lunes, 6 de abril de 2015

Por Pascua de Resurrección

Estamos los 5 celebrando la Pascua en un bar; jarra de cerveza con limón el menda, una caña mi señora y las niñas Nestea, de tapa, patatas con carne. Todo de maravilla, las niñas tienen la boca llena y así no se meten conmigo.

Estoy disfrutando del día, pincho una patata, el plato está lleno, mientras me la como, miro las verdes copas de los árboles, vuelvo a mirar el plato para pinchan un trozo de carne. ¡Está vacío! Busco al camarero, está perdido en combate. Miro de reojo a mis hijas, no quiero que se den cuenta que tienen la boca vacía.

—Papá ¿A qué no me he despertado la primera?— Tarde, han empezado una conversación inocente, esas son las peores.

—Pues no tengo ni idea hija, ya lo siento— le contesto con una sonrisa forzada a la de 4 años, mientras, busco con desesperación al camarero, hay que traer algo para que las niñas no empiecen a hablar contra mí.

—No hija, no has sido la primera— dice mi mujer. O no se ha dado cuenta que el plato está vacío, o se quiere sumar al linchamiento.

—La primera he sido yo, pero no he despertado a nadie— dice la de 6 años. Ni rastro de camarero, juraría ver un grupo de buitres volando en círculo encima de la terraza del bar.

—Yo tampoco he despertado a nadie— dice ofendida la de 4 años.

—¿Seguro?— Dice mi mujer, la de 4 años mira al cielo, también ve los buitres

—La última he sido yo.— aporta la de 9 años.

—¡Qué dices! ¡Tú no has sido la última!— exclama la de 6.

—El último ha sido papá— dice la de 4 mientras me señala con el dedo, que lista la “Raspa”, cambiar de delito y por tanto de culpable, me lo apunto.

—Como siempre— la de 6 años está para internado en Siberia.

Me miran fijamente las 3 niñas, debe ser lo más parecido a estar de frente a un pelotón de fusilamiento, no quiero mirar a mi mujer, no sé si voy a encontrar su apoyo o la orden de “¡Fuego!”.

—Es que ganar a papá en eso es muy complicado, es muy difícil despertarse después suya— dice la mayor con una sonrisa socarrona en la cara.

—¡¡¡C A M A R E R OOOOO!!!— mi grito de súplica hace que camarero asome la cabeza por la puerta.

—¡¡¡YA VOYYY!!!— Ya vendrás tarde.

Después de pedir otra ronda y de salir vivo de la terraza, nos vamos a casa. Por el camino, las mayores explican a la pequeña, lo de “el dedo de la palabrota”. ¡Qué majas!

Durante la comida, me pongo a chinchar a la pequeña, está me muestra el dedo índice apuntando al techo del salón, sigo el dedo y no veo nada raro en el techo, mientras, las 2 mayores se parten de risa. Paso de la pequeña, es pequeña, miro a los mayores, que son pequeñas, pero no tanto.

Para que no enseñe el dedo corazón, le hemos dicho que “el dedo de la palabrota” es el índice.

Hay que reconocer que es un detalle. Después de recoger, dejo a las 4 en el salón y me voy a echar la siesta, un rato de nada. Cojo el sueño a la primera, no sé cuánto me va a durar.

Estoy muy dormido, soñando que estoy dormido. Oigo un ruido en la puerta, abro un ojo, se abre la puerta, a contra luz, se perfila una pequeña silueta, parece una flamenca. La pequeña flamenca se acerca a mi cama y dice mientras se gira:

—¿Me puedes subir la cremallera del vestido?

—Faltaría más— lo hago en un abrir y cerrar de ojos.

—Gracias— me dice mientras sale de la habitación.

—¡La puerta!— Ya se ve, que tenía prisa por llegar al tablao.

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