móvil. Me apunto mentalmente
cambiarla por la voz de Paco, así cuando me diga que no es por ahí, por lo
menos que sea con voz masculina. Sí, estoy un poco susceptible con este tema
—¡¡¡Tengo hambre!!!— grita
la pequeña
—¿Cariño seguro qué es
por aquí? No hay ninguna glorieta— ya he consumido el cupo de confianza de
mi mujer para todo el viaje.
—Creo que me he
confundido, me paro y pongo bien el GPS— iba a mentir, pero no me veía
capaz de aguantar una bronca cuádruple.
Paro el coche y me pongo con el GPS, al cabo de los minutos
me doy cuenta que el soporte está pulsando el botón para hacer fotografías, por
eso no funciona.
—¡Qué gracioso, estaba
pulsado el botón de las fotos!— Un vistazo rápido me muestra que al único
que le ha hecho gracia es a mí, y tampoco.
—¡¡¡Tengo hambre!!!— grita
la pequeña
Al final funciona, deshago el camino andado y cojo la salida
correcta. No han sido más de diez minutos. Pero se me han hecho eternos.
—Ya está. Ya vamos por
el buen camino— digo en un vano intento de relajar un poco el ambiente.
—Lo veis, no sabía ir
a casa— ahí está la mediana, ya la echaba en falta.
—Hija, tenías toda la
razón— ahí está mi mujer.
—¡¡¡Tengo hambre!!!— Ahí
está la pequeña
—Por favor. ¡Espera un
rato!— Lo siento, no podía más.
50 minutos de coche sin grandes
contratiempos: un par de peleas, un par de lloros por terminar las vacaciones,
un par de ¡¡¡Tengo Hambre!!! Otro par
de ¡¡¡Dejarme dormir!!!. En un
momento dado sólo puedo hacer una cosa.
—Anda abrir las galletitas saladas— mano de santo, sin niñas, por
lo menos durante 2 minutos que duran las galletitas.
Hicimos la parada reglamentaria,
reanudamos y las mismas discusiones. Al final no se ha dormido nadie. Así hasta
que llegamos a Toledo.
—Ya estamos en Toledo, es la provincia limítrofe de Madrid. Ya no queda
nada— digo por sacar un tema de conversación que no tenga que ver con
sueño, hambre o perderse.
—Toledo, poner el alma en el ruedo. Toledo poner el alma en el ruedo— se pone a cantar la pequeña a lo Chayanne.
Después de otro buen rato
llegamos a casa. A volver a comenzar con el día a día, con la canción de Torero
de Chayanne metida en la cabeza. Y no sé el motivo…
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