lunes, 27 de abril de 2015

Revisión con la enfermera

Es un día tranquilo en casa, además de mis tres hijas está mi sobrina de 5 años. Lo malo es que hoy toca revisión para la mediana y para la pequeña. Entro en la habitación para avisar a las dos pequeñas, al abrir la puerta, 4 cabezas se giran a la vez para ver quién entra, 4 pares de ojos ponen cara de “no estoy haciendo nada malo”, no digo nada, no quiero preguntar nada.

—A ver, las dos pequeñas, vestiros que nos vamos a la enfermera.

La pequeña, que no se acuerda de la anterior revisión, ni corta ni perezosa se empieza a quitar el pijama.

—¿Y tus bragas? ¿Dónde están?— No sé ni por qué me sorprendo. Esto de que se vistan solas tienes sus pegas.

—En el cajón— me contesta con total sinceridad. Eso me pasa por no especificar más. —Pues póntelas y nos vamos.

Llamo a la mediana y la saco de la habitación, cierro la puerta, me agacho y mirándola a los ojos la digo:

—Tú tranquila, que a ti no te tienen que pinchar hoy.

—Ah vale ¿Y a mi hermana?— me pregunta con el gesto mucho más relajado, mi mujer y yo la notábamos un poco nerviosa, la niña ya tiene cierta experiencia en revisiones.

—Pues no tengo ni idea, creo que no, pero tú la tienes que animar para que no tenga miedo.

—Perfecto, cuenta conmigo— no hay nada mejor que pedirles que te echen una mano con las hermanas. Me incorporo, miro a mi mujer y le transmito con la mirada “tú tranquila que ya la he tranquilizado”.

—¡¡¡Qué no te van a pinchar!!! ¡¡¡O eso cree papá!!!— me giro con un buen susto, miro hacia abajo y veo que la mediana tiene asomado medio cuerpo en la habitación. No sé si habrá tranquilizado a su hermana, pero el susto, seguro que se lo ha dado.

Después de que se le pase el susto a la pequeña, de que se vistan, de montarlas en el coche, de discutir por quién va en cual sitio, se aparcar, de ir corriendo al ambulatorio. Por fin, llegamos. La pequeña no se separa de mi mano, no se mueve mucho y no dice nada, ya se ve que el “o eso cree papá” no la ha tranquilizado.

La sala no está llena, y no hay nadie esperando para la enfermera, llamo a la puerta y entro con la pequeña a mi lado, dando pasitos muy, muy pequeños, la mediana ya está sentada en la camilla. Mi sentido paternal me dice que no me voy a aburrir.

La enfermera es nueva, parece muy agradable y creo que a la mediana la ha conquistado a la primera.

—Primero voy a examinar a la de grande, para que vea la pequeña como se hace y que vea que no pasa nada— dice la enfermera. Se ve que tiene experiencia.

—Muy bien— respondemos la mediana y yo mientras miramos a las pequeña. Nos damos cuenta que no se fía ni un pelo de ninguno de los presentes. 

—Iros quitando la ropa— dice la enfermera mientras empieza a teclear, miro a las niñas con preocupación y me doy cuenta que se refiere sólo a ellas.

La mediana se desviste sola, y se queda en braguitas en medio de la consulta. La pequeña me pide ayuda, la pongo de pie en la camilla, la quito el jersey, la camiseta, la camiseta interior, el pantalón, las bragas.

—¿Cariño dónde están las bragas?

—En el cajón— la enfermera levanta la mirada del teclado y nos mira, yo rápidamente le subo los pantalones a la niña, sonriendo me dice:

—Déjaselos puesto, no se nos constipe. A ver —dirigiéndose a la mediana— tápate primero un ojo y luego el otro, después me indicas que letras hay aquí. ¿Lo has entendido?— Dice mientras señala un panel luminoso lleno de dibujos y letras.

—Sí.

—¿Qué letra es esta?— dice apuntando a una M de un tamaño considerable. —¿Qué letra es? ¿No la ves bien? Pero si es grande— la enfermera y yo cruzamos la mirada, sus ojos me transmiten —"Tu hija ve menos que un topo"— nos giramos en dirección a la niña, esperamos encontrarnos a una niña con un ojo tapado y guiñando el otro, con cara de preocupación, pero lo que nos encontramos, es una niña con las dos manos tapándose los dos ojos. Hay que reconocer que ha seguido todos los pasos, primero te tapas un ojo y luego el otro. Mi sentido paternal no me ha fallado.

Cuando conseguimos dejar de reírnos, le destapamos uno de los ojos y se sigue con la prueba. Cuando la mediana está por una línea de letras que soy incapaz de reconocer ni de cerca, me dice la pequeñaja:

—Papá, me vas a tener que ayudar con esa prueba, no me sé ninguna de esas letras.

—Tranquila que a ti te ponen dibujitos.

Más tranquila, sigue mirando con admiración a su hermana mientras mueve la piernecitas que le cuelgan de la camilla.

—Te toca a ti— le dice la enfermera a la pequeña. —Papá te va a tapar uno de los ojos y me dices que dibujo es— dice mientras señala un pato de casi tamaño natural.

—Es una pelota.

Ahora miro yo a la enfermera y le transmito con la mirada —"no es un topo, pero tampoco va a colaborar"—. Mi sentido paternal, se ha quedado corto.

Después de unos minutos de vacile de una niña de 4 a una enfermera de la SS, se deja la prueba por imposible. No sabemos si la niña ve bien, pero que los tiene cuadrados no hay duda alguna.

Toca la rueda de preguntas.

—¿Os abrocháis el cinturón de seguridad en el coche? ¿Os cepilláis los dientes? ¿Os ducháis? ¿Roncáis? ¿Coméis fruta?

Mientras la enfermera toma aire para seguir preguntado, la pequeña aprovecha y le dice:

—Pues de vez en cuando me como los mocos, y en casa nos tiramos pedos y eructos, papá también. Mamá no— sin comentarios, la miro absolutamente alucinado.

—Mejor dentro que fuera— dice la enfermera en un vano intento de que mi cara no llegue al rojo total.

—Mi papá me pega también— en este momento tomo la decisión de no volver a llevar al médico a la pequeña. A lo esquimal la voy a cuidar.

—Eso no es verdad— le contesta la mediana. A esta, sí que la vuelvo a llevar al médico.

Después de tranquilizarme y asegurarme que no me va a denunciar (ya que ve que la niña es una lianta), la enfermera da por terminadas las pruebas.

—Si no te importa, quita el pantalón a la pequeña y cógela en brazos— se me escapa una mirada a la mediana, esta me la devuelve y me dice con sus ojillos “como para fiarse de ti”.


Después del pinchazo, del pequeño lloro, de la mirada con el “corazón partio” y del reproche “si no me iban a pinchar”, nos vamos a casa dando gracias a la Seguridad Social, de que estos reconocimientos no sean todos los meses.

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