Vamos todos en el coche, las dos pequeñas están pintando y
la mayor está intentando dormir. Hay mucha paz, pero mucha paz, tanta paz, que
mi mujer y yo podemos hablar de cosas, y cosas que no tienen que ver con hijas.
—Alucinante lo de
Esperanza Aguirre, que no quiere irse a la Casa de Correos, Gallardón se gasta
una pasta, y ahora dice Esperanza que no la quiere como ayuntamiento. No tiene
sentido.
—Pues no mucho— ya se
ve que a mi mujer no le apetece hablar de este tema. Yo lo he intentado.
Se vuelve a hacer el silencio, mientras, le doy vueltas a la
cabeza para sacar un tema de conversación que no tenga que ver con niñas y que
de un poco más de juego.
—Papá, que el
ayuntamiento no es la Casa de Correos, está la antigua Casa de Correos, se
cambió de sitio y ahora está allí el ayuntamiento— dice la de 6.
—¿Pero tú has oído a
la cría?— Digo a mi señora, sinceramente estoy alucinado.
—Sí, lo que no
entiendo es como nos ha oído, si está pintando y está a su bola.
Me giro, miro a la niña, ella levanta la cabeza del
cuaderno, me lanza una mirada de esas que dan cierto miedito, tipo “Soy de la Gestapo y sé dónde vives”.
Llegamos a casa, a mi mujer y a mí nos empieza a sonar en la
cabeza la música de Benny Hill; vacío
el lavaplatos, ella prepara los uniformes del día siguiente, separamos a dos púgiles
de una pelea espontanea, pone el pijama a la pequeña, persigo a la de 9 para
que deje la guitarra y se ponga el pijama, separamos a otras dos púgiles de una
pelea no tan espontanea, persigue a la de 6 para que se ponga el pijama, digo a la de 4 que no se ponga los zapatos de su madre, etc...
Cuando deja de sonar la música en nuestras cabezas, los dos
nos encontramos en nuestro cuarto, a solas, la puerta cerrada, las niñas
entretenidas en otras cosas que les ocupan todos los sentidos. Miro a mi mujer, ella me mira y desvía la mirada unos centímetros
por encima de mi hombro.
—¿Ese papelito de ahí es la
multa que te pusieron ayer?
—Eh, sí— empieza a
sonar otra vez la música en mi cabeza, esta vez es la Cabalgata de las
Valkirias.
—¡Entonces lo que te
pusieron en el cristal del coche fue una multa! ¡Qué fuerte! ¡Por eso estabas tan enfadado!
Era la de 6 años desde el salón, no tengo ni idea de cómo
nos ha escuchado, estábamos hablando en voz baja.
En cuanto salió mi mujer de la habitación, me puse a buscar
los micros de la agente de secreta. Miedo me da preguntarle qué quiere ser de mayor.
Os vigilan todo el rato;)
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